16. may., 2019

Texto

         Un sábado en que una pareja amigos míos fueron de compras a unos grandes almacenes, había tantísima gente que quedaron separados. Después de buscar inútilmente a su mujer, mi amigo se dirigió al mostrador para que dieran un aviso por los servicios de megafonía y dijo:

     —Necesito ayuda, acabo de perder a mi mujer…

     —Comprendo —repuso la empleada en tono eficiente—. Las prendas de luto están en la segunda planta a la izquierda.

     Así es la vida.

      Una vez más y van…imposible saber cuántas, discurrió la ruta de la pasada excursión por el bellísimo balcón al Mediterráneo que lo es sin duda, la sinuosa carretera que, desde el núcleo de población Les Botigues, transita por los abruptos acantilados del Garraf hasta alcanzar su punto más alto en el Pas de la Maladona y descender suavemente desembocando en la emblemática Sitges Subur.

     El Pas de la Maladona.  Estoy seguro que la mayoría de los seguidores de estas crónicas han oído hablar de la leyenda que encierra este bello paraje, pero ¿alguien la conoce con exactitud? Pues por si alguien no la conoce o simplemente  la conoce solo de oídas, aquí os la cuento con todo lujo de detalles.

      Por el camino antiguo de los valles del Garraf que llevaban a Barcelona, ​​a unos seis kilómetros de Sitges, rodeada del seco y abrupto paisaje garrafenc., había la masía de Campdàsens. Hace muchos años esta masía la habitaba una familia cuyo hijo mayor, a resultas de un encuentro con los bandoleros que infectaban la zona, había perdido la vista. Y es que durante siglos los más audaces proscritos de la justicia penedesenca habían utilizado las cuevas y grutas del macizo del Garraf para hacer estancia huyendo así de la justicia y de los agentes que, una vez emboscados en el intrincado sistema de estrangulados desfiladeros y laberínticos caminos del macizo de Garraf, no se atrevía a perseguirlos. A Rafael, nombre que llevaba el invidente, de resultas de la desgracia se le había agriado el carácter tal como se corta la leche cuando se le introduce algún ácido; la pérdida de la claridad en plena juventud le había comportado la correspondiente pérdida de autonomía personal, y allá donde fuese debía ayudarse de otra persona. Los padres, imaginando el futuro del joven así que se fuera haciendo mayor, previeron una posible solución para el ciego: ofrecían a la mujer que aceptara compartir de por vida la suerte de Rafael, una dote que consistiría en la tenencia de la casa, compartida en mitades iguales con su marido, con escrituras ante notario. Pero a pesar de la tentadora oferta pocas fueron las pretendientes, y eso a pesar de la promesa de la propiedad de una hacienda, porque Campdàsens era realmente un buen masada, con rebaños y buenos prados con viñedos para vendimiar. De entre las pocas pretendientes destacó una moza de Jafre (también Jafre encierra una terrible leyenda que algún día os scontaré), hija única de unos colonos de aquella aldea enterrada entre las colinas de la agreste Garraf, llamada Marina, que se convirtió en la mujer de Rafael. A Marina, que había pasado a ser la joven de la masía de Campdàsens, el cambio le cayó de maravilla, se ocupaba de la casa y por todo atendía solícita las necesidades del invidente.

     Pero pasaron los años, los padres del ciego pasaron a mejor vida, y Marina se quedó sola, con  su marido sin luz, en aquel caserón entre las montañas y lejos de toda compañía que no fuera el cabrero y algún caminante ocasional extraviado del camino de Barcelona. La mujer pudo darse cuenta de que de nada le servía ser la dueña de una casa si sólo contaba con la compañía de las cabras y de un marido ciego con el carácter agriado al que no le costaba nada reprocharle las condiciones por las que había accedido a la categoría de ama. A Marina, que antes había sido alegre y voluntariosa, contagiada de aquella atmósfera de soledad y desesperanza, también se le agrió el carácter. Los días pasaban y en el corazón de la mujer se acumulaba la desolación tal como se fraguaban las oscuras nubes sobre el mar que rompía contra los acantilados del Garraf.

 

     Llegó un 24 de agosto, día de San Bartolomé, patrón de Sitges, y la pareja, como cada año, se acicalaba para asistir a los actos de la Fiesta Mayor. El día antes Rafael había tenido un mal día, los recuerdos de juventud, de una juventud con luz en los ojos, la habían asaltado y le torturaron haciéndole presente su oscuro estado actual y el aún más oscuro futuro; toda su amargura la había convertido en rencor hacia el mundo entero, rencor que había vertido en Marina haciéndola culpable de sus males. Aquel día de San Bartolomé nació sin sol. Un inmenso grupo de nubes sobre el mar obscurecía el día y agrisaba las amenazadoras aguas, que hinchándose en fanfarronas olas de mar, reventaban en sublevada espuma contra los rompientes. Rafael, sin luz en los ojos, no podía advertir la escenografía, pero si que podía oler, y adivinar que la tormenta no tardaría en descargar su furia contra la tierra y los hombres. Sin embargo, fustigó a su mujer:

     —"El Día —dijo sarcástico—, está como nuestro ánimo, ¿no te parece, querida esposa?".

     La amargura de aquellas palabras, la rabia, y el resentimiento que rezumaban atenazaba en el corazón de Marina, que cada día del mundo tenía que convivir con la misma tortura que consumía a su marido. Una tortura sin posible remisión, por cuanto Rafael ya hacía años que había perdido todo consuelo, y sólo esperaba la hora en que podría liberarse de su suplicio y del mundo donde los hombres la habían condenado a permanecer.

     Emprendieron el camino de Sitges, bien abrigados, a pesar de ser agosto, para protegerse de la segura lluvia, que en estos meses solía convertirse en catastróficas riadas.

     El mas de Campdàsens estaba retirado del camino de las costas dentro del macizo. Así que, para llegar al camino que los llevaría a Sitges, que no era otra cosa que un sendero de mulas, había que bajar desde la masada hasta la punta de la Falconera, un abismo donde el mar bramaba la eterna canción contra la tierra firme. A medio camino, cerca del torrente que lleva el mismo nombre que la Falconera, se abrieron las nubes: el agua empezó a caer convertida en un diluvio, donde cada lágrima líquida era como un huevo de codorniz. De momento los árboles los protegían, pero cada una de esas enormes gotas se convertía en hielo: una terrible granizada los azotaba, sin embargo, Rafael, al que la tormenta parecía haberle dado vida, mandó proseguir y ordenó a la mujer que no se detuviera.

     La tormenta crecía, un rayo abrió la oscuridad y convirtió el barranco por donde transitaban en un gran tambor, ensordeciéndoles los oídos. Rafael siguió caminando, obsesionado, enloquecido: se había dejado de la mano de la mujer y se orientaba por el instinto. Andaba por donde escurría el agua del torrente, apuntalándose con las matas y los árboles. Marina le seguía como podía fraguando en su cerebro torturado maldades y venganzas contra aquel loco que de aquella manera pagaba su abnegación y sus servicios para acompañarlo de por vida en su ceguera.

     Por fin salieron del barranco, ante sí el mar acumulaba nubes negrísimas cargadas de rayos y preñadas de granizo. En un rapto de lucidez Marina pensó en los viñedos de hojas tiernas y frutos a medias; aquel año no recogerían ni un racimo. Sin percatarse de dónde le brotaba, añadía al despecho por la ingratitud del marido, la rabia contra la naturaleza, que con aquella demostración de brutalidad dejaría a los hombres sin cosecha. La cólera le invadió el alma. En ese preciso momento advirtió que el ciego bamboleándose, no acertaba la dirección ´correcta y se acercaba peligrosamente al abismo, al fondo del cual las  aguas del mar estrujaban el acantilado desde hacía milenios. Un rayo de malicia le entorpeció el pensamiento. Un solo gesto podría hacer continuar su calvario, o liberarse para siempre. Si hubiera sido otro día, si el amanecer se hubiera mostrado resplandeciente con la luz del sol ... el ciego quizás se habría salvado, pero no había sido así y Marina se decidió por la segunda opción.

      La justicia humana juzgó a  Marina, y fue condenada a morir descabezada. Dice la leyenda que su cuerpo, dentro de un saco junto con gatos negros, fue lanzado al mismo abismo donde fue a parar el marido, y su cabeza, dentro de una jaula, fue clavada en el acantilado donde anidaban los halcones. Muchos años después su calavera aún podría verse en el mismo lugar para escarmiento, dijeron, de futuros casos como aquel.

     Y eso es lo que cuenta la leyenda, mis queridos amigos y amigas, que como cualquier otra, seguro que encierra un algo de verdad y un mucho de fantasía.

      Pero ajenos a la leyenda de la Maladona, incansable, el Velo, continúa tejiendo la suya domingo tras domingo, y parte de ella lo fue, sin duda, la última excursión a Banyeres del Penedés, además de la participación de nuestros compañeros Rafa, Blas y Marc Sánchez en la clásica Terra de Remences, en la que nunca falta una representación de nuestro club.

       Hubo un cierto despiste a la hora de reunirnos a primera hora de la mañana. Por un lado el Pastillas, el Miquel y el José Vicente se encontraron en el Mercado de Collblanc, mientras el Sergi los esperaba en la rotonda de Bellvitge. El Seve y el Oscar se encontraron en S. Boi y el Cinto, desde Quatre Camins se reuniría con el grupo en la rotonda de las Filipinas. Pero algunos no calculamos bien. El Sergi no encontró a nadie en la rotonda de Bellvitge y cuando el Cinto llegó a la rotonda de las Filipinas, el Pastillas y el José Vicente hacía varios minutos que habían pasado, pero justo al llegar coincidió con el Sergi. Una llamada al Seve, nos aclaró cómo estaba la situación. Así que, sabiendo que el resto del grupo circulaba por delante, el Sergi, buen compañero y excelente rodador, y el Cinto cubrieron a buen ritmo los 25 kilómetros hasta la gasolinera de Sitges donde finalmente, nos reagrupamos, mientras que el Marcial y el Balbis, optaron por la ruta, del Ordal, algo más corta, pero no menos dura.

      Faltaban por cubrir 30 kilómetros hasta el siguiente reagrupamiento de l’Arbos, el grupo quedó compuesto por el Seve, Pastillas, Sergi, Manel, José Vicente, Miquel, Oscar (que salió con la cabra) y Cinto. Rodamos a buen ritmo con el Oscar y su cabra al mando del pelotón en aquellos tramos que le eran propicios, los primeros 14 kilómetros hasta tomar la carretera BV.215, que transita por la ribera del Pantano de Foix. A partir de ese punto, cada uno se fue acomodando al ritmo que más le convino y poco a poco, el grupo se fue disgregando. Quedaron el Pastillas, el Oscar y el Miquel en cabeza perseguidos por el Sergi a quien el José Vicente y el Cinto seguían a poca distancia, algo más atrás el Seve y el Manel. Y así se llegó al reagrupamiento en la rotonda de La Puntaire (en una de mis crónicas hice referencia a este pequeño monumento), a 2 kilómetros del restaurante el Jardín, donde además del Marcial y el Balbis, también nos esperaba el batallador Camacho.

      El patio de entrada al restaurante El jardín, es un lugar agradable donde en verano se debe de estar fresquito, pero el servicio de hizo esperar demasiado, a excepción de los compañeros llegados con anterioridad; el Balbis, el Marcial y el Camacho que cuando ya habían desayunado cuando llegó el resto del grupo. El caso es que fue tan larga la espera que el tiempo se nos echó encima y en la ruta de regreso se tuvo que descartar la opción de ascender por la Creu d’Aregall.

      Superado el inconveniente de la larga espera pudimos satisfacer nuestro apetito, aunque cabe decir que cuando nos sirvieron lo hicieron a todos al mismo tiempo. Acabado el ágape y tomadas las consabidas infusiones, nos aprestamos a posar para la foto de familia que en ausencia de nuestro compañero Rafa corrió a cargo del Seve.

       No sé si fue debido a la premura del tiempo, pero lo cierto es que el ritmo de la ruta de regreso fue trepidante y la paz y el amor brillaron por su ausencia. Ya en el tramo que va desde S. Jaume dels Domenys hasta Vilafranca, se rompió el grupo quedando en cabeza el Pastillas el Miquel el Oscar y el Cinto. Empalmó el Camacho a la altura de La Munia, pero poco después un repecho le pasó factura y volvió a perder contacto.

      Y esa fue la tónica que se siguió en el siguiente tramo después del reagrupamiento en Vilafranca hasta S. Sadurní. Y en el siguiente hasta Gelida y en el siguiente hasta Martorell; 50 kilómetros de batalla sin tregua ni cuartel y sálvese quien pueda. Y como prueba de ello son los 27,50 km. hora que señalaba mi velocímetro después de haber recorrido131 kilómetros.

     Pero el gran perjudicado fue el Manel que con el cambio averiado no pudo seguir el ritmo del grupo y llegó a casa como buenamente pudo.

      Y eso es todo lo que puedo explicar de la última excursión en la que hubo de todo, pero bueno si exceptuamos la larga espera en le restaurante y la avería de nuestro compañero Manel.

      La próxima excursión del día 18 es al restaurante Ca la Teresa, ubicado en la autovía C-58, 2 kilómetros después del cruce de Vacarises en dirección Terrassa. La ruta de ida pasa por Molins de Rei, Rubí, Terrassa, Coll de l’Obac, Els Caus, Vacarisses y Ca la Teresa. Total  60  kilómetros cuya mayor dificultad está en la ascensión al Coll de l’Obac, ascensión esta que, sin ser excesivamente dura, puede causar algún que otro estrago en los dos kilómetros finales. Sin olvidar los continuos repechos de  los casi 20 kilómetros desde Molins de Rei a Terrassa, en los que la batalla puede dejar tocado a más de uno.

     La de ruta regreso discurre por el Palomar, Viladecavalls, Terrassa, Los Cuatro, Castellbisbal, Molins de Rei y S. Just. Otros casi, 60 kilómetros de un continuo sube y baja hasta alcanzar el alto de Los Cuatro, que pueden causar estragos a quien no regule bien sus fuerzas.

     En fin, mis queridos amigos y amigas, una excursión que se presta a grandes batallas y en la que habrá que regular muy bien las fuerzas para no verse sorprendido `por “el tío del mazo”, o tal como se dice ahora; “no entrar en crisis”. En mis tiempo, o no hace tantos años, se decía pillar la pájara.

      Y esto es todo por hoy; debo de insistir en la conveniencia de repasar bien las bicis para no verse sorprendido por averías inoportunas como la que sufrió el amigo Manel o como la que sufrí yo mismo hace un año aproximadamente, cuando viniendo de Tarragona se me partió la cadena a 200 m. del pueblo del Ordal. O sea que si tenéis problemas no dudéis en acudir a la tienda taller de  nuestro mecánico d confianza y entrañable compañero, Rafa Marco, donde además de un servicio técnico de calidad, los socios del Velo disfrutamos de un 10% de descuento en material y mano de obra.

     Hasta la próxima, un abrazo del viejo globero.

     Cinto,