9. may., 2019

Texto

      Un muchacho de 18 años deslumbrado por los relatos que su padre, licenciado de la marina le contaba, decidió alistarse como voluntario. El oficial que le atendió en la oficina de reclutamiento le preguntó por qué quería alistarse en la marina.

     —Mi padre sirvió en la marina —contestó orgulloso— y me ha inculcado que la marina “hace hombres”.

     El oficial miró los cincuenta kilos de su constitución física y repuso:

     —Bueno, pero no prometemos milagros.

     Así es la vida.

     Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que el pasado domingo estuvimos en el bonito núcleo de población Canyamars, y que el próximo día 12, algunos compis del Velo van a participar en la popular marcha Terra de Remences, os contaré la historia del “canyamerenc remensa” histórico, más conocido, Joan de Canyamars.

     Con el término remensa, del latín redimentia, se designaba en el Principado de Catalunya, en la Edad Media, el pago que en concepto de rescata habían de efectuar los payeses a su señor para abandonar la tierra.

     Posteriormente, por asimilación, el término se aplicó para denominar a los campesinos sujetos a esta condición. Así pues, lo payeses de remensa, o simplemente, “los remensas” eran cultivadores de tierra adscritos a ellas de modo forzoso y hereditario. Jurídicamente eran hombres libres, pero esta libertad estaba limitada por los vínculos al “predio” que cultivaban y a través de el, al señor feudal.

     Se considera que en siglo XV existía en Catalunya entre 15.000 y 20.000 hogares remensas lo que supondría unas 100.000 personas, es decir, la cuarta parte de la población del Principado de Catalunya, que se estima, que en aquel siglo alcanzaría los 400.000 habitantes. Sin embargo, según la documentación de la época las familias con la condición de remensas, se concentraba en área de la Catalunya Vieja («Catalunya Veyla, dellá Lobregat») que comprendía la diócesis de Barcelona de Girona y de Vic, mientras era prácticamente inexistente en la Catalunya Nueva al sur del río Llobregat. Dentro de la Catalunya Vieja la mayor concentración de población remensa se daba en las comarcas del Ampurdà, La Seva, Gironés, Plà del Estany y Osona, además de lo que en aquella época se denominaba La Montaña, que correspondía a la zona actual de las Gullerías y que también incluía  la Garrotxa y el Ripollés, siendo los remensas de estas zonas los que sufrían las condiciones más duras motivo por el cual fueron estas áreas el foco principal de las llamadas “guerras remensas”.

      Hasta aquí una síntesis de la historia de los “remensas” para que lo sepáis aquellos que el próximo domingo vais a participar en la marcha “Terra de Remenses”, pero ¿Qué pasó con Joan de Canyamars?

     Joan de Canyamars fue un payés remensa supuestamente perturbado mental, que en 1492 llevó a cabo un atentado contra el Rey Fernando II de Aragón (Fernando el Católico).

     Tras completar la conquista de Granada a mediados de 1492, los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, viajaron a Barcelona para negociar con los embajadores de Carlos VIII de Francia la devolución del Rosellón y la Cerdanya que, en el tratado de Bayona de 1462, habían sido cedidos por Juan II de Aragón a Luís XI de Francia a cambio de su apoyo en la guerra Civil Catalana.

     El viernes 7 de diciembre el rey Fernando salió por la puerta principal del palacio real mayor de Barcelona (actualmente la Plaza de Rey en el barrio gótico), donde había estado celebrando audiencia cuando al bajar por las escalinatas y disponerse a subir a su cabalgadura, Joan de Canyamars armado con un terciado de unos tres palmos de longitud, se acercó por la espalda y le asestó un golpe vertical de arriba abajo que le pasó junto a la sien y a la oreja izquierda y le cayó sobre la unión del cuello con el hombro causándole una herida de cuatro dedos de profundidad.

    El golpe fue amortiguado por el collar rígido del jubón y por una gruesa cadena de oro que el rey llevaba al cuello. La herida, aunque sangraba abundantemente, no pareció ser de gravedad en un primer momento. Los cirujanos hallaron rota la clavícula, limpiáronla del pelo que había entrado en ella y la cerraron con siete puntos de sutura (aun no se había inventado el cloroformo). Posteriormente, el día 14, el rey recayó con fiebre alta que hizo temer por su vida, restableciéndose completamente a finales de año.

     Joan de Canyamars fue apresado e interrogado bajo tormento con el fin de comprobar si había actuado solo o de alguna conspiración. Durante el suplicio confesó que había actuado por inspiración del Espíritu Santo, que veinte años antes le había revelado que el verdadero rey era el, diciendo después que le había incitado el demonio. Según su declaración cuando el rey hubiera muerto, el propio Joan de Canyamars, ocuparía el trono en su lugar.

     Convencido de su estado de demencia, el rey le perdonó, pero el Consejo Real le condenó a muerte por el delito de lesa majestad. El día 12 fue paseado en carro públicamente por las calles de Barcelona, finalmente fue atenaceado y entregado al populacho, que apedreó, descuartizó y quemó su cuerpo y esparció sus cenizas, aunque “ahogáronle primero por misericordia de la Reyna”

     «Le cortaron la mano derecha con quelo fizo e los pies conque vino a lo facer, e sacáronle los ojos con quelo vdo e el corazón con quelo pensó».

       Y esta es la historia, mis queridos amigos y amigas, del regicidio frustrado contra Fernando el Católico en el año 1492, perpetrado por el personaje histórico más conocido de los “canarenyecs” Joan de Canyamars.

     La siguiente historia que os cuento, algo más actual, tuvo lugar el pasado domingo día 5 de mayo.

     En cierto pueblo de la comarca del Baix Llobregat, existe un club ciclista denominado Velo club Excursionista, fundado allá en la década de los setenta del siglo pasado, cuya principal actividad es la organizar un campeonato de excursionismo en bici, por las distintas comarcas del entorno barcelonés. El citado club, lo componen, además de (no sé cuántos socios), un presidente, un tesorero, un secretario y un capitán de excursionismo (y un viejo al que llaman el Cinto, encargado de escribir las historias del club). El capitán de excursionismo al que se le conoce cariñosamente como el Seve, es el que se ocupa de la tarea de organizar y programar las excursiones que, un domingo tras otro desde febrero a noviembre, se vienen celebrando con la participación más o menos numerosa de muchos de los socios del club. La última de estas excursiones celebrada el pasado domingo día 6 de mayo, estuvo programada, como queda dicho anteriormente, a ese bonito núcleo de población llamado Canyamars, es la que me ha inspirado a investigar y escribir la historia que os he relatado, además de esta crónica.

     Fuimos 11 los participantes en la excursión, incluyendo quien esto escribe. Son las 7, 15 h a m. Nos encontramos en el punto de reunión el Pastillas, Rafa, Seve, José Vicente, Blas, Camacho, su amigo Carlos “Van de Velde”, Marc Sánchez, al que no veíamos desde hacía un año (compartió instituto con Elena, la segunda de mis hijas), Sergi y Cinto. Cruzamos Barcelona sin apenas saltarnos algún que otro semáforo (sic). En Badalona se une al grupo el Francisco, amigo del Blas.

      Llegamos a Mongat.  Superado el “último obstáculo semafórico”, por así decirlo. El Seve, toma la cabeza del grupo. 35 km hora en mi velocímetro. Ritmo moderado. E Marc releva al Seve y toma la cabeza; 38 km hora en mi velocímetro. Buen ritmo. El siguiente corre a cargo del Pastillas. Alerta, palabras mayores. 40km h, en mi velocímetro. No se afloja. Los relevos se van sucediendo sin solución de continuidad entre el Marc y el Pastillas y la velocidad del grupo oscila entre los 40 y 45 km h. en algún tramo. Adelantamos a varios grupos. Al rebasarlos algunos nos miran con cara de asombro. Quizás no se percataban que somo el Velo.

     Vilassar de mar. Grupo compacto. Giramos a la izquierda dirección Argentona. 20 kilómetros, hasta Canyamars con tendencia ascendente. Se forma en cabeza un grupo compuesto por el Rafa, el Blas, su amigo Francisco, el Marc y el Pastillas que a medida que el terreno se va endureciendo, pone “a gusto” a quienes le acompañan. Por detrás, el Sergi, muy activo y conduciendo este segundo grupo la mayor parte de los 20 kilómetros, el Seve, el José Vicente, el Camacho, su amigo Carlos “Van de Velde” y el Cinto reservón.

       Canyamars; el Rafa nos abandona. Compromisos familiares le reclaman. Sin el no soy nada. Se lo digo. Se ríen todos. Jajaja.

     Por fin, almuerzo en la terraza del restaurante Cal Víctor. El sol es tibio se está muy a gusto. Charlamos, hacemos fotos, reímos y nos ponemos “moraos” de cerveza, vino y bocatas. Satisfechos y contentos pagamos la cuenta y nos disponemos a emprender la ruta de regreso no sin antes dejar constancia de nuestra breve estada en Canyamars, con la típica foto de familia. Nos quedan por cubrir 65 kilómetros hasta, más o menos, el punto de partida, con dos duras ascensiones; el alto de Orrius, 6,5 kilómetros con una pendiente media del 4.83% y con algunas rampas al 8%, y el Forat del Vent, 7 kilómetros con una pendiente media del 3,85% y alguna rampa al 8%. Habrá que regular bien las fuerzas para que no nos sorprenda el “tío del mazo”.

      Descendemos en grupo hasta el cruce de Orrius. Comienza puerto. Poco a poco el grupo va perdiendo unidades. Cruzamos Orrius, faltan 2,5 kilómetros para la cima, son los más duros. El Pastillas y el Francisco en cabeza. El Cinto se pega a su rueda como una lapa. Sufre, pero aguanta. Coronan los tres juntos. Descenso plácido hasta La Roca y reagrupamiento. A pequeños intervalos van llegando el resto del grupo. Marc, Blas, Sergi, Seve, José Vicente, Camacho y “Van de Velde”

      Un nuevo tramo llano de 20 kilómetros hasta el cruce de Montcada, con buenos rodadores como el Marc, el Pastillas, el Sergi o el Francisco se presta a la batalla. Se produce. El velocímetro vuelve a marcar los 40 km hora. Volvemos a rebasar algunos grupos. Nadie osa acoplarse a nosotros excepto un espontáneo con un maillot del C. C. S. Andreu. Da relevos y mantiene el fuerte ritmo que empieza a perder algunas unidades.

     Cruce de Montcada. Reagrupamiento. El Marc y el Francisco se despiden del grupo y continúan hacia Sta. Coloma. También lo hace el espontáneo del maillot del C.C. San Andreu. Los demás paz y amor hasta Cerdanyola. Paramos en una fuente que conoce el Seve y llenamos los bidones. Comienza puerto. 2 kilómetros de ascensión. El pastillas se para ha hacer “pis”. El Cinto, reservón a la ida y peleón a la vuelta, toma la cabeza del grupo y se marcha solo. 4 kilómetros de ascensión el Pastillas alcanza al Cinto que  se pega a su rueda como una lapa. 2 kilómetros para la cima, el Pastillas sigue arrastrando al Cinto que sufre, pero aguanta rezando a la virgen del Perpetuo Socorro para que el Pastillas no “abra gas”. Alto del Forat del Vent. El pastillas y el Cinto (sus rezos han sido escuchados), llegan juntos. Tras ellos el Seve, después, a pequeños intervalos llegan el Blas, el Sergi, el José Vicente, el Camacho y su amigo “Van de Velde”. Fin de la batalla. Descenso plácido hacia la ronda de Dalt y dirección Pedralbes. A partir de ahí cada oveja con su pareja.

      Y para el domingo próximo día 12, nos espera una bonita excursión a Banyeres del Penedés. La ruta de ida discurre, en un principio, por la bellísima comarca de Garraf con su incomparable balcón al Mediterráneo, como lo es sin duda, los serpenteantes 12 kilómetros que partiendo de Les Botiques, nos dejan  en la entrada de la emblemática Sitges. Atravesaremos S. Pere de Ribes y 15 kilómetros después de abandonar Sitges, nos adentrarnos en el Baix Penedés por la, también serpenteante carretera BV-2115, que atraviesa el no menos bello paraje que enmarca el Pantano de Foix, hasta desembocar en L’Arbos, justo a 2 kilómetros de Banyeres del Penedés donde podremos reponer fuerzas en el restaurante El Jardí.

      En la ruta de regreso, después de dejar atrás Vilafranca, abandonaremos el Baix Penedés y entraremos en la comarca de l’Anoia por la carretera C-243ª. que nos llevará a S. Sadurní y Gelida donde los componentes del  grupo tendrán la opción de tomar por la durilla ascensión a la Creu d’Aragall, o dirigirse hacia Martorell y Molins de Rei. En definitiva una excursión que se presta a disfrutar tanto de grades batallas, como del bucólico paisaje que nos acompañará a lo largo de toda la ruta. Os espermos.

     Y nada más queridos amigos y amigas, solo recordar mi consejo de siempre. Repasad las bicis y si tenéis algún problema no dudéis en acudir a la teienda taller de nuestro compañero y mecánico de confianza, Rafa Marco donde podéis disfrutar de un 10% de descuento en materia y mano de obra.

    Un abrazo y hasta la próxima.

    Cinto (el viejo globero)