CRÓNICA HOSTALETS

14. oct., 2020

En cierta ocasión, un señor que se hallaba en apuros económicos acudió a un abogado en busca de consejo. Su problema era que un individuo que le debía cincuenta mil pesetas se había ido a vivir a otra ciudad, y él no tenía ningún documento o comprobante de reconocimiento de la deuda que le permitiera exigir su pago. El abogado le aconsejó:

     —Escríbale una carta reclamándole las cien mil pesetas que le debe. Seguro que él le contestará diciéndole que está en un error, que son solo cincuenta mil pesetas las que le debe. Y así ya tendrá usted su reconocimiento de deuda.

ASÍ ES LA VIDA

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LA ESCENA DEL CRIMEN

(El pierolopithecus catalanicus)

El cinco de diciembre del 2002, al reparar un camino en las obras de ampliación del vertedero de Can Mata, en Hostalets de Pierola, lugar este visitado por el Velo en la excursión del pasado domingo, apareció un cráneo y una decena de dientes de un antropoide macho de entre 30 y 35 kg de peso, de hace entre 12 y 13 millones de años, cuyo nombre científico es Pierolopitehcus Catalanicus; pero los antropólogos que lo descubrieron le pusieron el nombre de “Pau”  (esta cita fue explicada en mi crónica del 19 de marzo del 2017).

Según se explica, Pau murió cerca del lugar en el que fue hallado, pero rápidamente quedó cubierto por sedimentos. Esto evitó que los agentes meteorológicos como la lluvia, esparcieran sus huesos y lo deterioraran. Sin embargo, la historia no acaba aquí; en alguno de los huesos se observan marcas producidas por los dientes de un gran mamífero carnívoro que devoró a Pau. Pero los antropólogos que lo descubrieron se preguntan, ¿se puede acusar a ese carnívoro de asesinato? La respuesta es “no”. Se tendría que absolver por falta de pruebas, porque no hay forma de saber si realmente lo mató o el desgraciado Pau murió por otras causas y después el carnívoro encontró el cadáver y se dio un festín. Poco después una torrencial avenida de barro lo enterró junto con varios huesos de otros animales que habían esparcido por las inmediaciones.

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LA CRÓNICA

Otra mañana fresquita; dos grados inferiores a la del domingo pasado, y otra vez las dudas sobre cómo se viste uno para no pasar frío a primera hora de la mañana ni calor en la ruta de regreso durante las horas del mediodía.

Tomada la decisión de la vestimenta, bajé a Quatre camins con tiempo sobrado, lo que me permitió, después de lo rituales que ya conocéis, dirigirme en bici hacia El Plá, para encontrarme con el grupo, que, en esta ocasión, no venía tan nutrido como otras veces, pues solo lo formaban el Miguel, el Marc, el Sergi, el Pastillas, el Seve y el Orlando; seis, más el viejo globero que esto escribe, siete en total (parece que el personal se está “arrugando” con el cambio de temperatura).

Buen ritmo por la carretera de La Chatarra y sprint en el Congost, dominado esta vez, por el Pastillas, lo cual hago constar para evitar confusiones, y, además, porque, según él, con esto le devolvía al Marc, el Plaka, Plaka que le infligió el domingo pasado. Pero… Bien es cierto que los partidos de futbol duran 90 minutos más la prórroga y hasta el final nadie es dichoso

Retomamos la ruta y se unen a nosotros una colla de unos cuantos que también se habían reagrupado en el Congost, algunos de ellos entrado en años, aunque no tantos como yo, y algún otro entrado en carnes. Se rueda fuerte por la carretera de Olesa. Los intrusos se quedan a cola del pelotón. Alcanzamos a un solitario que intenta meterse entre el Oscar y un servidor que va su rueda. Le meto el manillar y le digo que se vaya a la cola y que no moleste. Me hace caso. Llegamos al repecho de la rotonda de Olesa. Nada más empezar a subir salta el Pastillas con mucha fuerza. Se le ve con ganas de revancha. El Marc le responde; detrás de ellos saltan el Miguel, el Orlando y los intrusos que venían con nosotros. Me quedo a rueda del Oscar y pienso “Antes de llegar a la rotonda habremos pasado a la mitad”. Me equivoco; el Oscar rueda a ritmo constante mientras los intrusos se quedan clavados como alcayatas.  Antes de la rotonda los pasmos a todos, incluso al solitario que intentó sacarme de su rueda. Justo en la rotonda alcanzamos al Orlando. La moral me sube por las nubes, pero…

Se discute la jugada; bueno, más bien el Pastillas se lamenta. Ha atacado demasiado pronto y el Marc le ha devuelto el PLaka, Plaka, del Congost. Así es la vida; donde las dan las toman. Es lo que dice el sabio proverbio que se inventó… no sé quién.

Pero falta la parte contratante de la tercera parte; o sea, los catorce “pestosísimos” kilómetros de la carretera B-231, hasta el cruce de Hostalets. Pasamos los tres primeros kilómetros de descenso, en grupo. A partir del kilómetro cuatro comienzan los repechos, uno tras otro sin solución de continuidad, a cuál de ellos más duro y más “pestoso”. Al mismo tiempo comienza a soplar con bastante fuerza, el “Levante otoñal”. La ruta se complica. Enfrascados en su guerra particular, se marchan el Pastillas y el Marc con el Miguel de convidado de piedra; tras ellos el Oscar y el Orlando. Intento seguirlos, pero no puedo y un par de kilómetros más adelante decido esperar al Sergi y al Seve que vienen juntos. Siempre es mejor ir bien acompañado que en tierra de nadie. Sobre el kilómetro siete, pasamos por delante del vertedero de Can Mata; o sea, por delante de “la escena del crimen”. Mis compañeros pedalean ignorantes de la tragedia que se vivió en este paraje hace apenas 13 millones de años. Parece que fue ayer ¡Dios mío! Nunca puede uno estar tranquilo. El viento incrementa su fuerza, sopla de costado y el Seve y yo nos lamentamos de que los repechos, además de duros, no se acaban nunca. El Sergi pedalea en silencio haciendo camino; quien calla otorga dice el refrán. Llegamos al cruce de Hostalets.  Nos están esperando para reagruparnos, y; ¡el bombazo! El Marc le ha infringido una severa derrota al Pastillas.

Aclaro; utilizo lo de “bombazo” y “severa derrota”, influenciado por los comentarios del propio Pastillas tales como; «que si va a entregar la cuchara conmigo; que lo de “fin de ciclo” tiene visos de realidad» y alguna otra lindeza por el estilo. En fin, tal como suelo escribir en las anécdotas que cuento al principio de mis escritos; “Así es la vida”.

Y llegó la hora del ansiado ágape reponedor de las fuerzas perdidas en la dura ruta. En el restaurante nos encontramos al Camacho acompañado de su amigo Jose, alias “Muñeco· (tendrá que aclararme el porqué de ese mote) y, al poco de llegar, apareció el Perona, que, al igual que la semana pasada, vino por su cuenta, pero en esta ocasión lo hizo por la ruta, algo más corta y menos “pestosilla”, de La Beguda y Piera.

Y tal como mandan las ordenanzas sobre el coronavirus de los coj… tuvimos que estar en mesas separadas; el Camacho, su amigo (me resisto a llamarle muñeco), Oscar, Orlando, Sergi, y Miguel juntos en una, y el Pastillas, Seve, Marc, Perona y un servidor, en la otra punta del local. “Grosen putaden”.

Terminado el ágape, pagamos las consumiciones; cada uno la suya para no hacerse líos, según nos dijeron en la barra. Tomamos la acostumbrada foto de familia y emprendemos la ruta de regreso, que está programada por; San Llorenç d’Hortons, Gelida, Martorell y Molins, y que es mucho más suave que la de ida.

Con el Marc en cabeza del grupo, rodamos a muy buen ritmo; yo voy a su rueda. Me sorprende no ver al Pastillas dando relevos. Después de descender de San Llorenç d’Hortons hacia Gelida y poco antes del fuerte repecho que desemboca frente al cementerio de Gelida, en la carretera de Martorell a San Sadurní, empiezo a sufrir calambres y me suelto del grupo. Pienso que parezco tonto, pero no; en realidad soy gilipollas. Me explico: Tengo propensión a sufrir calambres (debe ser por la edad), y mi cardióloga me aconsejó que, para evitarlos, tomara cada día una cucharadita de carbonato magnésico. Compré un bote y nunca me acuerdo de tomarlo. Así que; ajo y agua.

Por un momento pensé que tendría que bajarme de la bici y parar hasta que los calambres desaparecieran, pero subí piñones, puse el 28 y, por fortuna, desaparecieron y ya no volvieron a hacer acto de presencia durante el resto de la ruta (¡Ay que majoooos!)

Después del reagrupamiento frente al cementerio de Gelida, reanudamos la marcha y; ¡Oh, sorpresa sorprendente! Cuando todos esperábamos que “las espadas siguieran en alto” y se desatara una nueva batalla hasta Martorell, resultó que rodamos en grupo con paz y con santa unión. ¿Será verdad lo del Pastillas?

En fin, mis queridos amigos y amigas, para mí la historia terminó en el reagrupamiento del Congost, porque la mayoría del grupo optaron por regresar por “la Chatarra”, yo lo hice por San Andrés de la Barca y Pallejá, junto al Camacho, su amigo Jose y no recuerdo si hubo alguien más, porque al llegar a la rotonda de Quatre Camins, me despedí de mis acompañantes y me paré para despedirme por si venía alguien, pero después de varios minutos no vi a nadie.

Y esto es todo por hoy mis queridos lectores y mis queridas lectoras. Espero no haberos aburrido con otra de mis crónicas plasta y me despido hasta la próxima semana.

Saludos para todos y un abrazo especial para el Rafa, al que no dejamos de echar de menos.

Cinto; el viejo globero