2. may., 2019

Texto

      Cierta pitonisa exigió a uno de sus clientes que le pagara 20 euros por adelantado por responder a dos preguntas.

     —¿No le parece un poco caro 20 euros por solo dos preguntas? —repuso el cliente.

     —Sí —respondió la pitonisa— ¿Cuál es la segunda?

     Así es la vida.

     Después de la espantá de la excursión a Hostalets, que, cual princesa a punto de perecer en las fauces del monstruo de la deserción, fue salvada gracias a la decidida participación de “tres gentiles caballeros”, la de esta semana sumó una excelente concurrencia que detallaré más adelante.

     Si en la excursión de la semana pasada tocó visitar la bella comarca del Anoia, parte de la de esta discurrió por la, no menos bonita, comarca del Bages, de donde se cuentan innumerables leyendas como esta de “El pozo los tres diablos” que a continuación os cuento:

     El pozo de los tres diablos:

      Hace muchos años en una casa llamada ca l’Homs vivía un matrimonio joven con un niño de pecho. Eran tiempos difíciles aquellos: guerras contra el sarraceno, guerras contra los feudales vecinos, pestes, enfermedades y una desesperante falta de mano de obra que producía campos baldíos y granjas desiertas.

     El pobre payés de ca l'Homs que había sembrado los campos de trigo hacia finales del otoño estaba muy preocupado: Era finales del mes de junio y los campos estaban llenos a rebosar de espigas generosas, repletas de dorados granos de trigo que esperaban su recolecta. Había removido en vano, cielo y tierra buscando ayuda entre amigos, vecinos y conocidos para poder proceder a la siega. Una mañana aparecieron por el camino real tres personajes curiosos:

     —Buenos días, buen hombre, ¿nos podría dar un poco de agua? En todo por donde pasamos el agua es muy salada en este lugar ...

     Mientras bebían y abrían sus fiambreras haciendo un bocado al sombrío alrededor del pozo, la mujer, que los observaba, sintió un susto en el corazón y corrió a abrazar a su hijo.

     —Venimos de muy lejos y aún nos queda mucho camino por hacer. Vamos por las masías ofreciendo nuestros servicios a cambio de algo que nos quieran dar ... Vemos que tiene la cosecha aún para segar. ¿No necesitaría que les echaran una mano?

     Palabras mágicas ¿Qué decían aquellos hombres fuertes, activos y que se ofrecían por una nada?

     La mujer del payés apretando contra su pecho el pequeño para protegerlo de las miradas de los tres desconocidos dijo: —Esposo mío, déjalos marchar, tengo un mal presagio ... ya haremos nosotros el trabajo, ya haremos lo que podamos.

     Estos insistieron: —Hagamos un trato ... ya que su esposa desconfía de nosotros, encárguenos tres trabajos. Si por la tarde no los hemos podido terminar, no nos dé nada y seguiremos nuestro camino. Pero si los acabamos, debe dejar que nos llevamos lo que queramos de esta masía.

     El payés pensaba en qué trabajos les haría hacer, pero su mujer le pedía que no lo hiciera, mientras los tres forasteros miraban con deleite el bebé.

     De pronto el payés les mandó:

     —Deben segar todos los campos, trillar y aventar el grano, recogerlo en el granero, la paja en el pajar y con esta cesta de mimbre retire el agua de este pozo para regar los campos.

      ¡Qué listo era el campesino! Era el trabajo de diez hombres con treinta jornales ¿Qué pensaban estos forasteros, que ganarían la apuesta? Sin embargo, poco después…

     —Bueno, este primer trabajo ya la hemos acabado, vamos por el segundo.

     ¡El payés no se lo podía creer ... Aquellos forasteros ya habían terminado el trabajo! El granero estaba lleno a rebosar, los pajares con sus palos altivo y en el pozo ni una gota de agua, lo habían dejado seco.

     —Esto es cosa del diablo —le decía su mujer—. ¡Ya te decía yo que no tratases con esta gente!

     —Pero si es cosa del diablo que tenemos que hacer? He aceptado la apuesta y ya no me puedo echar atrás.

     Entonces la mujer dijo a los tres desconocidos: —Tomad aquel cordero negro, matadlo y lavar su piel allá abajo en el encharcamiento del arroyo hasta que se vuelva blanca, ¡pero tened cuidado, que quede entera!

     En un santiamén los forasteros desaparecieron con la piel del cordero torrente abajo camino del embalse.

     —¿Qué haremos ahora, esposa mía? ¿Qué querrán de nosotros estos diablos? — decía el payés.

     —Nuestro hijo, quieren nuestro hijo, su pureza y su inocencia, es nuestro hijo el que se quieren llevar de esta casa. —respondió la esposa.

     De repente, una piel de cordero blanca como nunca lo habían visto y seis ojos ávidos, inyectados en sangre y unas voces oscuras y siniestros les decían:

     —El segundo trabajo ya está hecho. Venga el tercero que tenemos prisa por cobrarnos la prenda.

     El pobre payés se desesperó, pero su mujer les espetó: —Ya os tengo preparado el último trabajo. ¿Veis este bebé inocente que tengo en mis brazos? Pues si os queréis llevar algo de esta casa hacedlo mayor enseguida. Haced que aprenda la verdad de la vida ahora mismo. Haced que se convierta en adulto sin pasar por niño, y que sea capaz, como su padre sin haber aprendido nada de él.

     Los tres personajes en escuchar la mujer todavía se volvieron más diabólicos.

     —Esto no lo podemos hacer, es imposible hacerlo ...Mujer, nos has vencido

Entonces la mujer les dijo: —Pues si no sois capaces de hacer lo que la vida tiene que hacer, marchaos de esta casa, malditos.

     Y tal como lo dijo lo hicieron. Llenos de rencor y furor, chillando blasfemias como el ruido del trueno y la fuerza de la tormenta, los tres diablos se lanzaron de cabeza al pozo de la casa buscando el camino más recto hacia el infierno con tan mala suerte que con los cuernos toparon con el techo de piedras, este se hundió cayéndoles encima tapándoles el camino del infierno y sepultándolos al fondo del pozo.

     Dicen los viejos que conocen la historia del “Pozo de los Tres Diablos” que algunas noches de verano si alguna persona se acerca a la boca del pozo y escucha con atención, aun se oyen ruidos y tacos como si alguien intentara quitarse un peso de encima.

    

       Pues tal y como decía al principio de esta crónica, sumó la pasada excursión una nutrida participación con la concurrencia de, nada menos que 18 “diablos” del Velo” divididos en dos grupos, además del Perona que fue en solitario,  los que nos dimos cita en el restaurante “El Caliu” de la Bauma en donde disfrutamos de nuestra acostumbrada amena y siempre divertida tertulia, además de deleitar nuestro paladar con los excelentes bocatas que acostumbran a servir en el citado lugar, por el tan módico precio de seis euros.

     Estuvo uno de los grupos compuesto por, además del Cinto (me horroriza tener que escribir en primera persona), otros once diablos de “armas tomar”, que según la definición de la frase significa “personas que responden ante cualquier situación arriesgada de manera decidida y dispuesta”. Naturalmente, éramos como los doce apóstoles, todos dispuestos a hacer frente a las dificultades de la ruta con tal de alcanzar nuestro objetivo.

      Formaba parte de “la cuadrilla de los doce” un “diablo” llamado Álvaro al que hacía varias semanas que no veíamos, el resto eran, más o menos los de siempre, o sea, el Pastillas, Rafa, Blas, Sergi, Nico, Oscar, Seve, José Vicente, Miguel, el Fede (el de Loshuertos) y. como queda dicho, el Cinto. De este último dicen las malas lenguas que tiene un pacto con el diablo (será con alguno de los que están dentro del pozo de la fábula). En definitiva, un grupo de mucha guerra y poca paz.

       En lo que respecta al otro grupo, al que no calificaré de “segundo”, sino todo lo contrario, estuvo formado por el “quinteto de la muerte” compuesto por el Joaquín, Manel, Pescaíto, Marcial y el, combativo y aguerrido Camacho.

     En el grupo de mucha guerra y poca paz, hubo las consabidas y acostumbradas batallas -sprint en el Congost y sprint en la rotonda de Olesa- en las que el Pastillas dicta su ley (la del más fuerte) y los demás a aguantar como se pueda. Me borré del tercer tramo con la creencia de que habría en Monistrol un nuevo reagrupamiento, pero no fue así (ahora si que creo que me estoy haciendo viejo). Llegamos José Vicente y yo al cruce de Montserrat y lo único que nos estaba esperando era la dureza de los 5 kilómetros hasta el cruce de la pista que conduce a S. Cristófol y Marganell. Llegados al mencionado cruce, nos estaban esperando, esta vez sí, solo parte del grupo porque hubo varios (Nico, Oscar, Álvaro y Pastillas) que decidieron seguir hasta el Coll de Can Massana (algún día os contaré la historia de este lugar) y bajar por la carretera de Marganell, lo cual les supuso un rodeo de 16 kilómetros. Pero no fueron los únicos porque el grupo del “quinteto de la muerte”, valientes como ellos solos, tomaron también la misma opción.

      Finalmente, unos llegamos antes, otros un poco después, pero todos, con mucho júbilo y alborozo nos encontramos los 18 (el Perona incluido), en el restaurante, ávidos de saciar nuestro atroz apetito.

    Así transcurrió la primera parte de la excursión, mis queridos amigos y amigas; kilómetros, reagrupamientos, batallas, dureza y al fin; almuerzo y tertulia. Todo fantástico.

      La segunda parte de la excursión, aun sin ser excesivamente dura, encerraba la “pestosilla” ascensión a Vaquerisses, ascensión esta que siempre se presta a la batalla. Ya en las primeras estribaciones de la ascensión, se formó una grupeta compuesta por el Álvaro, Pastillas, Nico, Rafa y Cinto. Pero empezó a romperse cuando se llevaban cuatro kilómetros de ascensión. Cedió primero el Cinto y algo más adelante el Rafa. Por detrás apareció el Oscar que, providencial, arrastró al Cinto hasta la cima, llegando ambos a escasos metros del Rafa, mientras el Pastillas, intatrable, como viene siendo habitual, coronaba primero seguido del Álvaro y el Nico. Los restantes, no sabría decir en qué orden llegaron, pero lo hicieron a muy poca distancia de los de cabeza, concluyendo así una bonita batalla.

     Después del esfuerzo de la ascensión y del consabido reagrupamiento en la rotonda de Vaquerisses, afrontamos como si de un premio se tratara, el siempre agradecido y gratificante descenso hacia la rotonda de Olesa, con un nuevo reagrupamiento para cerciorarnos de que nadie hubiera sufrido algún percance en el descenso.

       Cuando se reinició la marcha, el Camacho (batallador y guerrero como siempre), fue el primero en atacar, pero con el fuerte ritmo impuesto por los “mandones” del pelotón que nunca están dispuestos a hacer concesiones, fue neutralizado 3 kilómetros después.

       Se mantuvo el fuerte ritmo hasta el puente de Martorell y, descartada la opción de ascender por “los Once”, dado lo avanzado de la mañana, una última y brutal arrancada hasta el Congost, fue la “puntilla” para aquellos que, entre kilómetros y batallas, llegaban “tocados” e incluso algunos “hundidos”. No digo más. 

    Y no digo más porque pongo punto final a mi crónica de esta semana con el deseo de que no os haya aburrido demasiado. No sé si habré estado más o menos inspirado, pero ya sabéis lo que dice el proverbio “Quien hace lo que puede no está obligado a hacer más”

       Y me despido con mi acostumbrado consejo. Repasad bien vuestras bicis y para cualquier problema no dudéis en acudir a la tienda taller de nuestro compañero y mecánico de confianza Rafa Marco de la calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet, donde los socios del Velos disfrutamos de un 10% de descuento en material y mano de obra.

     Por cierto, en la excursión de la próxima semana visitaremos Canyamars, un bonito núcleo de población perteneciente a Dosrius, en la comarca del Maresme. Prometo contaros la historia de Joan de Canyamars, creo que os gustará. Adjunto perfiles de la ruta, por si le interesa verlos a alguien.

     Hasta entonces un abrazo.

     Cinto (el viejo globero, al que le falta poco para “entregar la cuchara”).