28. feb., 2019

Texto

     Corría el mes de julio de 1968 y mi novia Gloria, y yo, teníamos previsto casarnos el 12 de agosto. Gloria era hija única y huérfana de padre, razón por la cual decidimos quedarnos a vivir con su madre. Ni que decir tiene la gran ilusión con la que hacíamos los preparativos para nuestra próxima boda. Entre estos preparativos figuraba renovar el mobiliario de su casa por estar muy anticuado. Había, a la sazón, en l’Hospitalet de Llobregat, un comerciante que se dedicaba a la compra de muebles viejos que luego restauraba y volvía a vender, al que apodaban “El rey del betún” (ignoro el motivo),

      Como los gastos eran muchos y nuestra economía más bien algo justita, pensamos que sería buena idea llamarle para ofrecerle los muebles que íbamos a desechar y, de esta manera, obtener algunas pesetillas que nos ayudaran a incrementar nuestra maltrecha pecunia.

      El día convenido, el tal señor, se presentó en nuestra casa dispuesto a hacer la transacción. Miró los muebles, comprobó la dificultad que le supondría desmontarlos y bajarlos a la calle para cargarlos en su camioneta, carraspeó y finalmente señalándolos dijo:

     —Esto; cien pesetas.

     Decepcionado por lo que me pareció una tomadura de pelo, repuse

     —¿Solo?

    A lo que me respondió:

    —Bueno, si me quieres dar algo más, tú mismo.

     Así es la vida.

*************

     Decía en mi última crónica que no tenía ni idea de qué os hablaría en esta, pues bien; el domingo pasado cuando por El Plà me reuní con el grupo, muy numeroso esta vez, con varias caras nuevas y algunos Velos que hacía tiempo no veía, observé que entre estos últimos se hallaba nuestro entrañable Pere Arajol, y “se me encendió la bombilla”.

      Tuve el placer de conocer personalmente a su padre, a finales de la década de los años 60 cuando yo trabajaba en el taxi y el, Pere Arajol padre, regentaba, lo que entonces se daba en llamar un “snak bar”.

       El establecimiento que se llamaba “Peter”, estaba en la calle Numancia esquina con la calle Robreño, a pocos metros del taller donde yo llevaba a reparar el taxi.  La primera vez que entré en el me quedé sorprendido al ver la persona que estaba detrás de la barra. «Uy, si parece el Arajol”». Le conocía de haberle visto, siendo yo un niño, competir en el velódromo construido en el año 1950, en la manzana que hay entre la Gran Vía, calle Llansà, Sepúlveda y Viladomat (hoy día desaparecido como consecuencia de la especulación urbanística). Le apodaban “El Príncipe” y tenía un extraordinario domino de la bicicleta. En cierta ocasión le vi rodar con las manos cruzadas sobre el manillar. O sea, la mano derecha apoyada en lado izquierdo del manillar y la izquierda en el derecho (el que quiera probarlo que lo haga cuando esté solo, nunca en mitad de un pelotón). Naturalmente, me pudo la curiosidad y sin pensármelo le pregunte: —Perdona la indiscreció, ¿Tú ets el Arajol que competia a la pista?. Le expliqué que hacía años le había visto competir junto a Miguel Poblet, Espín, Serra, Masip, Esmatges, etc. ciclistas legendarios, todos de la época dorada del ciclismo romántico

      Pronto cogimos cierta confianza. Era una persona cálida y cercana y de conversación fácil y agradable. En posteriores vistas al bar, tuve el placer de escuchar muchas y ricas anécdotas de su época como ciclista profesional Particularmente recuerdo una de ellas en la que me contó cómo, gracias a su corpulencia, sacaba de rueda a sus rivales e incluso intimidaba a los novatos solo con decirles: ¡Tú, fora d’aquí!

      Compitió durante muchos años junto a su hermano Salvador. La primera constancia que he encontrado de la carrera profesional de ambos data de una competición celebrada el 16 de julio de 1942, en el Canódromo Barcelona, inaugurado en el año 1933, reconvertido en velódromo en el 1940 y desaparecido en el 1946. Fue una prueba a los puntos de una hora de duración en la que participaron; Llompart, Plans, Timoner, Llompart II, Cañardo, Murcia, Campamá, Costa, Mas, Blasco, Valent, Sant, Sala, Casas, Company, Vila, Vidal y los hermanos Arajol. La clasificación fue la siguiente:

1°. Cañardo, 8 puntos.
2°. Murcia, 6 puntos. A una vuelta.
3°. Salvador Arajol, 6 puntos. A una vuelta.
4°. Blasco, 0 puntos. A una vuelta.
5°. Plans. A dos vueltas.
6°. Costa. A dos vueltas.
7°. Campamá, P. Arajol, Casas y Vila (ex-aequo, 1 punto a dos vueltas).
11°. Valent y Vidal (ex-aequo, 0 puntos, a dos vueltas).
13°. Llompart, 2 puntos. A cuatro vueltas.

      Pero sería un sacrilegio hablar de los hermanos Arajol y no remontarnos a, casi principios del siglo veinte. Los hermanos Arajol procedían de Andorra y se afincaron en Barcelona de la mano de su padre Pere Arajol (el abuelo de nuestro querido compañero), cuando el año 1919 fundó el famoso bar “Boston” de la calle Aribau, 50, entre Consejo de Ciento y Aragón.

     La historia del "Boston" está repleta de anécdotas y episodios curiosos; pronto se convirtió en un negocio familiar atendido por la espos y los hijos de su fundador y atrajo una clientela diversa y fiel de la que formaban parte periodistas, artistas y actores entre los que figuraban nombres como el amestro Demond, Pedro Porcel o el cantate de flamenco Rafael Farina y eren populares las partidas de cartas y  de dominó que se jugaban.

   Pere Arajol abuelo; (no confundir con el padre de nuestro compañero) 
 

salió bastante airoso de las tensiones de la Guerra Civil alegando su condición de andorrano para evitar la colectivización de su negocio por parte de los anarquistas. El local cerraba tarde desobedeciendo la normativa vigente sobre la hora de bajar la persiana. En una ocasión llegó a ser clausurado por esta causa, pero la leyenda urbana dice que el amante de un alto jefe de la policía era clienta y consiguió reducir considerablemente el tiempo de cierre forzado del local.

     Los dos hijos de Arajol (Pere y Salvador) aficionados al deporte de la bicicleta,  y que fueron campeones de pista y carretera, tal como se ha explicado, no era raro verlos servir platos en la calle sobre una bicicleta.

     Otra anécdota es que durante un tiempo tuvieron un conejo que campaba libremente por el local ya menudo salía a la calle. El tranvía que subía por Aribau había llegado a detenerse para no atropellarlo, hasta que un día el conductor no fue a tiempo y el animal acabó convertido en un exquisito plato.

   En sus últimos años el Boston continuaba siendo un bar restaurante económico y modesto, que conservaba aún el encanto y la capacidad de evocar otro tiempo y era muy frecuentado por los estudiantes hasta que en el año 1993 cerró puertas definitivamente.

     En fin queridos y queridas amigos y amigas, hoy he querido explayarme contando esta pequeña historia, desconocida por muchos, para rendir un pequeño homenaje, no solo a ese gran pistard y mejor persona que fue Pere Arajol al que admiré y tuve el honor de escuchar de su propia voz, anécdotas de su carrera deportiva, si no también a toda la familia Arajol por ese granito de arena aportado a esa nostálgica Barcelona desaparecida que engrandece su historia.

      Y volviendo a lo que fue la excursión, decía que vi varias caras nuevas, además de alguna otra que hacía tiempo no veía, cuando por El Plà, me reuní con el grupo, concretamente; el Isidoro, el Valecianet y el Ivan Abalaira, este acompañado por cuatro secuaces (creo que eran), con aspecto de peleones, luciendo un maillot de las cervezas Damm y el mañico que suele desaparecer muy pronto. Se me dio en la nariz que, teniendo en cuenta la ruta “pestosa” por la que debíamos transitar, la batalla iba a ser dura y cruenta.

     Ya por la carretera de La Ferralla, con un viento de cara bastante respetable, se rodó a un ritmo que puso al pelotón en fila. Llegamos a la Rotonda que da acceso a la carretera nacional N-IIa. con el cuchillo entre los dientes por parte de los esprinters ante la proximidad del Congost, y cuando estos empezaban a colocarse, un pinchazo del Iván Abalaira, detuvo al grupo y frustró la primera escaramuza de la mañana.

      Reparado el pinchazo y reemprendida la marcha la batalla no tardaría en desatarse de nuevo. Tomamos la carretera de Maquefa y Piera BV-224, partiendo de un desnivel de unos 80 m. sobre el nivel del mar que en el cruce de S. Llorenç d’Hortons, se convertían algo más de 300. O sea, 13 kilómetros de constante pendiente con fuertes repechos y apenas algún ligero descansillo.  

     En el ambiente flotaba una especie de inquietud que presagiaba la proximidad de que el pelotón no tardaría en fraccionarse y, efectivamente; cuatro kilómetros después de pasar Martorell, un demarraje del Pastillas provocó el corte definitivo. En cabeza quedaron, además del Pastillas, el Marc, el Iván Abalaira, el otro Iván cuyo apellido desconozco, el Isidoro y uno de los colegas de los maillots de la Damm. Por detrás de este grupo quedó otro formado por el Rafa, el Oscar, el Valencianet, dos de los colegas de la Damm, el Cinto y el Álvaro quien hizo una extraordinaria labor de gregario conduciendo el grupo hasta que sus piernas, pidiendo clemencia por el esfuerzo realizado el día anterior de casi 140 kilómetros, dijeron basta.

     Llegaron los seis de cabeza al punto de reagrupamiento, sin ser alcanzados por los siete perseguidores. Entre estos dos grupos llegó el Fede que estuvo esperando por Pallejá sin saber que ahora la ruta hacia Martorell se hace por la carretera de La Ferralla, después fueron llegando el “Dúo Calavera” (hermanos Monsó), el Sergi, el Camacho, el Miquel (está flojito), el Seve, el Pere acompañado de un compi y el cuarto de los colegas de la Damm., Como acompañantes venía el Dani que ejerció de reportero gráfico, y sus padres Manolo e Isabel.

      Se cubrió el último tramo hasta S. Llorenç en paz y armonía con el pensamiento puesto en la María Castaña, el lugar elegido en esta ocasión, por el Seve, nuestro buen “capi”. No se quedaron al almuerzo el Iván y sus secuaces y el Álvaro, el resto, llegados al lugar encontramos al inefable y enigmático Bartolo  (no hay manera de que me venda la flauta) y al Raúl quien después de la Brevet del día anterior decidió venir de acompañante con el pequeño (no me dijo su nombre).

      En fin, querido/as; un excelente grupo de “románticos globeros” y acompañantes que, entre batallas ciclistas, almuerzo, tertulia en la María Castaña y un tiempo casi primaveral, disfrutamos de una mañana de ensueño, como suelen ser las excursiones del Velo.

     El regreso no tuvo mucha historia; seis kilómetros de descenso hasta Gelida Inferior y reagrupamiento en la rotonda que da acceso a la carretera de Corbera, donde el grupo se dividió entre algunos (pocos) que optamos por la ruta de la Creu d’Aregall y otros (los más) que optaron por la ruta de Martorell.

     Por cierto, como todas las expresiones coloquiales tienen sus orígenes, un servidor, curioso por naturaleza, quiso saber la procedencia de la frase Es de los tiempos de la María Castaña y encontré lo siguiente:

     María Castaña fue una mujer del S.XIV de la que se sabe muy poco. El 18 de junio de 1386, María Castaña, mujer de Martín Cego, junto a Gonzalo Cego y Alfonso Cego, confiesan haber hecho muchas injurias a la Iglesia de Lugo y haber matado a Francisco Fernández, mayordomo del obispo. Para satisfacción de estos delitos, hicieron donación a la Catedral de todas las heredades que tenían en coto de Cereixa y se obligaron a pagar mil maravedíes de la moneda usual.

     En la época de Cervantes, la expresión Los tiempos de María Castaña ya se había convertido en una referencia temporal ambigua para referirse a un pasado muy lejano.

     Y termino con un ruego; el próximo domingo día 3 de marzo conmemoramos la pérdida de nuestro inolvidable compañero y amigo, Abert Balbis, no faltéis.

     Y es todo amigos y amigas; aunque soy consciente de haberme explayado, en esta crónica, algo más de lo habitual, espero la hayáis encontrado interesante y que poco o mucho os haya entretenido. Y recodad que en la calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet, tenemos una excelente tienda taller regentada por nuestro compañero y mecánico de confianza, Rafa Marco junto a su gentil esposa Clara Molinero (ya era hora de que la nombrara), e donde los socios gozamos de un 10% de descuento en material y mano de obra.

     Hasta la próxima un fuerte abrazo.

     Cinto (el, cada vez más, viejo globero)