LAS CRÓNICAS DEL CINTO (el viejo globero)

13. jun., 2019
13. jun., 2019
13. jun., 2019

     Imagino que cualquiera que haya estudiado el bachillerato recordará que la asignatura de literatura incluía la generación del 98, en la que entre otros figuraban el dramaturgo, poeta y novelista Ramón María del Valle—Inclán y Jacinto Benavente, premio Novel de literatura en 1922, de los que se cuenta que entre ellos existía tal mala elación que cuando se veía saltaban chispas y no dudaban en tratar de ofenderse mutuamente, a veces con clase de ingenio, otras a base de soeces insultos.

     Resulta que en cierta ocasión, según cuentan las malas lenguas, a Jacinto Benavente le salió el tiro por la culata. Ocurrió a las puertas del teatro en las que ambos coincidieron al ir a salir a la vez. Benavente se echó hacia adelante con fuerza y, pese a ser el mismo homosexual de manera reconocida, quiso ofender a su rival y le espetó: “lo siento, yo no cedo el paso a maricones”. Valle— Inclán se quedó inmóvil y respondió: “Yo sí”.

     Así es la vida.

     El 9 de junio del año 2019, día en que el Veloclubexcursionista, cumplió con la  excursión programada a Monistrol de Calders, es el centésimo sexagésimo (160) día del calendario gregoriano (denominado así por ser el papa Gregorio XIII, su promotor), coincide con el nacimiento en el año 1945 del que fuera gran  campeón ciclista español, Luis Ocaña, trágicamente fallecido el 19 de mayo de 1994.

     Luís Ocaña fue conocido entre los franceses como “el español  de Mont —de—Marsan”, en alusión a la localidad en la que residía al norte de los Pirineos. Debutó como profesional en 1968. En 1969 fue segundo en la vuelta a España tras Roger Pingeón que le dio “plaka plaka” en la 12ª etapa, S. Feliu de Guixols, Moyá, en la que Ocaña fue escapado un porrón de kilómetros y pilló tal pájara (ahora Carlos de Andrés diría que “entró en crisis”), que cuando Roger Pingeón, que ganó la etapa, lo alcanzó ya no fue capaz ni de ponerse a su rueda. Un año después ganó la Vuelta y consiguió ser segundo en 1973, detrás de Eddy Mercks y en 1972, detrás de catalán, José Pesarrodona. En 1971, fue tercero-

     Ocaña fue un profesional perseguido por la mala suerte. Sufrió infinidad de caídas y enfermedades, hasta el extremo que en España se le llamaba el ciclista “de la triste figura”. Pero fue uno de los pocos capaz  de batir al mismísimo Eddy Mercks en más de una ocasión. Sin embargo el sumun de su mala suerte ocurrió en la 14ª etapa del Tour de Francia de 1971, cuando siendo líder con una ventaja de más de siete minutos,  sobre Eddy Mercks, segundo de la general, sufrió una caída bajando el Coll De Menté que le obligó a abandonar. En 1973, ganó el Tour, se impuso en seis etapas y fue líder desde la séptima hasta París. En su palmarés figuran más de 50 victorias y fue campeón de España en los años 1968 y 1972,

     Una vez retirado se dedicó a la viticultura viviendo en el sur de Francia con su esposa Josiane. Pero la mala suerte le siguió persiguiendo hasta el final de sus días. En 1979 sufrió un accidente de coche que casi le cuesta la vida. En la década de los 80 participó activamente en la vida política siendo simpatizante del partido político francés de extrema derecha Frente Nacional de Jean Marie Le Pen. Finalmente el 19 de mayo de 1994 decidió acabar con su vida debido a una fuerte depresión ocasionada por problemas económicos y por la enfermedad que sufría; hepatitis C y se suicidó, suicidio que suscitó fuertes controversias en parte de la familia que denunció la posibilidad de un asesinato. Tenía 48 años.

     El 27 de mayo de 2008 recibió a título póstumo la Medalla de Oro de la Real Orden al Mérito Deportivo, en un acto presidido por la ministra de Educación y Política Social, Mercedes Cabrera y el Secretario de Estado para el Deporte, Jaime  Lissavetzky (se la podían haber otorgado en vida porque como dice el sabio proverbio; “a burro muerto cebada al rabo” y como dice la canción “quiero que me den mis flores, señores, antes de mi funeral”).

    Y ahora viene el problema; enfrentarse otra vez al teclado para narrar la crónica de la excursión. Claro que después del largo preámbulo hablando de mi tocayo Jacinto Benavente,  Valle— Inclán y Luís Ocaña, podría concluir diciendo: “La excursión no estuvo mal, fuimos ocho o nueve y lo pasamos estupendamente”, y punto pelota. Pero quedaría muy pobre y, seguramente, más de uno me criticaría, cosa que no me importaría lo más mínimo, más que nada porque ya estoy acostumbrado a que me chillen los oídos. Pero no es el caso, porque como mi amigo Benjamín Frankli, ese que inventó el pararrayos, me dijo al oído; “ O escribes algo que merezca la pena leer, o haces algo que merezca la pena escribir”. Así que tendré que hacer un supremo esfuerzo y narrar a mi manera, lo que fue la excursión a Monistrol de Calders.

     La ruta programada para la excursión, además de que me encanta por la belleza del entorno del macizo de S. Llorenç del Munt por donde discurre, siempre me trae gratos recuerdos de juventud. Ya expliqué en una de mis crónicas el pajarón que pillé cuando recién casado y sin haber dormido la noche anterior,  tuve la osadía (tenía 24 años, ¡Dios mío cuánto hace de eso!), de salir con la colla, que a la sazón se autodenominaba “Agrupación Pajareros Las Gavias”  y “pegármelas” (es un decir) con los gallitos de entonces. Así que, motivado y con la ilusión de un juvenil, salí de mi casa de Corbera.sobre 6,55 h. de la mañana. Cargué la bici en el coche y bajé hacia Molins de Rei. Mientras aparcaba el coche frente al Mercadona, vi pasar el Monsó. Luego, una vez cumplido el ritual de calzarme las zapatillas, embadurnarme la cara y los brazos con filtro solar de protección 50, ponerme la chichonera, las gafas, los guantes y mirar mi aspecto en el reflejo de la ventanilla, y comprobar lo guapo que estaba, descargué la bici, hice un reset, en el cuentakilómetros, puse en marcha el pulsómetro y arranqué, “piano, piano”, en dirección Terrassa.

     El grupo me alcanzó poco antes de Rubí. En el venía el Pastillas, Rafa, Sergi, Seve, Álvaro, Miquel y Marc Sánchez. No muchos, pero en nuestro club, salga quien salga, todos son, sin excepción, de superior calidad. El ritmo era bastante tranquilo, pero a la salida de Rubí, con el Álvaro en cabeza, se fue incrementando poco a poco y cuando giramos hacia la derecha por la avenida del Vallés, habíamos perdido al Seve y al Sergi a los que recuperamos reagrupándonos en la gasolinera que hay en las estribaciones de la carretera BV-1221, donde da comienzo el Coll d’Estanalles.

      Los 4 o 5 primeros kilómetros de ascensión fueron tranquilos, pero la subida era larga (14, 800 km) y más pronto o más tarde, el Pastillas y el Álvaro abrirían gas y el ritmo se incrementaría. Así fue; abrieron gas los susodichos, intentó seguirles el Miquel, pero no les aguantó mucho.  Le atrapamos el Rafa, el Marc Sánchez y yo, pero se volvió a marchar a rueda de uno que nos adelantó poco después. Le volvimos a atrapar y se unió al trío que se convirtió  en cuarteto.

    Y así fuimos progresando los cuatro, alcanzamos al Monsó y adelantamos a algunos grupitos que subían con más pena que gloria, hasta que a falta de, 1,5 kilómetros para la cima, aprovechando un falso llano bajé alguna corona, tomé la cabeza del cuarteto y tiré fuerte con la “sana intención” eso sí, de ser el primero de los cuatro en alcanzar la cima. Pero no. A falta de unos 200 metros aproximadamente, implacable el Rafa, arrancó y me dejó clavado como una alcayata. ¡Qué le vamos a hacer! Resignación Cinto, no te queda otra.

     Reagrupados en la cima, donde el Álvaro se dio la vuelta, y después de tomar algunas fotos, sin prisa, pero sin pausa bajamos hacia Monistrol en busca de la recompensa del bocadillo. Siete kilómetros de sinuoso y relajante descenso por un bellísimo paraje, hasta el cruce del desvío que conduce hasta la carretera B—124. Este desvío es un antiguo camino rural, ahora asfaltado, al que en lenguaje coloquial se le conoce como  “la UVE”, y comprende un tramo de descenso de 1.5 km. y  un repecho también de 1,5 km con una media de un 8% de desnivel y un par de tramos al 12% que ascendimos cada uno a nuestro aire. Una vez salvado este pequeño escollo solo restaban 4 km de descenso hasta Monistrol de Calders y fin del primer acto.

     El segundo acto de nuestras excursiones, o la segunda parte, según se le quiera llamar, de comienzo con nuestra llegada al restaurante de turno y siempre constituyen una especie de festival. Aparcar las bicis, acomodarnos en las mesas, la demanda de las bebidas y de los bocadillos, los comentarios sobre la ruta, las batallas habidas, chistes más o menos malos, la espera a ser servidos, los cafés, las infusiones… todo ello acompañado por la euforia que nos proporciona la serotonina segregada a través el ejercicio realizado, constituye una especie de festival del que disfrutamos lo indecible, (algún día me explayaré sobre  los grandes beneficios que el ciclismo aporta a nuestro sistema neurotransmisor).   Por cierto que el Rafa y yo hace ya tiempo que tomamos la costumbre de pedir distintos bocadillos y compartirlos, de esta manera el primero en ser servido, cede al otro la mitad que este devuelve con la mitad del suyo cuando le sirven a el. Esta práctica tiene la ventaja de  hacer la espera menos larga, además de más variado  nuestro almuerzo. Últimamente he podido observar que algunos ya nos copian.  

     En fin queridos amigos y amigas, el colofón de todo este festivalazo, lo pone siempre la foto de familia que tomamos en cada una de nuestras excursiones, antes de iniciar la ruta de regreso (el tercer acto), que en esta ocasión constaba de casi 70 kilómetros y discurría por S. Llorenç de Savall, Castellar, Sabadell, S. Quirze, Rubí y Molins de Rei, con las únicas dificultades (si es que la ruta no es ya de por sí toda una dificultad), del repecho de 4km, bastante distendido que se encuentra nada más salir de Monistrol de Calders y el de S Quirze del Vallés, de 3.5 km. que nos deja ya en Rubí.

     Empecé a subir a mi ritmo, o sea “piano piano” el mencionado repecho de 4km, para ir calentando y al llegar al final del mismo, paré cuenta que a mi rueda venían el Rafa y el Marc Sánchez. Un trío al que el  Pastillas, que se había quedado en  la fuente de Monistrol llenando el bidón. No tardaría en dar alcance supuse. Pero no fue así. Faltaban por cubrir 20 kilómetros de carretera sinuosa, con muchas curvas cerradas y con tendencia a bajar, hasta llegar al reagrupamiento de Castellar. Justo un terreno en el que el Rafa se encuentra como pez en el agua, además de que le veo fortísimo.  Así que tomando el  mando del trío “matamoros”, impuso su ley que no fue otra más que llevarnos al Marc y a mí con el “gancho puesto” hasta Castellar, sin que ni tan siquiera pudiéramos darle un solo relevo. Vale explicar que durante este tramo fuimos adelantando varios grupos de manera que parecía que les pasábamos, como suele decirse, “arrancándoles las pegatinas”.

     Después del reagrupamiento hubo paz y amor hasta las estribaciones de la cota de 3.5 km. (Can Viver), que da comienzo a la salida de S. Quirze. En dicha cota fue el Pastllas quien en cabeza del grupo fue acelerando lenta, pero inexorablemente y provocó que solo le aguantáramos la rueda el Rafa y yo, con el Seve a muy poca distancia.

      Hubo un nuevo reagrupamiento, esta vez espontáneo, en Rubí, para cubrir en grupo (es un decir), los pocos kilómetros que restaban hasta Molins de Rei. Las diferencias no habían muchas y pronto aparecieron el Seve, el Marc, el Miquel, el Sergi y el Monsó. Reemprendimos de nuevo la marcha, pero con el pastillas comandando el pequeño pelotón, era prácticamente imposible que este se mantuviera compacto. Así que volvió el grupo a descomponerse en el último arreón hasta Molins, pero en el sprint final claudicó ante el Rafa. Yo le pasé en los metros finales, pero ignoro si fue porque se quedó clavado o se dejó ir. Imagino que fue por esto último.

      Y aquí acabó, para mí, la excursión. Me despedí del grupo, cargué la bici en el coche y me dirigí a casa pensando en lo mucho que había disfrutado. Cuando llegué me preguntó Gloria si lo había pasado bien. Siempre lo hace, sé que se siente feliz de verme a mí feliz y contento a mi regreso de las excursiones. Mi respuesta es siempre la misma; “Mucho cariño, he disfrutado mucho”.

     Y esto es todo por hoy mis queridos amigos y amigas, lo que puedo contar de la excursión a Monistrol de Calders. Una más como cualquier otra, dirían algunos, pero no. Para mí cada una de nuestras excursiones tiene una encanto distinto y, aunque sean parecidas, unas por unos motivos, otras por otros, todas son diferentes. Y la próxima a Guardiola de Font-rubí, no será una excepción, sin duda. Si bellos son los parajes que enmarcan S. Llorenç del Munt, visitado el pasado domingo, no menos bellos son los que enmarcan  las comarcas del Alt Penedés y el Anoia que visitaremos en la del próximo y donde tendremos la ocasión de admirar la riqueza de ambas comarcas, con sus innumerables viñedos cargados ya, en esta estación del años, de rebosantes racimos que. convertidos en vino o cava, a su debido tiempo, tendremos ocasión de regalar nuestros paladares.

   Así pues solo me resta despedirme con m i consejo de cada semana. Repasad bien vuestras bicis y para cualquier problema acudir a al tienda taller de  nuestro amigo, compañero y mecánico de confianza, Rafa Marco, en la calle Renclusa, 50 de l’hospitalet. Recordar que nuestro compañero nos ofrece un 10% de descuento en material y mano de obra.

    Hasta la próxima, un abrazo.

    Cinto (el viejo globero)

    

6. jun., 2019
5. jun., 2019

     Nancy Astor fue la primera mujer que ocupó un escaño en la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico y se cuenta que en cierta ocasión dirigiéndose al que fuera primer ministro del reino unido durante la segunda guerra mundial, Winston Churchill, le dijo: “Si fuera usted mi marido, le pondría veneno”. A lo que el político respondió; “Si fuera usted mi mujer, lo tomaría”.

     Así es la vida.

     Y como esta semana ha estado de moda la “Tarragona Clasic”, vamos a hablar de la leyenda que se cuenta del fantasma de  la Casa de Casellarnau de la “Imperial Tarraco”.

     La historia del fantasma de la Casa Castellarnau es sobradamente conocida por el común de los tarraconenses. La leyenda más extendida narra como a inicios del siglo XX vivía en este inmueble, situado en la calle Caballeros número 14, una niña afectada por alguna enfermedad crónica, tal vez un caso de tuberculosis o epilepsia, que le obligaba a permanecer confinada en una habitación de la casa, aislada de la sociedad, solo visitada por médicos y atendida por su familia, los Castellarnau.

     Algunos vecinos del barrio pensaron que, debido a su débil estado de salud, aquella niña finalmente no había superado la niñez y, desde de su muerte, una aureola de misterio empañó el personaje y la misma casa, misterio que con los años fue creciendo. Las historias sobre la joven y la Casa Castellarnau comenzaron a ser tan variadas como rocambolescas: hay quien dice que se la sentía gritar de manera aterradora durante el día, que sólo le dejaban sacar las nalgas por la puerta cuando los facultativos iban a pincharla, que se paseaba desnuda por la casa en plena noche, que en algunos hogares de la Parte Alta advertían a los niños poco comedores con frases como "si no comes te llevaremos a ver a la niña de Castellarnau», que cuando la casa ya estaba deshabitada las luces se encendían y se apagaban sin explicación alguna, o que se sentía tocar el piano sin que nadie viviera en el inmueble, antes incluso que el conservatorio de música se ubicara dos fincas más arriba. El hecho es que la rumorología popular asoció los fenómenos esotéricos que según algunas versiones se producían en la casa, con la presencia del espíritu errante de aquella joven.

     De los relatos que circulan sobre la casa, tal vez el mejor documentado y cercano en el tiempo es el de la Dolores Comas, que fue testigo de unos hechos sucedidos entre los meses de enero y abril de 1979. Entonces, ella y una compañera de trabajo eran las bibliotecarias encargadas de la catalogación del legado Gramunt -colección bibliográfica que esta familia dio al Ayuntamiento- conservado en la Casa Castellarnau. Las dos funcionarias establecieron su puesto de trabajo en la actual sala de botiquín, la misma habitación que utilizaba la supuesta niña enferma. La Dolores explica sin rodeos que ella era y es «una persona sensible a todo lo que rodea la conciencia humana, que de joven había practicado con las cartas Zener [mazo de cartas utilizado para el estudio de la telepatía y la clarividencia], que había tenido alguna experiencia con la ouija e incluso tenía una abuela que era médium ».

      Un día, mientras su compañera hablaba por teléfono, la Dolores vio en la pared cinco rayas blancas bien marcadas, cuatro juntas y una separada, similar a la forma que deja una mano en arañar la pared. En ese momento pensó «qué pifia de los pintores!», Pero tras pocos instantes las rayas desaparecieron repentinamente. Lo que la trastornó, explicó el fenómeno a su superior y luego le pidió marchar de aquel lugar. Sin embargo, la jefa de la Dolores la convenció para que se quedara, pero desde entonces los fenómenos continuaron produciéndose, como por ejemplo envoltorios de papel de caramelo que volaban de una mesa a la otra estando las ventanas cerradas. También tenía la clara sensación de sentirse observada por alguien en muchos momentos del día, o escuchaba pasos haciendo chirriar el suelo, acercándose desde el pasillo hasta la sala donde estaba. Cuando sentía aquellas pasos ella marchaba de allí y le preguntaba a su compañera si también las escuchaba, pero esta no percibía nada y continuaba con sus tareas con total normalidad.

     A raíz de todos estos episodios contactó con una asociación de parapsicólogos de Barcelona, ​​concretó una primera entrevista y les explicó el caso vivido en la Casa Castellarnau con la condición de que guardaran total discreción, pacto que estos rompieron en presentarse en el inmueble sin previo aviso con el fin de grabar una sesión de psicofonías. Ella, sin embargo, no participó de esta experiencia por el respeto que le suponía visitar la casa después de las diez de la noche. Pero, a pesar de no estar presente durante la grabación, sí tuvo acceso a las conclusiones a las que habían llegado los investigadores. Parece que la frase más clara que se podía escuchar en las grabaciones sonoras era una voz de ultra tumba repitiendo insistentemente: «salir de aquí, salir de aquí...»

     Los parapsicólogos concluyeron que veían en la Dolores un origen de médium y que los fenómenos pasaban porque se alimentaban de su energía. De hecho, la opinión de la protagonista respecto a los hechos de Castellarnau es que, si como ella cree, hay vida después de la muerte, «es también posible que haya casas donde algunas conciencias pueden quedar atrapadas y tratar de aprovecharse de algunos seres vivos para manifestarse ».

     Son muchos los relatos que señalan la Casa Castellarnau como un lugar donde suceden fenómenos paranormales. En la década de los años noventa el tema del fantasma volvió a reavivar y sobre todo el afán por poner nombre y apellidos al joven espíritu. En un primer momento, la desinformación general sobre la historia de la familia Castellarnau sumada a la «cosecha propia» de algunos de los visitantes del inmueble, señalaban el retrato de Enriqueta de Castellarnau y Miró, cuadro colgado en la sala amarilla de la planta noble, obra de Torres Fusté, como la cara visible del supuesto fantasma. Esto es del todo imposible, ya que, aunque el citado cuadro corresponde a la misma Enriqueta durante la niñez, esta murió en edad adulta. De hecho, fue la última propietaria de la casa y quien la vendió al Ayuntamiento de Tarragona en 1954. Entonces Enriqueta tenía 51 años.

     Una vez descartada esta posibilidad la nueva candidata fue Carolina de Castellarnau y Espina, personaje que hoy todavía se identifica con el fantasma de la casa de la calle Caballeros. De hecho, recientemente algunos medios de comunicación se han interesado en seguir la vertiente más morbosa de la historia, dando continuidad a la leyenda pero desgraciadamente aportando una información sesgada en la mayoría de los casos. Por poner algunos de los ejemplos más significativos: el programa de televisión Cuarto Milenio envió una médium a visitar la casa en el año 2010; en un tono más humorístico una entrevista emitida desde el espacio radiofónico La segunda hora de RAC 1 el año 2014, o últimamente ya raíz de la aparición del álbum de cromos Tarraconenses ilustres el año 2015, una estampa en la que se ve la escalera gótica del inmueble y detrás la imagen del típico fantasma cubierto con una sábana.

     Y después de esta fantasmada (fantasmas los hay por todas partes y aparecen cuando menos lo esperas), ahora me toca enfrentarme al reto de narrar la crónica semanal. Y hablando de retos quiero felicitar a los 48 ciclistas, con féminas incluidas, de los tres grupos, Velos, Poble Sec y Tusinus,  participantes en la Tarragona Clasic, no solo por enfrentarse a los 180 kilómetros de la excursión, que no dejan de ser un reto, sino también por el estupendo ambiente que presidió la jornada en todo momento.

     Después del reagrupamiento del Ordal en donde se prodigaron los saludos y los apretones de manos, con lo que ya se intuía el gran ambiente que nos iba a deparar la jornada, hubo unos kilómetros de plácido descenso hasta que el Bombi, guerrero entre los guerreros, rompió las hostilidades con un fuerte demarraje. Fue un aviso de lo que iba a ser la batalla a partir de ese momento. Neutralizado varios kilómetros después, los demarrajes por parte “tusina” empezaron a sucederse sin solución de continuidad. Si el primero en atacar fue el Bombi, no tardó en hacerlo el Jordi (se dio la vuelta en el Vendrell). Luego lo intentó el Johan y más tarde el Jose (alias el zape). Pero también los amigos del Poble Sec, lo intentaron en varias ocasiones, pero dadas las bondades del terreno, resultaba harto difícil que cuajara una escapada individual. La última intentona se produjo en el repecho de Altafulla (no recuerdo quién atacó). El pelotón se estiró y llegó a romperse, el Rafa se puso a tirar en cabeza, pero no fue secundado por ninguno de los “gallitos” y los que venían por detrás no tardaron en empalmar.

    En definitiva se llegó en pelotón al sprint final, pero una caída del Bombi en la última rotonda, justo en los últimos 250 metros, descompuso el grupo. Los que presenciaron el percance avisaron desde atrás y la mitad del grupo paramos para socorrerle. La otra mitad ni se enteraron. Afortunadamente el percance no tuvo consecuencias y el Bombi salió ileso.

      El sprint lo ganó el Johan y el Rafa fue el primero del club seguido por el Marc Ortega y tercero el Pastillas que tuvo la gentileza de renunciar a su premio y concedérselo al Cinto como un pequeño homenaje por ser el “globero” de más edad (cumplirá 75 en agosto), con el añadido de haber llegado con el primer grupo. (Gracias Jose, todo un detalle que es de agradecer).

       Y después de la gran batalla, llegó el reposo del guerrero y la parte más interesante de la excursión (para algunos), o sea, la del almuerzo. Naturalmente se había gastado muchas energías y había que reponerlas. Para ello que menos que hacerlo con ese suculento plato combinado que, como cada año, nos sirven en el restaurante Jaime I, compuesto de dos rebanadas de pan tostado con tomate, una tortilla francesa, una butifarra y dos lonchas de beicon, además de las correspondientes bebidas e infusiones, todo ello por el módico precio de 5 míseros euros. ¿Hay quién de más?

      En el restaurante, aunque compartimos mesa, nos fuimos acomodando por grupos; Tusinus, Velos y Poble Sec, etc.  El nuestro, que estuvo compuesto por 12 guerreros, contó además con la presencia de las  dos gentiles damas; Clara, la esposa del Rafa y Asun la esposa de Balbis que vinieron en coche y compartieron mesa y almuerzo con todos nosotros. Todo un regalo.

      Para la ruta de regreso hubo división de opiniones en nuestro grupo. Algunos teníamos intención de regresar por N-340, o sea, por Vilafranca y el Ordal (el Cinto entre ellos, porque como es sabido, acostumbra a aparcar el coche en la estación de Quatre Camins). Otros proponían el regreso por la C-31, que atraviesa Calafell, Cunit, Cubelles, Vilanova; Sitges y Costas de Garraf. Finalmente, se valoró que la bonanza del tiempo invitaba a acudir a playa, por lo que la carretera de la costa estaría muy saturada de vehículos y se decidió regresar por la N-340 (Vilafranca y Ordal).

       Después de la foto de familia, recuperadas parte de nuestras fuerzas (nunca se llegan a recuperar del todo), se tomó la foto de familia y se arrancó con renovadas ganas de batalla. Tras unos kilómetros de calentamiento, empezaron los demarrajes, algunos de ellos provocados por algún intruso que no había participado en la ruta de ida y por lo tanto tampoco en las batallas que se produjeron. Esto provocó que el grupo se fuera animando y que se desatara una nueva batalla que puso en fila al pelotón. Con los compañeros del Poble Sec y los Tusinus en cabeza, se rodaba rozando los 40 km h. esto provocó que se cortaran algunos Velos (el Seve  y el José Vicente. Perdí la pista del Blas, el Camacho y el Marcial, pero supongo que regresaron por la C-31). Llegados a la altura de El Vendrell nuestro grupo, compuesto por el Marc Sánchez, Marc Ortega, Miquel, Oscar, Pastillas, Rafa y Cinto, a quienes se añadió el “Nuber One”, continuamos por la N-340.

     Pareció que al separarnos del grueso del pelotón, nuestro ritmo sería más tranquilo y por lo tanto iríamos más cómodos. Pero no. El pastillas continúa intratable, el Marc Ortega le va a la zaga y el Oscar, con la cabra, casi nos sacaba de punto cuando se ponía a tirar en cabeza.

     Y así fueron pasando los 35 kilómetros que nos separaban de la fuente existente en la pequeña localidad de El Pago, preludio de los repechos del Ordal. Alí paramos los siete magníficos más el “Nuber One” para refrescarnos y llenar nuestro vacíos y depauperados bidones (el Rafa prestó al Cinto uno de los dos que llevaba porque el suyo lo perdió en la batalla de la ida sin enterarse).

     Ya solo faltaba por cubrir los seis kilómetros de los repechos del Ordal, que, con las fuerzas bastantes mermadas, se cubrieron con paz y amor, aunque el Marc Sánchez y el Oscar, aún tuvieron un último escarceo en la cima.

     Lo que el grupo ignoraba era que el Seve y el José Vicente, no venían demasiado lejos, de haberlo sabido les hubiéramos esperado. Mil disculpas a los dos.

      Y con el plácido y siempre agradable descenso hacia Molins de Rei, finalizó una estupenda y fantástica Tarragona Clasic (Una última anécdota; el Rafa batió su récord de velocidad consiguiendo en el tramo del Lledoner, una velocidad máxima de más de 82 km h.).

      Se despidió del grupo el autor de esta crónica, en Quatre Camins, feliz y contento por la gran jornada vivida. Su velocímetro marcaba 154 km recorridos (desde Quatre Camins  ida y vuelta), a una velocidad media de 32,5 km. hora. Veo que con la edad nos vamos superando.

       Y hasta aquí mi crónica de esta semana. Reconozco que no he estado demasiado original, pero tener en cuenta que cada vez me cuesta más inspirarme para  no repetirme. En lo que sí me repito es en la recomendación de cada semana en lo que concierne a vuestras bicis. Repasarlas bien para no tener sorpresas desagradables y cualquier problema no dudéis en llevársela a nuestro compañero y mecánico de Confianza; Rafa Marco quien os la reparará con la máxima profesionalidad y garantía.

    Y termino con los mejores deseos de que nuestro compañero y amigo, el inefable Manolo Cánovas, se restablezca pronto de sus dolencia, así como también el Manel. Un fuerte abrazo para ambos.

     Hasta la próxima, un abrazo

     Cinto (el viejo globero).