5. jun., 2019

Texto

     Nancy Astor fue la primera mujer que ocupó un escaño en la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico y se cuenta que en cierta ocasión dirigiéndose al que fuera primer ministro del reino unido durante la segunda guerra mundial, Winston Churchill, le dijo: “Si fuera usted mi marido, le pondría veneno”. A lo que el político respondió; “Si fuera usted mi mujer, lo tomaría”.

     Así es la vida.

     Y como esta semana ha estado de moda la “Tarragona Clasic”, vamos a hablar de la leyenda que se cuenta del fantasma de  la Casa de Casellarnau de la “Imperial Tarraco”.

     La historia del fantasma de la Casa Castellarnau es sobradamente conocida por el común de los tarraconenses. La leyenda más extendida narra como a inicios del siglo XX vivía en este inmueble, situado en la calle Caballeros número 14, una niña afectada por alguna enfermedad crónica, tal vez un caso de tuberculosis o epilepsia, que le obligaba a permanecer confinada en una habitación de la casa, aislada de la sociedad, solo visitada por médicos y atendida por su familia, los Castellarnau.

     Algunos vecinos del barrio pensaron que, debido a su débil estado de salud, aquella niña finalmente no había superado la niñez y, desde de su muerte, una aureola de misterio empañó el personaje y la misma casa, misterio que con los años fue creciendo. Las historias sobre la joven y la Casa Castellarnau comenzaron a ser tan variadas como rocambolescas: hay quien dice que se la sentía gritar de manera aterradora durante el día, que sólo le dejaban sacar las nalgas por la puerta cuando los facultativos iban a pincharla, que se paseaba desnuda por la casa en plena noche, que en algunos hogares de la Parte Alta advertían a los niños poco comedores con frases como "si no comes te llevaremos a ver a la niña de Castellarnau», que cuando la casa ya estaba deshabitada las luces se encendían y se apagaban sin explicación alguna, o que se sentía tocar el piano sin que nadie viviera en el inmueble, antes incluso que el conservatorio de música se ubicara dos fincas más arriba. El hecho es que la rumorología popular asoció los fenómenos esotéricos que según algunas versiones se producían en la casa, con la presencia del espíritu errante de aquella joven.

     De los relatos que circulan sobre la casa, tal vez el mejor documentado y cercano en el tiempo es el de la Dolores Comas, que fue testigo de unos hechos sucedidos entre los meses de enero y abril de 1979. Entonces, ella y una compañera de trabajo eran las bibliotecarias encargadas de la catalogación del legado Gramunt -colección bibliográfica que esta familia dio al Ayuntamiento- conservado en la Casa Castellarnau. Las dos funcionarias establecieron su puesto de trabajo en la actual sala de botiquín, la misma habitación que utilizaba la supuesta niña enferma. La Dolores explica sin rodeos que ella era y es «una persona sensible a todo lo que rodea la conciencia humana, que de joven había practicado con las cartas Zener [mazo de cartas utilizado para el estudio de la telepatía y la clarividencia], que había tenido alguna experiencia con la ouija e incluso tenía una abuela que era médium ».

      Un día, mientras su compañera hablaba por teléfono, la Dolores vio en la pared cinco rayas blancas bien marcadas, cuatro juntas y una separada, similar a la forma que deja una mano en arañar la pared. En ese momento pensó «qué pifia de los pintores!», Pero tras pocos instantes las rayas desaparecieron repentinamente. Lo que la trastornó, explicó el fenómeno a su superior y luego le pidió marchar de aquel lugar. Sin embargo, la jefa de la Dolores la convenció para que se quedara, pero desde entonces los fenómenos continuaron produciéndose, como por ejemplo envoltorios de papel de caramelo que volaban de una mesa a la otra estando las ventanas cerradas. También tenía la clara sensación de sentirse observada por alguien en muchos momentos del día, o escuchaba pasos haciendo chirriar el suelo, acercándose desde el pasillo hasta la sala donde estaba. Cuando sentía aquellas pasos ella marchaba de allí y le preguntaba a su compañera si también las escuchaba, pero esta no percibía nada y continuaba con sus tareas con total normalidad.

     A raíz de todos estos episodios contactó con una asociación de parapsicólogos de Barcelona, ​​concretó una primera entrevista y les explicó el caso vivido en la Casa Castellarnau con la condición de que guardaran total discreción, pacto que estos rompieron en presentarse en el inmueble sin previo aviso con el fin de grabar una sesión de psicofonías. Ella, sin embargo, no participó de esta experiencia por el respeto que le suponía visitar la casa después de las diez de la noche. Pero, a pesar de no estar presente durante la grabación, sí tuvo acceso a las conclusiones a las que habían llegado los investigadores. Parece que la frase más clara que se podía escuchar en las grabaciones sonoras era una voz de ultra tumba repitiendo insistentemente: «salir de aquí, salir de aquí...»

     Los parapsicólogos concluyeron que veían en la Dolores un origen de médium y que los fenómenos pasaban porque se alimentaban de su energía. De hecho, la opinión de la protagonista respecto a los hechos de Castellarnau es que, si como ella cree, hay vida después de la muerte, «es también posible que haya casas donde algunas conciencias pueden quedar atrapadas y tratar de aprovecharse de algunos seres vivos para manifestarse ».

     Son muchos los relatos que señalan la Casa Castellarnau como un lugar donde suceden fenómenos paranormales. En la década de los años noventa el tema del fantasma volvió a reavivar y sobre todo el afán por poner nombre y apellidos al joven espíritu. En un primer momento, la desinformación general sobre la historia de la familia Castellarnau sumada a la «cosecha propia» de algunos de los visitantes del inmueble, señalaban el retrato de Enriqueta de Castellarnau y Miró, cuadro colgado en la sala amarilla de la planta noble, obra de Torres Fusté, como la cara visible del supuesto fantasma. Esto es del todo imposible, ya que, aunque el citado cuadro corresponde a la misma Enriqueta durante la niñez, esta murió en edad adulta. De hecho, fue la última propietaria de la casa y quien la vendió al Ayuntamiento de Tarragona en 1954. Entonces Enriqueta tenía 51 años.

     Una vez descartada esta posibilidad la nueva candidata fue Carolina de Castellarnau y Espina, personaje que hoy todavía se identifica con el fantasma de la casa de la calle Caballeros. De hecho, recientemente algunos medios de comunicación se han interesado en seguir la vertiente más morbosa de la historia, dando continuidad a la leyenda pero desgraciadamente aportando una información sesgada en la mayoría de los casos. Por poner algunos de los ejemplos más significativos: el programa de televisión Cuarto Milenio envió una médium a visitar la casa en el año 2010; en un tono más humorístico una entrevista emitida desde el espacio radiofónico La segunda hora de RAC 1 el año 2014, o últimamente ya raíz de la aparición del álbum de cromos Tarraconenses ilustres el año 2015, una estampa en la que se ve la escalera gótica del inmueble y detrás la imagen del típico fantasma cubierto con una sábana.

     Y después de esta fantasmada (fantasmas los hay por todas partes y aparecen cuando menos lo esperas), ahora me toca enfrentarme al reto de narrar la crónica semanal. Y hablando de retos quiero felicitar a los 48 ciclistas, con féminas incluidas, de los tres grupos, Velos, Poble Sec y Tusinus,  participantes en la Tarragona Clasic, no solo por enfrentarse a los 180 kilómetros de la excursión, que no dejan de ser un reto, sino también por el estupendo ambiente que presidió la jornada en todo momento.

     Después del reagrupamiento del Ordal en donde se prodigaron los saludos y los apretones de manos, con lo que ya se intuía el gran ambiente que nos iba a deparar la jornada, hubo unos kilómetros de plácido descenso hasta que el Bombi, guerrero entre los guerreros, rompió las hostilidades con un fuerte demarraje. Fue un aviso de lo que iba a ser la batalla a partir de ese momento. Neutralizado varios kilómetros después, los demarrajes por parte “tusina” empezaron a sucederse sin solución de continuidad. Si el primero en atacar fue el Bombi, no tardó en hacerlo el Jordi (se dio la vuelta en el Vendrell). Luego lo intentó el Johan y más tarde el Jose (alias el zape). Pero también los amigos del Poble Sec, lo intentaron en varias ocasiones, pero dadas las bondades del terreno, resultaba harto difícil que cuajara una escapada individual. La última intentona se produjo en el repecho de Altafulla (no recuerdo quién atacó). El pelotón se estiró y llegó a romperse, el Rafa se puso a tirar en cabeza, pero no fue secundado por ninguno de los “gallitos” y los que venían por detrás no tardaron en empalmar.

    En definitiva se llegó en pelotón al sprint final, pero una caída del Bombi en la última rotonda, justo en los últimos 250 metros, descompuso el grupo. Los que presenciaron el percance avisaron desde atrás y la mitad del grupo paramos para socorrerle. La otra mitad ni se enteraron. Afortunadamente el percance no tuvo consecuencias y el Bombi salió ileso.

      El sprint lo ganó el Johan y el Rafa fue el primero del club seguido por el Marc Ortega y tercero el Pastillas que tuvo la gentileza de renunciar a su premio y concedérselo al Cinto como un pequeño homenaje por ser el “globero” de más edad (cumplirá 75 en agosto), con el añadido de haber llegado con el primer grupo. (Gracias Jose, todo un detalle que es de agradecer).

       Y después de la gran batalla, llegó el reposo del guerrero y la parte más interesante de la excursión (para algunos), o sea, la del almuerzo. Naturalmente se había gastado muchas energías y había que reponerlas. Para ello que menos que hacerlo con ese suculento plato combinado que, como cada año, nos sirven en el restaurante Jaime I, compuesto de dos rebanadas de pan tostado con tomate, una tortilla francesa, una butifarra y dos lonchas de beicon, además de las correspondientes bebidas e infusiones, todo ello por el módico precio de 5 míseros euros. ¿Hay quién de más?

      En el restaurante, aunque compartimos mesa, nos fuimos acomodando por grupos; Tusinus, Velos y Poble Sec, etc.  El nuestro, que estuvo compuesto por 12 guerreros, contó además con la presencia de las  dos gentiles damas; Clara, la esposa del Rafa y Asun la esposa de Balbis que vinieron en coche y compartieron mesa y almuerzo con todos nosotros. Todo un regalo.

      Para la ruta de regreso hubo división de opiniones en nuestro grupo. Algunos teníamos intención de regresar por N-340, o sea, por Vilafranca y el Ordal (el Cinto entre ellos, porque como es sabido, acostumbra a aparcar el coche en la estación de Quatre Camins). Otros proponían el regreso por la C-31, que atraviesa Calafell, Cunit, Cubelles, Vilanova; Sitges y Costas de Garraf. Finalmente, se valoró que la bonanza del tiempo invitaba a acudir a playa, por lo que la carretera de la costa estaría muy saturada de vehículos y se decidió regresar por la N-340 (Vilafranca y Ordal).

       Después de la foto de familia, recuperadas parte de nuestras fuerzas (nunca se llegan a recuperar del todo), se tomó la foto de familia y se arrancó con renovadas ganas de batalla. Tras unos kilómetros de calentamiento, empezaron los demarrajes, algunos de ellos provocados por algún intruso que no había participado en la ruta de ida y por lo tanto tampoco en las batallas que se produjeron. Esto provocó que el grupo se fuera animando y que se desatara una nueva batalla que puso en fila al pelotón. Con los compañeros del Poble Sec y los Tusinus en cabeza, se rodaba rozando los 40 km h. esto provocó que se cortaran algunos Velos (el Seve  y el José Vicente. Perdí la pista del Blas, el Camacho y el Marcial, pero supongo que regresaron por la C-31). Llegados a la altura de El Vendrell nuestro grupo, compuesto por el Marc Sánchez, Marc Ortega, Miquel, Oscar, Pastillas, Rafa y Cinto, a quienes se añadió el “Nuber One”, continuamos por la N-340.

     Pareció que al separarnos del grueso del pelotón, nuestro ritmo sería más tranquilo y por lo tanto iríamos más cómodos. Pero no. El pastillas continúa intratable, el Marc Ortega le va a la zaga y el Oscar, con la cabra, casi nos sacaba de punto cuando se ponía a tirar en cabeza.

     Y así fueron pasando los 35 kilómetros que nos separaban de la fuente existente en la pequeña localidad de El Pago, preludio de los repechos del Ordal. Alí paramos los siete magníficos más el “Nuber One” para refrescarnos y llenar nuestro vacíos y depauperados bidones (el Rafa prestó al Cinto uno de los dos que llevaba porque el suyo lo perdió en la batalla de la ida sin enterarse).

     Ya solo faltaba por cubrir los seis kilómetros de los repechos del Ordal, que, con las fuerzas bastantes mermadas, se cubrieron con paz y amor, aunque el Marc Sánchez y el Oscar, aún tuvieron un último escarceo en la cima.

     Lo que el grupo ignoraba era que el Seve y el José Vicente, no venían demasiado lejos, de haberlo sabido les hubiéramos esperado. Mil disculpas a los dos.

      Y con el plácido y siempre agradable descenso hacia Molins de Rei, finalizó una estupenda y fantástica Tarragona Clasic (Una última anécdota; el Rafa batió su récord de velocidad consiguiendo en el tramo del Lledoner, una velocidad máxima de más de 82 km h.).

      Se despidió del grupo el autor de esta crónica, en Quatre Camins, feliz y contento por la gran jornada vivida. Su velocímetro marcaba 154 km recorridos (desde Quatre Camins  ida y vuelta), a una velocidad media de 32,5 km. hora. Veo que con la edad nos vamos superando.

       Y hasta aquí mi crónica de esta semana. Reconozco que no he estado demasiado original, pero tener en cuenta que cada vez me cuesta más inspirarme para  no repetirme. En lo que sí me repito es en la recomendación de cada semana en lo que concierne a vuestras bicis. Repasarlas bien para no tener sorpresas desagradables y cualquier problema no dudéis en llevársela a nuestro compañero y mecánico de Confianza; Rafa Marco quien os la reparará con la máxima profesionalidad y garantía.

    Y termino con los mejores deseos de que nuestro compañero y amigo, el inefable Manolo Cánovas, se restablezca pronto de sus dolencia, así como también el Manel. Un fuerte abrazo para ambos.

     Hasta la próxima, un abrazo

     Cinto (el viejo globero).