19. sep., 2019

CRÓNICA CA LA TERSA

     Una abuelita de 93 años que se mantenía sorprendentemente activa, le preguntaron en cierta ocasión, cuál era el secreto de su longevidad.

     —Envejecer requiere tiempo y yo nunca lo he tenido —repuso.

     Así es la vida.

     LA LEYENDA

     Se cumplieron cien años, el pasado domingo 15 de septiembre, del nacimiento del ciclista italiano apodado Il Campionissimo y l’Airone (significa garza), Fausto Coppi.

     De familia humilde, consiguió su primera bicicleta a los ocho años y la utilizó para trabajar como repartidor de una tienda de comestibles. En 1937 lo descubrió el masajista ciego Biagio Cavanna, que por las excepcionales características físicas que atesoraba, lo animó a participar en carreras profesionales.

     En 1939 empezó a despuntar, primero a la sombra de Gino Bartali (indiscutible figura del momento) y poco después haciendo valer sus magníficas condiciones. Así hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, consiguió grandes triunfos, entre ellos su primer Giro de Italia, con tan solo 20 años y el récord de la hora.

      Pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial, partió su carrera ascendente: fue enviado al África con la “Divisione Ravenna” de infantería. Hecho prisionero por los ingleses fue puesto en libertad en 1945.

    Dos años después, en 1947 consiguió su segundo Giro y, ya en 1949, llegó a la cima de su carrera al adjudicarse su tercer Giro y su primer Tour, convirtiéndose en el primer corredor de la historia en adjudicarse las dos grandes en una misma temporada.

     En 1951 falleció su hermano Serse en una prueba ciclista, provocando una profunda crisis en Fausto. Curiosamente compartió esta triste circunstancia con Bartali, que también había perdido años antes, a su hermano Giulio en una prueba ciclista. Su rivalidad con Bartali, a pesar de larga amistad que les uniría después, se convirtió en un asunto de alcance nacional en Italia.

     Tras un largo periodo de enemistad, en la 11ª etapa del Tour de Francia de 1952, subiendo el Galibier, al ver que Bartali se había quedado sin agua, Coppi le ofreció su bidón y dijo “Toma Gino, bebe”, quedando desde entonces zanjada la enemistad que les caracterizaba.

     Entre 1952 y 1954 todavía fue capaz de encadenar otros dos Giros y un segundo Tour, si bien en 1953, Coppi fue el centro de la “crónica rosa” del momento, por tener una relación extra conyugal con Giulia Occhini, esposa del doctor Locatelli, apasionado seguidor de Coppi. Occhini sería conocida en adelante como la “Dama Blanca”. Fausto y Giulia tuvieron una larga historia de amor que llegó a ser abiertamente condenada hasta por el Papa Pío XII.

     Coppi y su primera mujer Bruna Ciampiollini, con la que se había casado en 1945, se separaron en 1954, mientras que el doctor Locatelli, denunció Giulia Occhinni por adulterio. Como consecuencia la mujer tuvo que ingresar en la cárcel mientras que a Coppi se le retiró el pasaporte. Tras muchas dificultades, la pareja se casó en México (matrimonio nunca reconocido en Italia) y tuvieron un hijo, Faustino.

     A finales de 1959, junto con otros ciclistas franceses participó en una carrera en el Alto Volta (actualmente Burkina Faso) y, posteriormente en un safari. Allí contrajo la malaria, pero diagnosticada de forma tardía fue mal curada, causándole la muerte a principios de 1960 con tan solo 40 años.

     LA CRÓNICA

    Otra vez, y van… debo de confesar que no sé por donde empezar a escribir mi crónica semanal, como no sea por el inexplicable despiste que tuve en las estribaciones del Congost. Explicaré qué pasó.

     Circulaba yo tranquilito, después de aparcar mi coche frente al Mercadona de Molins de Rei, cuando antes de llegar al desvío de La Chatarra, fui rebasado por un grupo que, a juzgar por el maillot, procedía de S. Feliu de Llobregat. Normal; el grupo, que era bastante numeroso, circulaba a su ritmo, yo al mío. Algunos de sus integrantes me saludaron, otros no.

     Por un momento, pensando en el fuerte viento que suele soplar por la carretera de La Chatarra, decidí unirme a ellos y esperar a nuestro grupo en el Congost, y,  por no molestar me quedé a cola del pelotón… Pero… Siempre hay un pero.

      Uno de los que iba en la cola, me miró de soslayo, se dirigió al que llevaba a su lado y le dijo algo mientras me señalaba con un gesto. A continuación remontaron al grupo, tomaron la cabeza e incrementaron el ritmo. Quizás pensando que este “viejo globero”, no aguantaría mucho.

     El viento era bastante fuerte y me limité, de momento, a quedarme en la cola del grupo. Pero como el ritmo era cada vez más fuerte, el pelotón se fue estirando cada vez más y algunos empezaron a perder comba, con lo que “me vi obligado” (es un decir, aquí nadie obliga a nada), a ir remontando. Y así llegamos a las estribaciones del Congost, donde, sin apenas proponérmelo, me vi entre los cuatro o cinco primeros. Llegados a este punto, y como uno es un sufridor nato y tiene su pundonor, decidí intentar aguantar, aunque tuviera que sufrir lo indecible. Y sí; sufrí lo indecible, pero llegué arriba con los cuatro de cabeza. Me puse junto al que me había señalado con aquel gesto, le toqué amistosamente en el hombro y, me di el gustazo de despedirme diciendo “Adiós chicos, que os vaya bien”.

      Y aquí comenzó el despiste. Después del esfuerzo hecho, tomé la decisión de relajar mis piernas dejándome caer, de nuevo en dirección a La Chatarra, hasta cruzarme con el grupo y unirme a el.

     Sin embargo sucedió que, quizás pensando en el menosprecio hecho por aquellos dos, o talvez por la satisfacción de haberles dado la lección de que nunca se debe de menospreciar a nadie, sea viejo o sea joven, no me percaté de que me había cruzado con el grupo y continué en dirección contraria.

       El grupo, formado por el Rafa, Perona, Marcial, Marc, Sergi. Pastillas, Miguel (argentino 2), Miquel Vidal y David (un jovenzuelo amigo del Miquel),  se detuvo en el reagrupamiento del Congost, y, extrañados de mi tardanza en unirme a ellos, recibí la llamada del Miquel Vidal, quien me avisó del despiste.     

    Como no podía ser de otra forma, pacientes y solidarios, esperaron mi incorporación que fue celebrada con el natural pitorreo, chanza, chula y cachondeo,  para acto seguido,  reemprender la marcha en dirección a Olesa.

    Fue bastante moderado el ritmo hasta el siguiente reagrupamiento en la rotonda de Olesa, a excepción de la típica arrancada en el repecho que da acceso a la rotonda, en el cual, el Marc, más rápido que el Pastillas en el sprint, implacable, le dio “plaka, plaka”.

     Y con el pensamiento puesto en lo que nos esperaba en la dura ascensión a Can Fosalba, nos fuimos piano, piano, hacia Esparraguera.

    Can Fosalba, sin ser un puerto excesivamente largo (7Km), y a pesar de algunos “descansillos”, tiene la suficiente entidad como para hacer daño a quien no sepa regular o administrar sus fuerzas. Nada más comenzar a ascender nos encontramos con una rampa de 400 m. al 10% de desnivel, una tónica que, entre descansillo y descansillo, se mantiene a lo largo de los siete kilómetros, con alguna que otra rampa hacia la mitad de la ascensión, que culmina, nada menos que con un 20%.

     Así pues, ascendimos, cada uno como pudo o quiso. En varios momentos de la ascensión, recordé al desaparecido comentarista de las grandes vueltas en los años 90, Pedro González, que cuando retransmitía la ascensión de algún puerto, solía decir “Aquí cada uno sube con sus propias fuerzas” (perogrullo). Qué más hubiéramos querido más de uno haber hecho la ascensión con las fuerzas de los demás.

     En fin, en lo que a mí respecta, los demás no lo sé, aunque lo intuyo, desenado alcanzar la cima, culminé la ascensión con más pena que gloria y diciéndome a mí mismo que “Que necesidad tengo yo, a mi edad, de meterme en estos berenjenales” y que “la próxima vez, me voy directamente al restaurante” (luego se me pasa y vuelvo a caer en lo mismo una y otra vez. Masoquista que es uno).

     Una vez alcanzada la cima, además del Manel y el Balbis, me llevé la grata sorpresa de encontrar a un viejo (por lo antiguo), amigo del Velo, de los años 70. el Jorge Rosa; todo un personaje de la época, a quien muchos ya conocen por haber asistido al memorial Albert Balbis en más de una ocasión, la última de ellas en bici.

    Después de algunas fotos tomadas por nuestro fotógrafo oficial, además de mecánico de confianza. Rafa (quien por compromisos familiares no pudo acompañarnos en el almuerzo), descendimos plácidamente los 3 kilómetros hasta el restaurante en el que, a pesar de estar de vacaciones y por tanto no asistir a la excursión, nuestro Gran Capitán de excursionismo, Severiano, alias el Seve, gracias a sus buenos oficios, había hecho la reserva de mesas.

     El servicio fue rápido y diligente y nuestro voraz apetito pronto se vio satisfecho. Lo más anecdótico fue el ligero chubasco de cinco minutos que nos sorprendió, justo cuando la gentil camarera que nos servía, nos portaba las infusiones.  Algunos, los más cobardicas, yo entre ellos, nos refugiamos debajo de los parasoles, pero los más valientes permanecieron impasibles sin moverse de sus asientos. Fotos de nuestro breve paso por el restaurante La Cassola y  terminado nuestro ágape reponedor, foto de familia y regreso fácil hasta el pie del Ullastrell (antiguamente conocido como “el Suro”), con reagrupamiento en la rotonda de Olesa.

      Llegamos en grupo al pie del Ullastrell. El Balbis y el Manel optaron por regresar por Martorell (no recuerdo si alguien más), y yo me desvié por el polígono y cobré una ventaja de 600 m. Faltando seis kilómetros para el cruce con Los Once, me rebasaron el Pastillas y el Marc. No recuerdo si también lo hizo el jovenzuelo David, aunque supongo que sí, y, poco después me alcanzó el Miguel (argentino 2) que, providencial, cuando las piernas dolían mucho las condenadas, me llevó magistralmente a su rueda hasta la cima, salvándome del tío del mazo que hacía rato me amenazaba con darme fuerte (Gracias compi, hoy por ti, mañana por mí). El resto de compis, Miquel, Sergi, Marcial, Jorge Rosa y Perona, fueron llegando con pequeños intervalos entre ellos.

     Después del descenso por Castellbisbal faltaba por dilucidar la típica batalla que se produce hasta llegar a Molins. El viejo globero, que sabe más por viejo que por ciclista, intuyó que, si se tiraba fuerte, quien más, quien menos, después de lo de Can Fosalba y el Ullastrell, venía con las piernas pidiendo clemencia, por lo que se corría el peligro de que alguien se quedara cortado y dejara cortado a los demás, por tanto me coloqué a rueda del Marc y del Pastillas. Tal como había previsto, el grupo se partió. Por delante el Pastillas, el Marc y el viejo globero. El jovenzuelo David, saltó desde atrás, se nos unió, demarró con fuerza y cogió un centenar de metros de ventaja. Pero de todos es sabido que el “Capo, Pastillas”, no perdona, y no tardó en neutralizar al fugado. En el sprint último fue el pastillas en arrancar primero, pero el Marc, le volvió a dar plaka, plaka, el jovenzuelo David, pagó el esfuerzo de su demarraje y el viejo globero, que como es sabido esprinta menos que san patrás, se limitó a intentar seguir la estela del Pastillas.

     Y aquí se acaba la crónica, mis queridos amigos y amigas. Otra bella excursión del Velo de la que todos pudimos disfrutar, tanto por su recorrido como por la compañía de la buena gente que participó. En lo que a mí respecta, fijaos hasta qué punto llego casa eufórico, que entro dando vivas al rey, y soy anti monárquico. Con eso lo digo todo.

     Una última anécdota. Todos sabemos que al Perona no le gustan las fotos y siempre suele esconderse para no salir en ellas. En esta ocasión le hizo ilusión retratarse exhibiendo esas gafas de sol, no sé si psicodélicas o algo parecido.

    Y recordad; nuestro mecánico de confianza (y fotógrafo oficioso). Rafa Marco, atiende en su tienda taller de la calle Renclusa, 50, ofreciendo un 10% de descuento en material y mano de obre a todos los socios del Velo.

    ¡Ah, casi se me olvida! La presentación de mi novela ASESINATO EN DIFERIDO, tendrá lugar el próximo día 15 de noviembre, en la biblioteca de Les Corts, Miquel Llongueras, Trav. de Les Corts con Riera Blanca.

    Os espero a todos sin excepción. No quiero excusas, me lo debéis. El que no asista a esta presentación no volverá a leer ninguna de mis crónicas, porque se lo prohibiré. ¡Que lo sepáis!

     Un abrazo.

     Cinto (el viejo globero