6. jun., 2018

Texto

 

La épica (del adejetivo "palabra, historia, poema"),‚Äč es un género narrativo en el que se presentan hechos legendarios o ficticios relativos a las hazañas de uno o más héroes y a las luchas reales o imaginarias en las que han participado. Su forma de expresión más tradicional fue la narración en verso, bajo la forma de poemas épicos cuya finalidad última era exaltación o engrandecimiento de un pueblo. En algunos casos, la épica no tenía forma escrita, sino que era contada oralmente por los rapsodas. Con posterioridad la épica adoptó también la forma narrativa en prosa, incorporando elementos de descripción y diálogo y dando lugar, en primera instancia, a la novela de caballerías y posteriormente al género conocido como fantasía épica.

Y puestos en antecedentes de lo que significa la “épica”, si nos referimos a la del ciclismo profesional, lejos quedan aquellas etapas míticas en las que la carrera se resquebrajaba varias decenas de kilómetros antes de llegar a la meta, aquellos tiempos en los que las diferencias se contaban por “minutadas” y los corredores llegaban fuera de control. Ahora con la incorporación de los pinganillos, las nuevas metodologías en cuestión de preparación, y los nuevos materiales, debemos convenir que el ciclismo profesional ha perdido su épica y, por qué no decirlo, parte de su belleza.

Pero no todo está perdido. La épica del ciclismo, aunque en ámbitos más modestos, continúa presente o ¿acaso la Tarragona Clasic del pasado domingo no merece el calificativo de épica? Vayamos por partes:

Hacía ya varios días que los servicios meteorológicos pronosticaban fuertes lluvias a lo largo de la jornada del domingo, sobre todo en el litoral. Y de todos es sabido que raramente, estos servicios suelen equivocarse. Sin embargo, y a pesar de tan malos pronósticos, si mis cálculos no fallan, fuimos 34 los ciclistas dispuestos a desafiar al mal tiempo y acudir a la cita anual de tan entrañable excursión, como lo es sin duda la Tarragona Clasic que tantos recuerdos de grandes batallas nos trae. Este grupo de 34, digamos “globeros”,estaba compuesto por 10 Velos, 6 tusinus y 17 amigos del Poble Sec, o sea que, comparado con el año pasado en el que fuimos 40, la deserción fue mínima.

Como era de esperar, después del reagrupamiento en el pueblo del Ordal en donde tuvimos que esperar a algún que otro rezagado, iniciamos un vertiginoso descenso dirección Vilafranca, en el que los cuenta kilómetros raramente bajaban de los 40 por hora y no exagero. Los ataques en forma de demarrajes secos por parte de “la Tusinada”, y de algún que otro compi del Poble Sec, pusieron al pelotón en fila, pero, al ser el terreno descendente, quien más quien menos aguantó sin excesivos problemas.

Sin embargo esto no fue más que un pequeño adelanto de lo que estaba por llegar. Rebasada Vilafranca, donde el terreno aún sin ser exigente se endurece, los ataques de “la Tusinada” continuaron uno tras otro sin solución de continuidad e irremisiblemente, el pelotón se fue disgregando y “aflacando” hasta quedar reducido a 12 unidades; los 6 tusinus (Johan, Sergi, Jose, Ignaci, Jordi y Pol); 4 Velos (Rafa, Pastillas, Indio -formó grupo con nosotros- y Cinto) , y 2 del Poble Sec cuyo nombre ignoro. Cortado el Cinto a 6km del final, por la intromisión de un coche en una rotonda, contempló exhausto y sin fuerzas, como irremisiblemente, se alejaba el grupo, reducido ahora a 11 unidades.

Fue el Johan quien ganó el sprint del grupo delantero con el Indio en segunda posición seguido del Ignasi, y con esto concluyó la batalla de la ruta de ida, el resto fue llegando a intervalos regulares. Hasta entonces la lluvia nos había respetado y un suculento almuerzo nos esperaba en el Restaurant Jaume I, con el que repondríamos nuestras depauperadas fuerzas (sobre todo las de quien esto escribe).

Transcurrió el apetitoso, nutritivo y excelente ágape con el natural alborozo de los 34 comensales sin que, al parecer, ninguno de nosotros, enfrascados en nuestras tertulias, pensara en el regreso. Pero el inexorable transcurrir del tiempo, nos vino a decir que la hora de la partida era llegada y la lluvia, fiel a los pronósticos, había hecho acto de presencia. Repuestas las fuerzas, abonamos los módicos 5 euros que nos costó el opíparo desayuno, nos re equipamos con nuestros impermeables, nos enfundamos los guantes y nos calamos nuestros cascos, y preparados “desta guisa”, posamos para la tradicional foto de familia. Lo que nadie intuía era que lo peor estaba por llegar.

Iniciamos pues, la ruta de regreso para la cual existían dos opciones, una; regreso por Calafell, Vilanova i Geltrú, Sitges y Costas de Garraf, y la otra; regreso por Vilafranca; Ordal y Molins de Rei, pero los problemas no tardarían en llegar. Mientras al Cinto, colocado en el grupo de la primera opción, se le averiaba la cadena a la altura del Vendrell, por detrás, en medio de la pertinaz lluvia, empezaron a sucederse uno tras otro, los pinchazos.

Socorrido el Cinto por el Joaquín quien circulaba por detrás acompañado del Manel y portaba un diminuto, pero oportuno troncha cadenas, pudo reanudar la marcha hacia el Ordal en compañía de los mencionados y entrañables compis, soportando la obstinada y persistente lluvia. En el grupo que circulaba detrás de nosotros, el Miquel sufrió nada menos que tres pinchazos y tuvo que tomar el tren. Mientras que en el grupo de la opción de Sitges, se desataba una feroz batalla sin tregua ni cuartel.

Detuvo el curso de nuestra marcha, un inoportuno pinchazo sufrido por el Manel, pasado Vilafranca. Reparado sin más, reanudamos nuestro, ya cansino, pedalear en medio de una lluvia, cada vez más fuerte, que se había encariñado con nosotros y no se le adivinaba intención alguna de abandonarnos. Del capitán Seve, sin noticias hasta ese momento. Pero como según la teoría de Murphy, si una cosa va mal irá peor, llegados a unos escasos cien metros del pueblo del Ordal, en pleno repecho, volviose a romper la cadena del Cinto, esta vez por la mitad.

Después de sopesar varias soluciones incluyendo llamadas telefónicas de socorro, apareció oportunísimo el Seve, que, acompañando a un compi del Poble Sec que había tenido un pinchazo, casualmente (cada vez creo menos en las casualidades), llevaba un cierre de cadena de recambio.

Sin embargo no pararon aquí las desventuras; reparamos la avería refugiados en la parada de autobús que hay en el pueblo del Ordal, donde solemos reagruparnos, y reanudamos la marcha. Justo entonces la lluvia se convirtió en un fuerte aguacero y bajó la temperatura varios grados. Faltaban por cubrir los escasos 2,5 km hasta la cima del puerto y los casi 15 del peligroso descenso, hasta Molins de Rei. En estas condiciones, en lo que a mí respecta, la tiritera me acompañó hasta que por fin, pude reconfortarme con la ducha bien caliente. Y haciendo buena la teoría de Murphy antes mencionada, si una cosa va mal puede ir peor, que se lo digan al Seve que tuvo un pinchazo en S. Feliu.

En el grupo de la opción de Sitges, tampoco ellos estuvieron exentos de peligro. La tromba de agua los cogió en plenas Costas de Garraf y se encontraron con un desprendimiento en pleno descenso.



Y esto es todo querido/as Velo/as; después de lo vivido en esta excursión, me reafirmo en que la épica del ciclismo no ha desaparecido, simplemente se ha desplazado a otros grupos de ciclistas más modesto.

Os dejo perfiles y ruta de la próxima excursión al Coll del Bruc y no dejeis de reparar vuestras bicis y comprar el materia que os haga falta, en la tienda de nuestro compañero Rafa Marco, de la calle Renclusa, 50, de l'Hospitalet. Disfrutareis de un 10% de descuento en material y mano de obra.

Hasta la próxima un abrazo.

Cinto.