6. abr., 2019

Texto

        A  buen entendedor...

     Tres hombres discutían sobre cuál fue la primera profesión de la tierra:

     —Fue la mía —aseguró el cirujano—. Según la biblia, Eva fue formada de una costilla de Adán.

     —Te equivocas —corrigió el ingeniero—. Antes hubo una gran obra de ingeniería. En seis días surgió la Tierra del caos. Y esa fue labor propia de un ingeniero.

     —Bueno —dijo el político— ¿y quién creó el caos?

     Así es la vida.

     Supongo que quien más quien menos debe de estar al corriente de que la próxima excursión del día 7 de abril, está programada a Olivella y que la ruta de regreso pasa por una broma de nuestro capitán de excursionismo; la ascensión al Rat Penat (Como broma puede pasar, pero a tal extremo llegar…)

     Pues precisamente, hoy os voy a hablar del Rat Pena;, un símbolo que encontramos a menudo en las rutas guiadas por Barcelona y  que forma parte de los elementos heráldicos de los antiguos emblemas de la ciudad .

Este animal se puede ver en escudos antiguos de la ciudad encima de
una corona. Como ejemplo el escudo del Mercado de San Antonio, el
Mercado de la Boquería o los faroles del Paseo de Gracia, incluso en el antiguo escudo del Barça, que desapareció a principios del siglo XX.

     La imagen del murciélago llegó a nuestra ciudad a través de Jaime I el Conquistador, rey de Aragón que en 1238 logró conquistar Valencia gracias a la ayuda de un murciélago, o al menos eso explica la leyenda.

Según la leyenda, los árabes domesticaban los murciélagos (“moseguellos”) y lo empleaban para eliminar las plagas de los mosquitos de los terrenos pantanosos, les “marjals” y “l´albufera” cercanas a la ciudad de Valencia.

     En la época de Jaume I, y durante el asedio cristiano de la ciudad y capital del reino moro, un profeta árabe auguró que mientras el murciélago del dueño de la ciudad pudiera volar todas las noches, la ciudad se mantendría musulmana.

     Las tiendas de las tropas del rey Jaime I estaban acampadas en el arrabal de Ruzafa, fuera de la muralla de la ciudad. Cuenta la leyenda que fue por entonces cuando un murciélago anidó en la parte alta de la tienda del rey como si quisiera coronarla y augurar la victoria de Jaime I, abandonando así a su suerte al ejército musulmán.

      El rey, que se percató de su presencia y conocía la profecía, ordenó a sus huestes que no le asustasen, y que por el contrario le complacieran para que estuviese a gusto en el campamento.

     Una noche que el ejército cristiano dormía tranquilo y confiado uno de sus tambores comenzó a redoblar ininterrumpidamente con el consiguiente sobresalto de las tropas cristianas. Un soldado despertó al rey, alertándolo. Jaime I llamó a sus capitanes para que diesen orden a los guardias de extremar la vigilancia. Entonces se dieron cuenta de que el ejército musulmán estaba a escasa distancia de su campamento, cercándolo, por lo que dieron la voz general de alarma. Todo el ejército cristiano se puso en pie y tomaron las armas entablándose una feroz batalla que produjo infinidad de bajas en el ejército moro  que se vio obligado a retirarse.

     Después de la lucha, el rey quiso premiar quien les había avisado con golpes de tambor. Grande fue su sorpresa cuando advirtió que el aviso lo había dado el murciélago que, con sus alas, hizo redoblar el tambor. El rey, como premio a su decisiva ayuda, hizo poner el murciélago en la parte más alta de su yelmo y en su escudo real, y en el de la ciudad de Valencia que, finalmente conquistó.

     Esta leyenda se fue propagando en poemas y canciones, incorporándose a “Les Troves” del siglo XV, especialmente, una de la cuales ha llegado hasta nosotros describiendo el poeta a Pedro I, hijo del Rey D. Jaime.

     Y hablando de leyendas, aunque la excursión del pasado domingo, no fue de leyenda, yo diría que le faltó poco para serlo. El tiempo, además de fresquito, amenazaba lluvia según las predicciones meteorológicas y, por si fuera poco, en la ruta de ida estaba incluida la ascensión a Can Fosalba, cuyas rampas alcanzan casi un 20% de desnivel en algunos tramos, elementos suficientes para disuadir a más de uno. Sin embargo, la participación, aunque no extraordinaria, fue numerosa. El grupo con el que me uní por El Plà, lo formaban el Rafa, el Pastillas, el Blas, el Sergi, el José Vicente (hola de nuevo), el Seve. El Oscar y el Camacho esperaban en el semáforo de Molins, que unidos al grupo junto a quien esto escribe, o sea, el Cinto, formamos un pelotoncito de nueve unidades, a los que más adelante se añadieron, el Monsó, el Manel, el Joaquín y el Josemaría.

     Tomamos el pelotoncito de nueve, la carretera de La Ferralla, con el Pastillas, que está que se sale, tirando en cabeza del grupo sin que, al parecer, le afectara el viento de cara que soplaba con bastante fuerza. Cabe decir que, como la diferencia entre el y el resto del grupo que le seguíamos a rueda (¿Qué otra cosa podíamos hacer?), es abismal en cuanto su estado de forma, al no tener ningún rival que le disputara el sprint del Congost, no se molestó en sprintar y llegamos prácticamente juntitos al primer reagrupamiento del día.

     Después del reagrupamiento, se siguió con la misma tónica por la carretera de Olesa; el susodicho Pastillas tirando del grupo sin despeinarse y el resto a su rueda despeinados.1”

      Vueltos a reagruparnos en Olesa, ascendimos con paz y amor hasta Esparraguera y después de un breve descenso hacia Pierola, giramos a la derecha por la carretera de Más d’Engall, donde nos esperaba una durísima ascensión hacia Can Fosalba con un primer tramo de 400 m. a un 12% de desnivel. Naturalmente cada quisque subió al ritmo que le permitieron sus piernas o sus fuerzas, según se mire.

     Después de dos y medio kilómetros de ascensión, hubo un reagrupamiento improvisado en el cruce de la urbanización Mas d’Engall. Si bien fue consecuencia de las dudas que surgieron por desconocer la carretera. Pero llegó el Cinto, que subía con más pena que gloria todo hay que decirlo, y se despejaron las dudas; señaló hacia lo lejos, donde se divisaba un tramo de carretera que más bien parecía una pared. No recuerdo de quién salió la expresión, pero alguien asustado al ver lo que nos esperaba, exclamó “¡Sí hombre!” (que levante la mano).En fin; faltaban por cubrir casi 3 kilómetros de ascensión, hasta el restaurante “Can Fosalba” con la “pared” del 20% de desnivel incluida (mención especial para el Josemaría por la voluntad que demostró en este tramo), así que reemprendimos la marcha en busca del merecido premio, o sea, los bocatas, y quien más quien menos, retorciéndose o en línea recta, alcanzamos nuestro objetivo.

     Llegados al restaurante, una bonita camarera nos acogió con mucha simpatía. Nos sirvió presta nuestro deseado yantar y cuando llegamos al café, muy amablemente, prestó dos velitas a nuestro compañero Oscar, que celebraba su aniversario, para que las soplara y le cantamos el aniversario feliz. Naturalmente el correspondió pagando los cafés.

     En la ruta de regreso había que ascender un último tramo de 2,5 kilómetros hasta la cima de Can Fosalba, aunque algo menos duro que el primero. Una vez superado, un plácido descenso de 14 kilómetros nos dejaba en la rotonda de Olesa, lugar habitual de reagrupamiento.

    Reemprendida la marcha, con el Pastillas, de nuevo tirando del grupo, fue un suspiro lo que tardamos en cubrir los 5 kilómetros que nos dejarían al pie del Suro, última dificultad de la jornada.  Nada más empezar la ascensión, el dolor de piernas que venía arrastrando durante toda la mañana, pasó factura (trasladar muebles de una casa a otra tiene esas consecuencias) y no tuve más remedio que subir piñones y, de nuevo con más pena que gloria (esta vez con mucha más pena), ascender como buenamente me permitieron mis maltrechas piernas. Del resto del grupo no me preguntéis, porque no sé nada, solo recuerdo que me alcanzó el Sergi a falta de un par de kilómetros para llegar al cruce donde nos reagrupamos, y a penas pude aguantar su rueda.

     Pero la batalla no terminó ahí porque la que se originó en el descenso hacia Castellbisbal y Molins de Rei, no tuvo desperdicio, sobre todo en el último tramo, antes de la rotonda del cruce con la carretera de Molins de Rei, donde se fraccionó en grupo. Se marchó el Pastillas por delante con el Rafa persiguiéndolo hasta darle alcance. Por detrás persiguiendo al dúo de cabeza, un trío formado por el Oscar, el Sergi y el Cinto (algo recuperado de su dolor de piernas). Pero el peso de la caza lo llevaron, primero el Oscar y después el Sergi que le faltó muy poco para neutralizar al Rafa que se había descolgado del Pastillas. Pero el Cinto faltó confianza en sus propias fuerzas, no se atrevió a dar relevos.

     Y así fue como terminó la bonita e interesante excursión a Can Fosalba, el Cinto se despidió de la “tropa” en Molins de Rei, para dirigirse a su casa de Corbera y encontrar la Gloria que se le había negado durante toda la mañana. Por cierto, la encontré esperándome.

     Y esto es todo lo que dio de sí la jornada mis queridos amigos y amigas del Velo. Otra de las magníficas excursiones del Velo, en la pudimos disfrutar de batallas, risas y, sobre todo de la inapreciable compañía de un formidable grupo humano.

     Mi consejo de siempre; repasad las bicis y para solucionar cualquier problema no dudéis en acudir a la tienda taller de nuestro mecánico de confianza, Rafa Marco. Ya sabéis; calle Renclusa, 50, de l’Hospitalet y un 10% de descuento en materia y mano de obra, hasta la próxima, un fuerte abrazo.

Cinto. (el viejo globero)

     P D, no podré estar con vosotros en la próxima excursión del día 7, a Olivella. Este fin de semana me toca trasladar muebles de Barcelona a Corbera y viceversa y el familiar que me va a ayudar con la furgona de su empresa, solo puede el domingo. Así que la semana próxima no habrá crónica. Espero que disfrutéis y lo paséis genial y que os sea leve lo del RAT PENAT (adjunto perfil).