26. jul., 2018

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El 22 de julio del 2018, es el ducentésimo tercer día (203) del calendario grgoriano, ducentésimo cuarto (204) en los años bisiestos. Quedan 162 día para finalizar el año. En tal día como el reseñado, del año 1951, nació en la localidad  de Marostica, el ciclista italiano Giovanni Battagglín.

Giovanni Batagglín fue un ciclista muy irregular, de sus diez participaciones en el giro de Italia, venció en la del año 1981, el mismo año de su única participación en la Vuelta a España en la que también consiguió la victoria. Sin embargo, de sus cinco participaciones en el Tour de Francia, solo consiguió concluir la tercera (1979), en la que se clasificó sexto, abandonando en las cuatro restantes.

En la década de los 70 dar positivo por doping se sancionaba con tres meses de suspensión de licencia y los controles antidoping eran de risa. En muchas ocasiones, el ciclista al que le tocaba pasar control, llevaba una bolsa con la  orina del  director  del equipo o de algún auxiliar, escondida debajo del sobaco con un tubo de goma que sacaba por encima de los culotes. Para llenar el recipiente del análisis solo tenía que presionar la bolsa con el brazo. Actualmente, para evitar este tipo de fraudes la micción debe de hacerse en presencia del médico. Todavía no se había descubierto la EPO ni la CERA ni se hacían trasfusiones con la propia sangre enriquecida, etc. etc. Por aquel entonces doparse se le llamaba “bombarse”  y las “bombas” se componían mayormente, de anfetaminas, las más utilizadas eran la centramina, el matxitón, la simpatina y la niketamida, cuyo nombre comercial era “coramina” que se trataba de un broncodilatador que se solía ingerir  unos minutos antes de tomar la salida en las carreras. La más popular de esas “bombas” se componía de 4 matxitones, 2  simpatinas y 30 gotas de coramnina.

 Fue famoso el caso del ciclista español Jaime Huélamo, afincado en S. Joan Despí, en su participación en los Juegos Olímpicos de 1972, celebrados en Munich. Era una época en la que para España conseguir una medalla en unos juegos olímpicos era casi un milagro. La carrera solo la disputaban los aficionados (amateurs) y la ganó Hennie Kuiper, ciclista holandés que luego sería campeón del mundo y dos veces segundo en el Tour además de ganar 4 de las cinco clásicas llamadas “monumentos”. Jaime Huélamo consiguió la medalla de bronce, pero dio positivo por niketamida y fue descalificado exigiéndole que devolviera la medalla. La niketamida figuraba en la lista de sustancias prohibidas por el COI, pero no en la de la UCI y por tal motivo se negó a devolverla. 

Jaime Huélamo fue profesional solamente entre los años 1973 y 1975, y militó en mítico Kas. Su mayor éxito como profesional fue la medalla de bronce conseguida en los campeonatos de ciclismo en ruta de 1975 en Torrejón de Ardoz, superado únicamente por Txomin Perurena y Javier Elorriaga. Falleció el 31 de enero del 2014, a los 65 años víctima de un cáncer.

También el Velo, aunque modesta, escribió su propia historia el 22 de julio del 2018. No fuimos muchos, en esta ocasión, los que contribuimos a escribir la nueva página de la historia del club, consecuencia supongo, de la incertidumbre que se cernía sobre el tiempo. Yo mismo tuve mis propias dudas cuando de madrugada escuché fuertes truenos acompañados de sus correspondientes relámpagos, poco antes de las seis de la mañana. No obstante, y a pesar de los negros nubarrones que aparecían sobre el cielo (esta frase es de Perogrullo, está claro que los nubarrones sólo pueden aparecer sobre el cielo), con poca fe y muchas dudas, después de los rituales de rigor (todo eso que se suele hacer cuando uno se levanta para salir en bici), cargué la bici en el coche y con el  “hay, hay, hay, que no vamos a mojar”,  bajé a Quatre Camins.

Una vez puesto en marcha, nada más salir de la estación me encontré con el Nico –“ya somos dos a mojarnos”-, pensé, pero supuse que no estaríamos solos y que pronto aparecería el grupo. Después de dar un par de vueltas entre rotonda y rotonda para calentar un poco, aparecieron el grupo el Rafa, el Oscar, el Pastillas y el Seve. el Joaquín había salido un rato antes y circulaba unos kilómetros por delante. Estupendo, teniendo en cuenta las circunstancias no estaba mal del todo; íbamos a ser siete, como los magníficos,  expuestos a la lluvia que nos estuvo amenazando durante varios kilómetros con algunas míseras gotas de poca importancia.

Con el Pastillas y el Nico tirando en cabeza a un ritmo algo más que regular, fuimos cubriendo los, poco más de 30 kilómetros, que nos separaban de Monistrol, acompañados de algún que otro espontáneo que se nos fue añadiendo al grupo. Justo unos cientos de metros antes del cruce con la carretera de Montserrat, alcanzamos la Joaquín.

Como era de esperar, nada más iniciada la ascensión, desparecieron de nuestra vista el Nico y el Pastillas, mientras que por detrás ascendíamos El Cinto (o sea yo), el Rafa, el Oscar y el espontáneo. Algo más atrás venían el Seve acompañando al Joaquín. Apenas habíamos cubierto el primer kilómetro de la ascensión cuando el Oscar decidió arrancar y marcharse hacia adelante, llevándose al espontaneo a su rueda.

Solo y abandonado por el Rafa, que tenía el día gandul y pocas ganas de apretar, hacia la mitad de la ascensión divisé al espontáneo, más clavado que una alcayata y a quien el Oscar le había dejado tirado como a una colilla. Pero seguí controlando mis pulsaciones sin sobrepasar el 90% de mi CCTM (capacidad cardiaca teórica máxima). Lo alcancé poco antes del cruce de Can Masana; me preguntó —¿De dónde venís? —. le respondí que de Hospitalet y redoblando sus esfuerzos volvió a alejarse de mí (engordar para morir—pensé).

A todo esto, me crucé con el Pastillas que se dio la vuelta para llenar el bidón en la fuente de Els Monjos, pero del Nico ni sombra. Algo más arriba, ya en la carretera de Can Masana, me encontré con el Oscar que volvía sobre sus pasos temiendo haberse equivocado de carretera. Y como el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid el espontáneo volvió a ponerse a su rueda sin acordarse de que subiendo le había sacado los ojos. Mientras, el Cinto buen conocedor del terreno, les dejó hacer. El  Oscar le llevó con el gancho hasta  poco antes del cruce de Manresa, donde en el último repecho antes del cruce, el susodicho espontáneo fue superado definitivamente por el Cinto, que no tuvo piedad de él y lo remachó sin compasión, llegando el pobrecito más muerto que vivo y  pidiendo clemencia.  Luego, mientras esperábamos para reagruparnos, preguntó a dónde íbamos y puesto al corriente de cuál era nuestro itinerario, le invité a que nos acompañara, invitación que amablemente rehusó porque, según dijo, su intención era bajar hacia Manresa.

Con ligeros intervalos, fueron llegando los otros cinco magníficos; el Rafa que seguía gandul y se había dedicado a hacer fotos por los incomparables, parajes de Can Masana, el Pastillas, el Nico y finalmente el Seve y el Joaquín que sufrió un pinchazo justo en el cruce de la carretera de Montserrat con la de Can Masana.

Reanudada la marcha nos esperaba un fantástico descenso nada menos que de 22 kilómetros, acompañado del incomparable marco de  la montaña de Montserat como fondo. Y ¿quién es el guapo que no goza de un descenso de tales características? O sea que todo consistiría en poner el plato grande, bajar piñones y acompañar pedales dejándose caer plácida y sosegadamente hasta el “Restaurante el Caliu”. Pero todo eso fue en teoría porque, con el Nico y el Pastillas en cabeza, el descenso fue menos plácido y sosegado de lo que se suponía. Sin embargo, esto no fue óbice para que el disfrute fuera menor. Nos agarramos a la parte baja del manillar procurando no perder rueda, sobre todo en las curvas y, con el velocímetro marcando por encima de 50 km h, y superando los 60 km h en varios tramos, nos plantamos en Castellbell y el Vilar en un suspiro. La anécdota del descenso fue el despiste del Rafa que se entretuvo unos segundos en arrancar (seguía engandulado) y, a pesar de ser un excelente bajador, tuvo que perseguir al grupo durante bastantes kilómetros. (mi cuentakilómetros marcó una velocidad máxima por encima de los 68 km h.)

Llegamos al restaurante y tuvimos la agradable sorpresa de encontrarnos con el José Monsó, otro de los valientes del Velo al que la inseguridad del tiempo no le arredró y que nos estuvo acompañando durante el almuerzo. Bravo por él.

No tuvimos que esperar demasiado, en esta ocasión, para ser servidos, quizás porque sólo éramos siete, y además magníficos. Pero aun no siendo muchos, tal circunstancia no fue obstáculo para que gozáramos de un rato tan agradable como lo es sin duda, el del almuerzo en compañía tan grata como la gente del Velo.

Colmado el apetito y tomadas las pertinentes infusiones, dispusímonos a inmortaliza el “trascendente” momento a través de varias instantáneas que habrán de servir, a la postre, para dar fe de otra más de las formidables excursiones del Velo. Y una vez cumplido con tal “crucial” formalidad, ya solo era cuestión de acometer el regreso por la ruta prevista.

La ascensión a Vacarisses fue bastante tranquila y plácida a pesar  del Pastillas y el Nico los cuales se portaron como amigos en esta ocasión. Se formó una grupeta compuesta por los susodichos más el Rafa (por fin se había sacudido la galbana de encima) y el Cinto, y juntitos y con paz y amor fueron subiendo al “tran, tran”. A falta de doscientos metros para el final el Cinto (o sea yo, por si alguien todavía no se ha enterado), perdió contacto por unos inoportunos saltos de cadena en la piñonera. Nada grave.

El tramo más difícil estaba cubierto, ahora todo era cuestión de bajar hasta Olesa, y fue el Rafa, en esta ocasión, quien tomo la iniciativa cogiendo la cabeza y lanzándose como el sabe hacerlo. A partir de Olesa poca historia que contar; se rodó en pelotón prácticamente hasta Quatre Camins, incluida  la típica arrancada del Seve en el repecho de Pallejá, que cuando lo hace no hay quien le coja rueda, y quien esto escribe, o sea el Cinto por si alguien no se ha enterado se despidió de los seis magníficos deseándoles un feliz. domingo

La próxima excursión, última puntuable antes de las vacaciones, es a Olesa de Bonesvalls, la ida por el Ordal y Avinyó Nou, la vuelta por Begas, Gavá y S. Clemente, pero lo más noticiable es que será la mi última crónica antes de las vacaciones, por lo tanto os libráis de leerlas durante todo el mes de agosto, pero no os hagáis ilusiones porque no es fácil librarse de mí; volveré en setiembre.

Un abrazo a todos y os recomiendo encarecidamente que para evitar sorpresas desagradables, reparéis vuestras bicis en la tienda taller de nuestro mecánico de confianza, Rafa Marco, de la calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet. Hasta pronto.

Cinto.