29. jul., 2019

Texto

     Cuentan de mi admirado Miguel de Unamuno, escritor y filósofo de la generación del 98, que cuando el rey Alfonso XIII, le otorgó la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, el escritor comentó “Me honra, Majestad recibir esta cruz que tanto merezco”. El monarca contestó “¡Qué curioso! En general la mayoría de los galardonados aseguran que no la merecen”. A lo que Unamuno replicó: “Señor, en el caso de los otros, efectivamente no la merecían”.

      Así es la vida.

     LA GIRALDA DE L’ARBÓS

      Una de las varias historias sobre el origen de la Giralda de l’Arbós, que el pasado domingo tuvimos ocasión de ver desde el punto de reagrupamiento, cuenta que un matrimonio de emigrantes sevillanos, tras varios años residiendo en la citada población, echaban enormemente de menos a su Giralda suspirando día y noche por volver a verla. Pasaron los años y a base de esfuerzo y trabajo habían recogido un gran capital, pero eran tan importante los negocios que allí tenían que les era imposible volver a su tierra de origen, así que pensaron que si ellos no podía ir hasta el monumento, este iría hasta ellos, mandando construir una réplica a escala para disfrutarla todos los días de su vida.

     Pero esta historia, llena de romanticismo y nostalgia, es falsa. El verdadero origen de por qué hay una réplica de la Giralda de Sevilla en l’Arbós, es el siguiente:

      Este llamativo monumento de más de un siglo de antigüedad, fue un homenaje que le quisieron rendir a su viaje por Andalucía en su primer aniversario de boda, Joan Roquer i Marí y Candelaria Negrevernis.

     El joven matrimonio recibió en 1886, una importante herencia por parte de un tío italiano de la muchacha, que había hecho fortuna en América. Esto les llevó a invertir en varios proyectos culturales, entre ellos la construcción del Teatro Romea de Barcelona o el Teatro Arbosense, población de la que era originario Joan, aunque residían en Barcelona.

     Su buena posición económica les llevó a viajar por Andalucía y disfrutar de las construcciones que dejaron los musulmanes durante el tiempo que estuvieron en Al—Andalus.

         Tras varios años de viajes y negocios, en 1898 decidieron adquirir un terreno de considerables dimensiones en el que mandarían construir una réplica de todos aquellos lugares que les habían fascinado durante su viaje por el sur.

     Un año después comenzaron las obras que se prolongaron hasta 1907 e inauguradas un año después (la torre de la Giralda fue acabada en 1902). Pero solo el minarete se construyó allí. En su interior se puede encontrar una réplica del patio de los leones de la Alhambra de Ganada y un salón cubierto por una cúpula bizantina forrada con 30 kg de láminas de papel de oro, construida a semejanza del Salón de los Reales Alcázares de Sevilla.

     Gracias al espíritu inquieto de sus propietarios, en los siguientes años la Giralda de l’Arbós se convirtió en un lugar de encuentro de personajes vinculados estrechamente con la cultura, donde se celebraban tertulias y  festivales de música.

     LA CRÓNICA

     Después de mi deserción de la semana pasada por mi compromiso con la “tusinada”, no salí de mi casa, como se suele decir “con renovadas ilusiones”, porque solo renueva sus ilusiones aquel que las pierde. Pero como para mí salir con el club es uno de los muchos regalos que la vida me ofrece,  mis ilusiones se mantienen intactas semana tras semana y domingo tras domingo. Así que, con el tiempo justo y con el temor de que la tropa hubiera ya pasado y me tocara perseguir, aparqué en Quatre Camins y salí disparado hacia las primeras rampas de la N-340, mirando hacia tras por si veía venir al grupo.  Como no vi a nadie ni por detrás ni por delante, opté por parar en la rotonda de Corbera y, desde el móvil pedir auxilio a nuestro Gran Capitán de excursionismo. Puesto en contacto con el me informó que el grupo circulaba a la altura de la fábrica de cemento, o sea, por detrás de donde estaba yo. Esto me relajó y, piano, piano, fui ascendiendo hacia Cervelló donde ya fui alcanzado por el grupo, que venía compuesto por  el Rafa, Seve, Sergi, Àlvaro, Pastillas, Blas y  Miquel.

     Como era de esperar, el ritmo se fue incrementando en la medida que se iban cubriendo kilómetros de ascensión y pasado Vallirana el grupo empezó a disgregarse. Se formó en vanguardia un cuarteto compuesto por el Álvaro, el pastillas, el Miquel y el Blas, seguidos a un centenar de metros, por el Rafa y el Cinto, algo más atrás venían el Sergi y el Seve. Pero restaban por cubrir los cinco kilómetros más duros de la ascensión y, como dice el proverbio “No diguis blat que no sigui al sac i ben lligat”.

     No tardó el Pastillas en abrir gas, marchándose en solitario perseguido por el Álvaro, mientras el Rafa y el Cinto, después de rebasar al Monsó, que había salido antes, alcanzaban primero al Blas y después al Miquel quien se de unió a ellos. Poco antes del final del puerto alcanzamos al Fede pajarero. Finalmente el paso por la cima estuvo encabezado, primero por el Pastillas, a bastante distancia el Álvaro y muy cerca de el, el cuarteto formado por el Rafa, el Miquel, el Fede y el Cinto. Por detrás de estos venían el Blas, el Monsó, el Sergi y el Seve.

     Reagrupados en el pueblo del Ordal, aprovechamos para reponer fuerzas, con plátanos unos, barritas o geles otros y sacar alguna fotos que dejasen constancia del momento.

     Nos separaban 30 kilómetros del siguiente punto de reagrupamiento ubicado en la rotonda del monumento a la “puntaire” que da acceso a l’Arbós.  30 kilómetros que por la características del terreno, todo en descenso,  se presumía se llegaría en grupo. Pero no fue así. Ya desde el principio fue tan fuerte la arrancada que algunos no pudieron coger rueda. Pero además, entre el Pastillas, el Blas y, ocasionalmente el Miquel, impusieron un ritmo tal que provocó el corte de varios de los integrantes del grupo. A la rotonda llegamos juntos Torcuato y los cuatro, o sea, Pastillas, Rafa, Blas, Miquel y Cinto. Más fotos, llegada de los rezagados y del Pescaíto, y una sorpresa agradable: reencuentro con el Enrique Chamorro, más conocido como “el Patachicle”. Un antiguo integrante del grupo Tusinu, con el que me unía una gran amistad y a quien no había vuelto a ver desde hace años cuando por circunstancias de la vida se fue a vivir al Venderell.

      Después del reagrupamiento, no quedaba otra que cubrir, derechitos y con paz y amor, los cinco kilómetros que faltaban hasta llegar a Clariana, donde en el bar restaurante la Casona, nos esperaba un suculento almuerzo, desayuno, “petit déjeuner” en francés), (“breakfast” en inglés), (esmorzar en catalán), (kahvalti en turco) o (“prandium” en latín), para que me entiendan todos por si acaso.

     Una vez Instalados en el citado restaurante y, demandado el correspondiente condumio, apareció el Oscar venido de “Dios sabe dónde”, que para no ser menos, se unió al grupo en la, siempre  noble tarea de “atacar”,  las exquisitas viandas servidas por la gentil camarera que, solícita y amablemente nos atendió. Cabe destacar que en este “tramo” de la excursión, no se descolgó ninguno de los integrantes. Todos sin excepción cumplieron como un solo hombre dando el máximo de sí mismos para no quedar rezagados, y a fe que lo consiguieron (ya sabéis lo que dice el proverbio y si no lo sabéis os lo digo yo; “Cuando mi Mariquita quiere, que buenas puñetitas hace”).

    En fin queridos amigos y amigas, como es de suponer, nuestro ágape transcurrió entre el regocijo y la euforia provocados por la serotonina liberada después de los cerca de 65 kilómetros  de pedaleo; bromas, chistes malos y repetidos, y recuerdos de tiempos pasados con mi amigo el “Patachicle”.

     Abonando la cuenta nos encontrábamos, cuando sudoroso, sediento y con aspecto de haberse dado una gran paliza, apareció el Marc Sánchez. Le sirvieron apresuradamente un bocata de tortilla y, sin apenas haberse repuesto del esfuerzo se unió al grupo. Fotos y listos para emprender la ruta de regreso. Otros cerca de 65 kilómetros que bordeando el majestuoso paisaje del Pantano de Foix en los primeros kilómetros, nos llevaría hasta la  C-31, para dirigirnos hacia Sitges y afrontar el, no menos majestuoso paisaje de las Costas de Garraf.

      Se salió piano, piano, pero solo los primeros cuatro o cinco kilómetros hasta el repecho de Castellet, porque a partir de allí, el siempre belicoso e “intatrabel” Pastillas, tomó la cabeza y, como ya viene siendo habitual, impuso tal ritmo que poco a poco el grupo fue perdiendo unidades hasta dejarlo en “el trío Cantamañanas, Rafa, Oscar y Cinto” además del propio Pastillas.

     Se despidió el Oscar al llegar a la C-31 y continuamos los demás hacia Sitges con el incansable Pastillas siempre tirando en cabeza.

      Después del esfuerzo realizado tanto en la ruta de ida como en la de regreso hasta el momento, mis piernas empezaba a pedir clemencia y, teniendo en cuenta que después de tanto esfuerzo y kilómetros, las paradas me dejan muy tocado (la edad no perdona), tuve la determinación de no parar hasta la rotonda de Les Botiques, después de haber pasado las Costas. Así lo anuncie al Pastillas y era esa mi intención. Pero el Rafa, que llevaba prisa porque tenía que hacer las maletas para irse a Escandinavia (que manía tiene el personal de irse tan lejos con lo bien y fresquito que se está en Corbera), tenía la intención de regresar por la carreta vieja sin detenerse, lo cual me vino muy bien (para que vamos a engañarnos), teniendo en cuenta que tenía el coche aparcado en la estación de Quatre Camins. Así que, entre semáforos; en este paramos, este nos lo saltamos y, discutiendo la jornada, llegamos juntitos a San Boi, donde nos despedimos deseándonos felices vacaciones, para continuar el,  hacia Esplugas, yo en dirección a Quatre Camins. Como anécdota diré que justo al llegar a “Les Botigues”, mi cuenta kilómetros marcaba 95 kilómetros recorridos a una media de 29,1 km, hora. Me faltaban por recorrer otros 25 kilómetros hasta el parking de la estación.

     Y esto es todo mis queridos amigos y amigas. Pero antes de despedirme debo confesar que me siento insolidario por no haber parado para un último reagrupamiento. Cada uno es como es.

     Felices vacaciones a todos y a todas y hasta setiembre (en mi infancia  se escribía sePtiembre. Si yo hubiera escrito “setiembre”, sin la P, en uno de los dictados que el señor Emilio, mi odiado maestro nos mandaba hacer, el tirón de orejas recibido hubiera sido fenomenal. Vivir para ver).

    Un abrazo.

    Cinto, el viejo globero.