27. mar., 2019

Texto

     Distinta respuesta para una misma pregunta:

      Preguntar a cualquier hombre: “¿Dónde compraste estas chuletas?” Y responderá: “En la carnicería de tal sitio”. Hacer esta misma pregunta a una mujer y contestará enseguida: ¿Por qué? ¿Qué tienen de malo?”

     No interpretarlo como una anécdota machista, simplemente es que:

     “Así es la vida”.

     Cuenta la leyenda que acabada la guerra de Sucesión, que significó el relevo de los Austria por los Borbones, Cervera y los cerverinos, al contrario que casi todo el resto de Catalunya que era partidaria de los Austria, se alinearon en el bando Borbón que resultó ganador.  El rey Felipe V, fue a visitar la Vila que celebró la visita con grandes y lucidos actos en su honor.

     En el curso de una de las numerosas ceremonias que se llevaron a término, el rey otorgó a Cervera, el título de Ciudad en vez de Vila y en muestra de agradecimiento a los que tanto le habían ayudado, dijo a las autoridades cerverinas que le pidiesen lo que quisieran que se lo concedería.

     Los cerverinos, llevados por el orgullo y deseosos de hacer ver al  rey que si le habían ayudado en su guerra era porque les había parecido bien, pero  no por la esperanza de una futura recompensa, le pidieron un puerto de mar.

     Como es natural, el rey se quedó boquiabierto delante de una petición tan insólita, pero como no tenía un pelo de tonto, les devolvió la pelota diciéndoles que primero les haría una universidad y que aprendiesen geografía y que, si después continuaban pidiéndolo, les haría el puerto.

     Lo curioso del caso es que no hace muchos años, había un enorme muro que daba al valle de Ondarra y a la antigua carretera general N-II, del que aun se conserva algún tramo que, a distancias regulares, tiene encastadas unas anillas de hierro que se utilizaban para atar a los animales los días de feria y que todo el mundo, cerverinos incluidos, llamaban el “Puerto de Mar” y decían que las anillas las habían puesto a la espera de poder amarrar las embarcaciones y que para que eso fuera posible solo faltaba que llegara el agua.

      Y después de este anecdótico preámbulo, que posiblemente a nadie le interese, habrá que explicar lo que fue la excursión del pasado domingo, a mi parecer fantástica, pues, además de disfrutar de un tiempo primaveral, tuvo una buena y nutrida participación

     Me reuní con el grupo en Molins de Rei donde también esperaban el Oscar y el, siempre aguerrido y carismático, Camacho. El pelotón venía formado por el Rafa, el Pastillas, el Marc, el Seve, el silencioso y discretísimo José Vicente, al que no veíamos desde el año pasado, el Nico, que no se quedó al bocata, el Sergi, el Miguel y el Blas. Por la Ferralla se nos unió el Fede que junto al Oscar, al Camacho y al Cinto, el grupo quedó formado por trece Velos, de momento.

     No sé quien o quienes tenían prisa por llegar, pero ya por la carretera de La Ferralla, alguien tiraba del grupo, si no a muerte como suele decirse, si a un ritmo que puso al pelotón bastante enfilado y que obligó a más de uno a bajar piñones.

     Después del sprint del Congost y del reagrupamiento, volvió la misma tónica. Por la carretera de Olesa, algunos, no sé si con buenas o malas intenciones, volvieron a poner un ritmo que provocó algunos cortes en el grupo que llegó a la Rotonda de Olesa bastante fraccionado.

     Nuevo reagrupamiento y nueva batalla en la ascensión a Vacarisses. No tardaron en “desaparecer” de nuestra vista, el Pastillas y el Marc, no así el Nico que, lejos de su mejor forma, tuvimos siempre a la vista el Rafa y quien esto escribe y que completamos la ascensión, juntitos y como buenos amigos. Una anécdota sin importancia, fue que algunos, con el Monsó incluido, nos pasmos del cruce donde está el restaurante “La Granja”, lo que nos permitió “disfrutar” de los dos últimos y más duros kilómetros de la ascensión, con una pendiente media del 6%. ¡Qué bien!

      Además del Monsó al que atrapamos poco antes de coronar el puerto, estaban esperándonos en el restaurante el Manel, el Joaquín y gracias al buen tiempo que nos acompañó durante toda la mañana, pudimos almorzar en el patio del restaurante y, aunque los chistes malos de las pastillas y del Cinto, están en franca decadencia, no fue obstáculo para que nuestra colación transcurriera entre el típico cachondeo y ben humor que caracteriza nuestro grupo. Otra anécdota fue el “piño” que se pegaron dos vehículos, justo en el cruce que hay junto al restaurante donde almorzábamos. Quien más quien menos, con el Cinto incluido, fuimos a curiosear al lugar de los hechos. Los vehículos quedaron bastante estropeados, pero afortunadamente no hubieron heridos, sin embargo a los implicados se les arruinó el domingo. Una pena.

      Pero como la vida sigue y los caminos del destino son imprevisibles, nosotros continuamos a lo nuestro. Comimos nuestros bocatas con excelente apetito, tomamos nuestras correspondientes infusiones, pagamos religiosamente la cuenta del restaurante y nos dispusimos a emprender la ruta de regreso (lo de “religiosamente” es un decir, porque no creo que nadie de nosotros, creyente o no, se ponga a rezar por tener que pagar siete miserables euros que suele costarnos el desayuno).

     Había una novedad en la ruta de regreso. En el descenso hacia Olesa, pasado el cruce de Viladecavalls, existe en la parte izquierda, un paraje llamado “Les Ribes Blaves”,* dentro del término de Olesa de Montserrat. Es un lugar de destino de muchos geólogos por su singularidad. Se trata de un afloramiento pizarroso de tonalidad turquesa a causa de las fuertes presiones y temperaturas que soportó durante su formación. El lugar es reconocido a nivel internacional y uno de los puntos geológicos más interesantes de Catalunya ya que explica una etapa de la formación del relieve del país.

     Antiguamente fue un vertedero incontrolado hasta que, en los años 90 del siglo pasado, fue clausurado gracias a la acción conjunta del Centre Muntanyec yde Recerques Olesà y la Universidad de Barcelona. Un afloramiento del mismo orden se encuentra en Les Roques Blanques, de Esparraguera, cerca de la Colonia Sedó.

     Por este paraje discurre ahora una carretera que atraviesa la urbanización del mismo nombre, o sea, “Les Ribes Blaves” y que desemboca en la nueva rotonda de la carretera del Ullastrell, BV-1202, justo al final del primer repecho, frente al bar “El Suro”, son  cerca de siete kilómetros que, una vez salvado el primer repecho de menos de un kilómetro con un considerable desnivel, desciende tranquila y con poco tránsito, aunque con bastantes curvas, desde una altura de 3010 m. hasta los 160, de la citada rotonda.

     Superado este tramo con paz y amor, nos reagrupamos en la citada rotonda frente al Bar “El Suro”. Nuevo descenso de un kilómetro hasta la Riera del Morral y a partir de allí ocho kilómetros de ascensión hasta el cruce de “Los Once” que nos deparó una bonita batalla.

     Se formó una grupeta compuesta por el Marc, el Pastillas, el Oscar y el Cinto, a la que se sumó un espontáneo desconocido que circulaba por su cuenta y que tuvo la osadía de atacar cuando llevábamos algo más de dos kilómetros de ascensión. Como es natural, tanto el Pastillas como el Marc respondieron al ataque, mientras el Ocar y el Cinto, les dejaban marchar sabiendo que si pretendíamos seguirles, a ese ritmo pronto seríamos víctimas del “tío del mazo”. Pero la víctima del “tío del mazo” fue el desconocido espontáneo porque algo más de un kilómetro después de su ataque,se quedó más clavado que una alcayata y le rebasamos sin que pudiera ponerse a nuestra rueda. A todo esto, el Oscar se fue creciendo y tuve que ceder poco antes de atravesar el pueblo. El pastillas coronó primero y se dio la vuelta tal como acostumbra a hacer, el Cinto atrapó al Oscar y al Marc a falta de un kilómetro para coronar, pero ninguno de los dos tuvo piedad de quien esto escribe, y me remacharon sin compasión. Ya les vale.

      Nuevo reagrupamiento en el cruce de “Los Once” y emprendimos el, siempre agradable, descenso hacia Molins de Rei. Un descenso que fue divertidísimo con las constantes y fuertes arrancadas del Camacho. Es una lástima que luego se quede clavado, porque si no fuera así, nos haría sufrir a todos. Y ya en Molins de Rei, mientras el Pastillas y el Marc se fueron a hacer un “Tibi”,  me despedí del grupo y me fui a Corbera (en coche que nadie se engañe), pensando en lo que había sido la excursión y en lo mucho que disfruté. Participé en batallas, sufrí como un energúmeno subiendo el Suro, me regocijé con la compañía de personas a las que aprecio, reí con ellas y compartí con ellas otra de las excursiones del Velo y me sentí feliz. Qué más se puede pedir si, como dije en mi crónica de la semana pasada, no necesito cosas grandes en mi vida, sino cosas pequeñas que hagan mi vida grande.  

     La próxima excursión del 31 de marzo, está programada a Can Foslba, ida por Olesa, Esparraguera y Can Fosalba y regreso por Collbató, Esparraguera, Olesa, Ullastrell, Castellbisbal y Molins de Rei (adjunto los perfiles de la ruta). Y no olvidéis que el sábado es el cambio de horario y que hay que adelantar una hora el reloj.

      Hasta la próxima, recordad mi consejo de cada semana; Bicicletas Marco de la calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet, los socios del Velo disfrutamos, además de un servicio técnico con plenas garantías, de un 10% de descuento en material y mano de obra.

       Un abrazo.

        Cinto (el, cada vez más, viejo globero).

        * Nota del Cinto: Este paraje llamado "Les Ribes Blaves", aparece citado en un relato del que soy autor, titulado "En pos de sí mismo", publicado en el libro "Veinte relatos para trayectos cortos" de la Editorial Maluma.