11. jul., 2019

CRÓNICA COLL FORMIC

     La mala fama de las suegras viene dada porque antes que nada, piensan en su hijo o hija en cualquier circunstancia. Cierta vez una clienta de mi mujer, cuya nuera dio a luz en el coche cuando se dirigían hacia el hospital, comentando el hecho exclamó mientras la peinaba; “Hay qué ver las cosas que le pasan a mi pobre Antoñito”

     Así es la vida.

     LA LEYENDA

     Existen en la mitología catalana unas figuras femeninas conocidas como mujeres de humo y de agua, encantadas o hadas, que habitan en lugares tales como torrentes, estanques, cascadas, donde hay corrientes de agua y lagos de cristal subterráneo. Uno de los lugares del que se cuentan numerosas leyendas sobre esta figuras femeninas es el macizo del Montseny y sus alrededores, parajes extraordinarios por su gran belleza, que tuvimos ocasión de visitar en nuestra típica excursión anual al pueblo del Montseny. (Montis Signi, en la documentación del S.IX, probablemente “Monte señal” aplicado al macizo, de donde el pueblo tomó el nombre).

     Cuenta una de estas leyendas que hace mucho tiempo, en una noche de luna llena el amo de can Prat de Gualba, llegó paseando a un lugar llamado el “Gorg Negre”. Descansando cerca del agua, cuando era la media noche, vio como del fondo del “gorg” (especie de lago hondo), emergía una mujer de gran belleza completamente desnuda.

     Prendado de su hermosura, el amo de can Prat le pidió que se casara con el y le ofreció compartir la casa, las tierras y la riqueza que tenía por los alrededores, como prenda de su buena voluntad. Liliana, así se llamaba la mujer, aceptó, pero le hizo jurar que nunca, en ninguna circunstancia, el no haría mención ni le recordaría su origen fluvial.

     Y se casaron. Lliliana se convirtió en la mejor consejera de su marido, a quien ayudó a prosperar, aun más, el patrimonio de can Prat. La pareja tuvo un hijo y una hija, que fueron creciendo felices en medio de aquel bienestar.

     Pero un mal día cuando el amo de can Prat y su mujer medían una tierra que habían de preparar para sembrar, empezaron a discutir sobre el cultivo más adecuado. La discusión fue subiendo de tono hasta que el marido, enfadado, recriminó a su esposa diciéndole que en definitiva poco podía entender de cultivos porque no era sino una pobre mujer nacida y sacada del agua de un lago.

     El mal ya estaba hecho, la mujer de agua escapó rápidamente hacia el fondo del “Gorg Negre” y el amo de can Prat, unca más volvió a verla, pero aun así, cuando el marido no podía percatarse, entraba en la masía con cautela y acariciaba y besaba dulcemente a sus hijos y dejaba caer unas lágrimas sobre la mesa del comedor que al día siguiente se convertían en perlas de gran valor. Así, a pesar de la tragedia, la pujanza de la casa se fortaleció más durante mucho tiempo.

 

En el fondo del fondo del agua,

allí donde el Sol no abrasa;

allí donde el viento no acota

ni las tormentas zumban;

allí donde es iris la sombra

y es el silencio música;

donde todo vive en sueños,

donde todo suavemente ondula,

donde se teje los lirios

la delicada túnica,

allí he nacido; de los lirios soy hermana

y mi nombre es Liliana.

 

     CRÓNICA

     No fuimos muchos los valientes del Velo los que nos atrevimos con el reto del Montseny, pero sí los suficientes para que la excursión respondiera a las expectativas que cada uno de los asistentes teníamos depositadas e ella, como si de un magno acontecimiento se tratara. En la plaza nos encontramos los siete magníficos; Pastillas, Sergi, Rafa, José Vicente, Marc Sánchez, Seve y Cinto. Este último con dos espinas clavadas en lo más hondo de su orgullo de globero por su penuria en Coll Formic los años 2017 y, sobre todo en el 2018, cuando el “tío del mazo” le sacudió cruel y despiadadamente. ¿Sería capaz de arrancárselas en el 2019? ¿Sería la tercera la vencida, o cosecharía un nuevo y rotundo fracaso? Estaba por ver.

     Atravesamos “Can Fanga” con la paciencia que requiere tener que parar (es un decir),  en innumerables semáforos. Poco antes de llegar a la Meridiana se nos presentó, a lomos de una rara bici más apropiada para pruebas de triatlón que para ascender a Coll Formic, un tal Miguel, argentino, amigo/conocido del Seve, que se unió a nosotros. Y así, entre bromas y chistes malos repetidos, llegamos a Montcada. Por fin, libres ya de semáforos tomamos la carretera de La Roca, terreno propicio para rodadores, motivo por el cual el Marc y el Pastillas fueron relevándose en cabeza del grupo durante algunos kilómetros. Pero… alguien  a cierta distancia, si bien a la vista del grupo, rodaba en solitario a muy buen ritmo. Suficiente para que esto espoleara al Pastillas, quien tensó la marcha hasta dar alcance al “rodador solitario”, este se integró en el pelotón y colaboró en los relevos. El ritmo se fue incrementado y el pelotón fue perdiendo unidades. Al llegar al reagrupamiento de La Roca, el grupo se había reducido al Pastillas, el Rafa, el Cinto y el “rodador solitario” que se despidió de nosotros para continuar a su bola.

     Reagrupados y calmados los ánimos después del “sofocón” de la carretera de la Roca, parecía que el ritmo sería tranquilo, por lo menos hasta el cruce de Santa María de Palautordera, en donde más o menos, empieza a incrementarse el desnivel de los 26,5 kilómetros que culminan en Coll Formic. Pero no. Justo al llegar a la rotonda de acceso a la carretera C-251, alcanzamos a un grupo bastante numeroso que circulaban en nuestra misma dirección y en el que nos integramos.  “Más batalla”, pensé. Sin embargo en esta ocasión el Pastillas se limitó a rodar en medio del grupo sin meterse en líos (cosa rara) y aunque se rodó bastante rápido el ritmo no fue tan fuerte como lo había sido por la carretera de La Roca.

     Nos reagrupamos de nuevo en el cruce de la carretera BV-5301. Empezaba el festival; 15 kilómetros de ascensión para los que se quedaran en el Montseny; 26,5 para los valientes que optaran por ascender hasta Coll Formic.

     Comenzamos a ascender cada uno a su aire. En cabeza circulábamos el Pastillas el Rafa y quien esto escribe, pero rebasado el pueblo, San Esteve de Palautordera y cuando el desnivel de ascensión empezó a incrementarse, lenta, pero inexorablemente, el Pastillas se fue alejando. También el Rafa y yo quedamos separados por un centenar de metros, pero subiendo ambos al “trant, tran”, sin prisa, pero sin pausa, volvimos a juntarnos sobre el kilómetro dieciocho de ascensión poco después de rebasar al Monsó que desistió a falta de unos cinco kilómetros para la cima.

     Como era de esperar, fue el Pastillas el primero en alcanzar la cima (no le perdono que se diera la vuelta sin esperar a hacernos la foto), luego llegamos el Rafa y yo, juntitos y en buena armonía (por fin me saqué las dos espinas). A continuación llegó el José Vicente y finalmente, haciendo un tremendo esfuerzo de voluntad, el Marc, mientras que el Seve, el Sergi y nuestro nuevo compañero argentino, el Miguel, optaron por quedarse en el Montesny.

     Cumplida la misión y sacadas algunas fotos para dejar constancia del reto conseguido, tocaba disfrutar de un plácido y relajado descenso para reunirnos con el resto de compañeros que nos estaban esperando en el restaurante. Llegamos cuando ya estaban disfrutando de la merecida “butifarra amb mongetes”, que no tardamos en imitar los recién llegados. Tertulia agradable, comentarios sobre la ascensión, amistad, compañerismo,  fotos, infusiones, pagar la cuenta, más fotos y listos para el regreso.

     Aunque la ruta de regreso daba comienzo con los 15 kilómetros de descenso, hasta el cruce de la carretera C-251, en donde se giraba a la derecha en dirección a Cardedeu, no tardó el Pastillas en tensar el grupo provocando un corte en el repecho de 400m. que hay justo pasado Santa María de Palutordera. Solo el Rafa, el amigo argentino y yo, aguantamos el tirón. Pero no contento con el destrozo provocado, continuó tirando, incansable, hasta La Roca a pesar del fuerte viento que soplaba de cara.

     Hubo en La Roca un despiste que nos hizo perder de vista al Pastillas. Imagino que debió de parar para reagruparse con el resto. Pero, dado la hora y los kilómetros que faltaban todavía por cubrir, el Rafa, el amigo argentino y yo decidimos continuar. Llegados a Santa Coloma (lo de la ruta opcional por el Forat del Vent , era una broma), nos alcanzó el Pastillas, pero hubo dudas en el callejeo y lo volvimos a perder, así que callejeamos por San Andrés, tomamos la calle Mallorca, donde el amigo argentino de despidió a la altura de la Sagrada Familia. Continuamos el Rafa y yo por la Diagonal y nos despedimos a la altura del hotel Princesa Sofía donde tenía aparcado el coche. Llegué a mi casa de Corbera a las tres y media de la tarde muy cansado, pero con mucha moral por haberme quitado la espina de Coll Formic. ¿Volveré a intentarlo el próximo año a punto de cumplir los 76?; quizás si o quizás no, quién sabe; este viejo globero es incombustible, mítico y legendario y, cual ave fénix, siempre renace de sus cenizas (baja modesto que sube el Cinto).

      Me despido con el recordatorio de siempre; repasad las bicis y para cualquier problema no dudéis en acudir a la tienda taller de nuestro compañero, amigo y mecánico de confianza Rafa marco. Calle Renclusa 50, de l’Hospitalet. Además de un servicio técnico de calidad, gozaréis de un 10% de descuento en material y mano de obra.

     Hasta la próxima un fuerte abrazo.

     Cinto (el incombustible, mítico y legendario, viejo globero).