CRÓNICA CA LA KATI

10. sep., 2019

PERFIL ASCENSIÓN AL ULLAQSTRELL

10. sep., 2019

PERFILA ASCENSIÓN A CAN FOSALBA

5. sep., 2019
5. sep., 2019

     Estando cumpliendo el servicio militar en Melilla, un compañero y yo frecuentábamos una cafetería en la que trabajaba una muchacha, aproximadamente de nuestra edad, de la que mi compañero decía estar enamorado. En cierta ocasión le preguntó:

     —¿Tienes algo para llevar?

     La muchacha le dirigió una sonrisa y dijo:

     —Por supuesto, lo que quieras.

     —Estupendo —respondió mi amigo—. Ponte el abrigo. Nos vamos.

     Así es la vida.

 

   Hola a todos y a todas queridos amigos y amigas. Debo confesar, sin rubor alguno, que una de mis miserias ocultas es la dificultad que tengo a la hora de empezar a escribir mis crónicas. Nunca sé cómo empezar. En esta que hoy nos ocupa, después de darle unas cuantas vueltas, creo que lo más correcto sería expresaros, por una parte, mi deseo de que hayáis pasado unas felices vacaciones con vuestras familias y amigos, que a buen seguro se os habrán hecho cortas y, por otra, también mi deseo de que, de haber sufrido ese llamado “síndrome post vacacional”, os haya sido leve.

      Pasó el mes de agosto, y aunque el Velo siempre se mantiene activo, comenzó seTiembre (en mis años de escuela se escribía sePtiembre, y si yo lo hubiera escrito sin la P, tal como ahora se escribe, el señor Emilio, mi maestro, me hubiera propinado algún  que otro cachetazo y me hubiera llamado burro. Vivir para ver). Pues decía que, aunque el Velo siempre se mantiene activo, sean vacaciones de verano o de invierno, con la llegada del mes de SEPTIEMBRE (me da la gana de darle una patada al diccionario de la RAE), han vuelto las excursiones puntuables. La primera de ellas, con una participación regular, celebrada con gran regocijo por parte de la concurrencia, tuvo como destino la histórica y encantadora población de Olesa de Bonesvalls.

     La ruta de ida, programada con mucho acierto por nuestro Gran Capitán Severiano Izquierdo, discurrió por el macizo del Ordal, pasando por el puerto, tantas veces escalado y que tantos recuerdos de batalla nos trae, para reagruparnos en el pueblo que da nombre al macizo.

         Tendré que relatar, para seguir la secuencia lógica de lo que fue la excursión, que cuando cogí la bici después de aparcar el coche en la estación de Quatre Camins, mis piernas estaban torpes y gandulas. Hacía dos semanas que no la tocaba. Dos semanas de teórico descanso en Horta de San Joan, compartiendo almuerzos con el grupo de cazadores al que pertenece Miguel, mi anfitrión. Estos almuerzos si algo tienen en común con los tan criticados, de los grupos ciclistas, es la tertulia y el regocijo, porque en lo que se refiere al condumio, os puedo asegurar que comparados a los nuestros, estos se quedan en un simple aperitivo. Si además de estos pantagruélicos desayunos, sumamos las “copitas” de  aguardiente (otra de mis miserias ocultas), que suelen acompañar el café, el resultado fue pasar de 68 kilogramos que pesaba cuando llegué, a los 70 cuando me despedí. Como anécdota os diré que estos almuerzos de los cazadores eran convocados para planificar la temporada de caza porque la veda todavía no se había levantado. En fin, después de esto no era de extrañar que mis adormiladas piernas protestaran cuando las sometí al inmisericorde castigo de ascender el Ordal, en frío y sin calentar.

     Poco antes de Vallirana, me alcanzaron el Rafa, el Pastillas y un sorprendente  Monsó (senior), que aguantaba el ritmo del “capo” (el pastillas) y el Rafa. Por detrás venían el Dani, el Sergi, el Marcial y el Camacho con tres colegas, entre ellos el compi al que conocemos como el Van Develde. Con mis piernas en la condición que os he comentado, dejé marchar a los tres primeros, y opté, como es lógico y natural, continuar piano, piano, en espera de que, a medida que fuese cubriendo kilómetros de ascensión, mis extremidades inferiores se sacudieran la galbana que llevaban encima.    

     Alcancé al Monsó, que ya pedaleaba con más pena que gloria, en la segunda curva después de Vallirana  y divisé al Rafa allá a lo lejos. Inalcanzable. Rebasé a dos colegas a quienes saludé diciéndoles que iba en son de paz y me devolvieron el saludo diciendo que bastante tenían ellos con   el ritmo que llevaban. Por fin mis piernas empezaron a reaccionar de forma positiva. Me encontré mejor en el tramo duro del Lledoner y una vez superado, el resto fue mucho más llevadero. Alcanzada la cima me sentí algo más optimista y me dejé caer dando pedales, hasta el punto de reagrupamiento, donde nos esperaba el Fede pajarero, quien nos sacó algunas fotos. Poco después fueron llegando el resto del grupo, cuyos nombres he reseñado en el párrafo anterior.

     Después del relajante descenso que fue el tramo hasta Avinyó Nou, giramos a la izquierda por la BV-2411, para cubrir los nueve “pestosillos” kilómetros que nos separaban de Olesa de Bonesvalls. Me pareció que había recuperado mis mejores sensaciones y ataqué sin reparar en que podía pagar cara mi osadía. Fui neutralizado por el “capo, Pastillas” y el Rafa, unos tres kilómetros después y rodamos juntos otros dos o tres kilómetros más. pero cuando me las prometía felices pesando que llegaríamos juntos hasta Olesa, en un repecho atacó el “capo Pastillas”. Le siguió el Rafa, yo  lo intenté, pero no sé qué pasó; sentí como si una fuerza  invisible me hubiera agarrado del sillín dejándome más clavado que una alcayata.  ¡Qué cosas tan raras pasan en esta vida!

      Y así fue como llegamos a Olesa; el Rafa, que batió al “capo” en la llegada, todo hay que decirlo, y yo en solitario cerca de ellos. Poco a poco fueron llegando el resto de la grupeta, además del Perona con el que nos habíamos cruzado cerca de Olesa.

      Una vez reagrupados en el Casal de Olesa, nos dispusimos a cubrir un nuevo “tramo” de la excursión. Había que hacer frente a los bocatas de tortilla, atún, butifarra, etc. —según los gustos—, además de las cervezas, el vino con gaseosa o las coca colas. No había tiempo que perder; el apetito acuciaba y nuestras maltrechas fuerzas reclamaban ser recuperadas con suma urgencia. Juntamos las mesas y las sillas en el patio del Casal y presto, nos sirvieron las viandas y bebidas demandadas, de las que, todos juntos y sin que nadie se “descolgara”, dimos cumplida cuenta en un santiamén. ¿Qué otra cosa se podía esperar de tan exhausto grupo?.

      Terminado nuestro ágape (insisto en que comparado con el del los cazadores sería como un aperitivo), del que tuve el “honor” de invitar pagando las bebidas y los cafés con motivo de haber celebrado tres día antes, mis primeros 75 años,  se procedió a efectuar la foto de familia. para lo cual un joven que por allí andaba observando, se nos ofreció muy amablemente. Efectuado este requisito de obligado cumplimiento, para dar fe de otra de nuestras emblemáticas excursiones, nos aprestamos a encarar la ruta de regreso.

      Sabido es, por cualquiera de nosotros, por las veces que hemos circulado por esa carretera, que los 10 kilómetros de distancia que hay desde Olesa de Bonesvalls hasta la rotonda de Begas, donde da comienzo el descenso hacia Gavá, que sin ser excesivamente duros, pueden poner en apuros a más de uno según el ritmo con el que se afronten. En lo que a mí respecta, arranqué con un fuerte dolor de piernas, más agudo que de costumbre, quizás por las circunstancias relatadas anteriormente.  Afortunadamente se fue mitigando gracias a que, en   esta ocasión, el ritmo fue moderado al principio.  Sin embargo a medida que transcurrían los kilómetros se fue incrementado. El Rafa tiraba con fuerza mientras el grupo perdía unidades. Faltando algo menos de dos kilómetros para el reagrupamiento en la rotonda, el compi Van Develde, nos sorprendió a todos con un fuerte demarraje con el que nos sacó unos buenos cien metros de ventaja que fue imposible reducir.

        Después del reagrupamiento vino el plácido descenso hasta Gavá. Pero hubo un fallo de coordinación al no tener claro cual era el siguiente punto de reagrupamiento y perdimos de vista al Camacho y a sus amigos (el Marcial y el Sergi se fueron por Castelldefels, y el Fede pajarero se fue hacia Gelida). Sin embargo el resto nos reagrupamos a la altura de Viladecans, en la rotonda por la que se gira a la izquierda para tomar la carretera BV- 2003, en dirección a S Climent. El grupo, que quedó reducido al Perona, Pastillas, Rafa, Monsó, Dani y Cinto, volvió a disgregarse en el repecho de S. Climent (1,5 km), pero volvimos a reagruparnos al final de la bajada, y desde allí, con paz y amor, nos dirigimos hacia Quatre Camins, donde me despedí del los compis contento y eufórico, después de haber pasado una mañana de fábula.

     La excursión del próximo domingo, mis queridos amigos y amigas, discurre por otra ruta de incomparable belleza, como lo es sin duda el macizo de Montserrat. El almuerzo será en el restaurante, ya conocido por todos, Ca la Teresa. Cincuenta kilómetros si se toma la opción de girar en dirección a Castellbell, una vez se llegue a Monistrol, y en La Bauma girar a la derecha por la C.58, cubriendo unos dos kilómetros de ligera ascensión, hasta el restaurante. La otra opción, ochenta y seis kilómetros, para los más valientes o los que estén más en forma, pasa por ascender hacia Montserrat para girar a la derecha hacia Can Maçana, bajar hasta Marganell, Casetbell y la Bauma.

       Y esto es todo por hoy, mis queridos lectores y lectoras, solo me resta recordaros que nuestro buen mecánico y mejor amigo Rafa, nos ofrece un 10% de descuento en material y mano de obra, en su tienda taller de la calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet.

     Hasta la próxima un fuerte abrazo.

     Cinto (el viejo globero)

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29. jul., 2019