13. jun., 2019

Texto

     Imagino que cualquiera que haya estudiado el bachillerato recordará que la asignatura de literatura incluía la generación del 98, en la que entre otros figuraban el dramaturgo, poeta y novelista Ramón María del Valle—Inclán y Jacinto Benavente, premio Novel de literatura en 1922, de los que se cuenta que entre ellos existía tal mala elación que cuando se veía saltaban chispas y no dudaban en tratar de ofenderse mutuamente, a veces con clase de ingenio, otras a base de soeces insultos.

     Resulta que en cierta ocasión, según cuentan las malas lenguas, a Jacinto Benavente le salió el tiro por la culata. Ocurrió a las puertas del teatro en las que ambos coincidieron al ir a salir a la vez. Benavente se echó hacia adelante con fuerza y, pese a ser el mismo homosexual de manera reconocida, quiso ofender a su rival y le espetó: “lo siento, yo no cedo el paso a maricones”. Valle— Inclán se quedó inmóvil y respondió: “Yo sí”.

     Así es la vida.

     El 9 de junio del año 2019, día en que el Veloclubexcursionista, cumplió con la  excursión programada a Monistrol de Calders, es el centésimo sexagésimo (160) día del calendario gregoriano (denominado así por ser el papa Gregorio XIII, su promotor), coincide con el nacimiento en el año 1945 del que fuera gran  campeón ciclista español, Luis Ocaña, trágicamente fallecido el 19 de mayo de 1994.

     Luís Ocaña fue conocido entre los franceses como “el español  de Mont —de—Marsan”, en alusión a la localidad en la que residía al norte de los Pirineos. Debutó como profesional en 1968. En 1969 fue segundo en la vuelta a España tras Roger Pingeón que le dio “plaka plaka” en la 12ª etapa, S. Feliu de Guixols, Moyá, en la que Ocaña fue escapado un porrón de kilómetros y pilló tal pájara (ahora Carlos de Andrés diría que “entró en crisis”), que cuando Roger Pingeón, que ganó la etapa, lo alcanzó ya no fue capaz ni de ponerse a su rueda. Un año después ganó la Vuelta y consiguió ser segundo en 1973, detrás de Eddy Mercks y en 1972, detrás de catalán, José Pesarrodona. En 1971, fue tercero-

     Ocaña fue un profesional perseguido por la mala suerte. Sufrió infinidad de caídas y enfermedades, hasta el extremo que en España se le llamaba el ciclista “de la triste figura”. Pero fue uno de los pocos capaz  de batir al mismísimo Eddy Mercks en más de una ocasión. Sin embargo el sumun de su mala suerte ocurrió en la 14ª etapa del Tour de Francia de 1971, cuando siendo líder con una ventaja de más de siete minutos,  sobre Eddy Mercks, segundo de la general, sufrió una caída bajando el Coll De Menté que le obligó a abandonar. En 1973, ganó el Tour, se impuso en seis etapas y fue líder desde la séptima hasta París. En su palmarés figuran más de 50 victorias y fue campeón de España en los años 1968 y 1972,

     Una vez retirado se dedicó a la viticultura viviendo en el sur de Francia con su esposa Josiane. Pero la mala suerte le siguió persiguiendo hasta el final de sus días. En 1979 sufrió un accidente de coche que casi le cuesta la vida. En la década de los 80 participó activamente en la vida política siendo simpatizante del partido político francés de extrema derecha Frente Nacional de Jean Marie Le Pen. Finalmente el 19 de mayo de 1994 decidió acabar con su vida debido a una fuerte depresión ocasionada por problemas económicos y por la enfermedad que sufría; hepatitis C y se suicidó, suicidio que suscitó fuertes controversias en parte de la familia que denunció la posibilidad de un asesinato. Tenía 48 años.

     El 27 de mayo de 2008 recibió a título póstumo la Medalla de Oro de la Real Orden al Mérito Deportivo, en un acto presidido por la ministra de Educación y Política Social, Mercedes Cabrera y el Secretario de Estado para el Deporte, Jaime  Lissavetzky (se la podían haber otorgado en vida porque como dice el sabio proverbio; “a burro muerto cebada al rabo” y como dice la canción “quiero que me den mis flores, señores, antes de mi funeral”).

    Y ahora viene el problema; enfrentarse otra vez al teclado para narrar la crónica de la excursión. Claro que después del largo preámbulo hablando de mi tocayo Jacinto Benavente,  Valle— Inclán y Luís Ocaña, podría concluir diciendo: “La excursión no estuvo mal, fuimos ocho o nueve y lo pasamos estupendamente”, y punto pelota. Pero quedaría muy pobre y, seguramente, más de uno me criticaría, cosa que no me importaría lo más mínimo, más que nada porque ya estoy acostumbrado a que me chillen los oídos. Pero no es el caso, porque como mi amigo Benjamín Frankli, ese que inventó el pararrayos, me dijo al oído; “ O escribes algo que merezca la pena leer, o haces algo que merezca la pena escribir”. Así que tendré que hacer un supremo esfuerzo y narrar a mi manera, lo que fue la excursión a Monistrol de Calders.

     La ruta programada para la excursión, además de que me encanta por la belleza del entorno del macizo de S. Llorenç del Munt por donde discurre, siempre me trae gratos recuerdos de juventud. Ya expliqué en una de mis crónicas el pajarón que pillé cuando recién casado y sin haber dormido la noche anterior,  tuve la osadía (tenía 24 años, ¡Dios mío cuánto hace de eso!), de salir con la colla, que a la sazón se autodenominaba “Agrupación Pajareros Las Gavias”  y “pegármelas” (es un decir) con los gallitos de entonces. Así que, motivado y con la ilusión de un juvenil, salí de mi casa de Corbera.sobre 6,55 h. de la mañana. Cargué la bici en el coche y bajé hacia Molins de Rei. Mientras aparcaba el coche frente al Mercadona, vi pasar el Monsó. Luego, una vez cumplido el ritual de calzarme las zapatillas, embadurnarme la cara y los brazos con filtro solar de protección 50, ponerme la chichonera, las gafas, los guantes y mirar mi aspecto en el reflejo de la ventanilla, y comprobar lo guapo que estaba, descargué la bici, hice un reset, en el cuentakilómetros, puse en marcha el pulsómetro y arranqué, “piano, piano”, en dirección Terrassa.

     El grupo me alcanzó poco antes de Rubí. En el venía el Pastillas, Rafa, Sergi, Seve, Álvaro, Miquel y Marc Sánchez. No muchos, pero en nuestro club, salga quien salga, todos son, sin excepción, de superior calidad. El ritmo era bastante tranquilo, pero a la salida de Rubí, con el Álvaro en cabeza, se fue incrementando poco a poco y cuando giramos hacia la derecha por la avenida del Vallés, habíamos perdido al Seve y al Sergi a los que recuperamos reagrupándonos en la gasolinera que hay en las estribaciones de la carretera BV-1221, donde da comienzo el Coll d’Estanalles.

      Los 4 o 5 primeros kilómetros de ascensión fueron tranquilos, pero la subida era larga (14, 800 km) y más pronto o más tarde, el Pastillas y el Álvaro abrirían gas y el ritmo se incrementaría. Así fue; abrieron gas los susodichos, intentó seguirles el Miquel, pero no les aguantó mucho.  Le atrapamos el Rafa, el Marc Sánchez y yo, pero se volvió a marchar a rueda de uno que nos adelantó poco después. Le volvimos a atrapar y se unió al trío que se convirtió  en cuarteto.

    Y así fuimos progresando los cuatro, alcanzamos al Monsó y adelantamos a algunos grupitos que subían con más pena que gloria, hasta que a falta de, 1,5 kilómetros para la cima, aprovechando un falso llano bajé alguna corona, tomé la cabeza del cuarteto y tiré fuerte con la “sana intención” eso sí, de ser el primero de los cuatro en alcanzar la cima. Pero no. A falta de unos 200 metros aproximadamente, implacable el Rafa, arrancó y me dejó clavado como una alcayata. ¡Qué le vamos a hacer! Resignación Cinto, no te queda otra.

     Reagrupados en la cima, donde el Álvaro se dio la vuelta, y después de tomar algunas fotos, sin prisa, pero sin pausa bajamos hacia Monistrol en busca de la recompensa del bocadillo. Siete kilómetros de sinuoso y relajante descenso por un bellísimo paraje, hasta el cruce del desvío que conduce hasta la carretera B—124. Este desvío es un antiguo camino rural, ahora asfaltado, al que en lenguaje coloquial se le conoce como  “la UVE”, y comprende un tramo de descenso de 1.5 km. y  un repecho también de 1,5 km con una media de un 8% de desnivel y un par de tramos al 12% que ascendimos cada uno a nuestro aire. Una vez salvado este pequeño escollo solo restaban 4 km de descenso hasta Monistrol de Calders y fin del primer acto.

     El segundo acto de nuestras excursiones, o la segunda parte, según se le quiera llamar, de comienzo con nuestra llegada al restaurante de turno y siempre constituyen una especie de festival. Aparcar las bicis, acomodarnos en las mesas, la demanda de las bebidas y de los bocadillos, los comentarios sobre la ruta, las batallas habidas, chistes más o menos malos, la espera a ser servidos, los cafés, las infusiones… todo ello acompañado por la euforia que nos proporciona la serotonina segregada a través el ejercicio realizado, constituye una especie de festival del que disfrutamos lo indecible, (algún día me explayaré sobre  los grandes beneficios que el ciclismo aporta a nuestro sistema neurotransmisor).   Por cierto que el Rafa y yo hace ya tiempo que tomamos la costumbre de pedir distintos bocadillos y compartirlos, de esta manera el primero en ser servido, cede al otro la mitad que este devuelve con la mitad del suyo cuando le sirven a el. Esta práctica tiene la ventaja de  hacer la espera menos larga, además de más variado  nuestro almuerzo. Últimamente he podido observar que algunos ya nos copian.  

     En fin queridos amigos y amigas, el colofón de todo este festivalazo, lo pone siempre la foto de familia que tomamos en cada una de nuestras excursiones, antes de iniciar la ruta de regreso (el tercer acto), que en esta ocasión constaba de casi 70 kilómetros y discurría por S. Llorenç de Savall, Castellar, Sabadell, S. Quirze, Rubí y Molins de Rei, con las únicas dificultades (si es que la ruta no es ya de por sí toda una dificultad), del repecho de 4km, bastante distendido que se encuentra nada más salir de Monistrol de Calders y el de S Quirze del Vallés, de 3.5 km. que nos deja ya en Rubí.

     Empecé a subir a mi ritmo, o sea “piano piano” el mencionado repecho de 4km, para ir calentando y al llegar al final del mismo, paré cuenta que a mi rueda venían el Rafa y el Marc Sánchez. Un trío al que el  Pastillas, que se había quedado en  la fuente de Monistrol llenando el bidón. No tardaría en dar alcance supuse. Pero no fue así. Faltaban por cubrir 20 kilómetros de carretera sinuosa, con muchas curvas cerradas y con tendencia a bajar, hasta llegar al reagrupamiento de Castellar. Justo un terreno en el que el Rafa se encuentra como pez en el agua, además de que le veo fortísimo.  Así que tomando el  mando del trío “matamoros”, impuso su ley que no fue otra más que llevarnos al Marc y a mí con el “gancho puesto” hasta Castellar, sin que ni tan siquiera pudiéramos darle un solo relevo. Vale explicar que durante este tramo fuimos adelantando varios grupos de manera que parecía que les pasábamos, como suele decirse, “arrancándoles las pegatinas”.

     Después del reagrupamiento hubo paz y amor hasta las estribaciones de la cota de 3.5 km. (Can Viver), que da comienzo a la salida de S. Quirze. En dicha cota fue el Pastllas quien en cabeza del grupo fue acelerando lenta, pero inexorablemente y provocó que solo le aguantáramos la rueda el Rafa y yo, con el Seve a muy poca distancia.

      Hubo un nuevo reagrupamiento, esta vez espontáneo, en Rubí, para cubrir en grupo (es un decir), los pocos kilómetros que restaban hasta Molins de Rei. Las diferencias no habían muchas y pronto aparecieron el Seve, el Marc, el Miquel, el Sergi y el Monsó. Reemprendimos de nuevo la marcha, pero con el pastillas comandando el pequeño pelotón, era prácticamente imposible que este se mantuviera compacto. Así que volvió el grupo a descomponerse en el último arreón hasta Molins, pero en el sprint final claudicó ante el Rafa. Yo le pasé en los metros finales, pero ignoro si fue porque se quedó clavado o se dejó ir. Imagino que fue por esto último.

      Y aquí acabó, para mí, la excursión. Me despedí del grupo, cargué la bici en el coche y me dirigí a casa pensando en lo mucho que había disfrutado. Cuando llegué me preguntó Gloria si lo había pasado bien. Siempre lo hace, sé que se siente feliz de verme a mí feliz y contento a mi regreso de las excursiones. Mi respuesta es siempre la misma; “Mucho cariño, he disfrutado mucho”.

     Y esto es todo por hoy mis queridos amigos y amigas, lo que puedo contar de la excursión a Monistrol de Calders. Una más como cualquier otra, dirían algunos, pero no. Para mí cada una de nuestras excursiones tiene una encanto distinto y, aunque sean parecidas, unas por unos motivos, otras por otros, todas son diferentes. Y la próxima a Guardiola de Font-rubí, no será una excepción, sin duda. Si bellos son los parajes que enmarcan S. Llorenç del Munt, visitado el pasado domingo, no menos bellos son los que enmarcan  las comarcas del Alt Penedés y el Anoia que visitaremos en la del próximo y donde tendremos la ocasión de admirar la riqueza de ambas comarcas, con sus innumerables viñedos cargados ya, en esta estación del años, de rebosantes racimos que. convertidos en vino o cava, a su debido tiempo, tendremos ocasión de regalar nuestros paladares.

   Así pues solo me resta despedirme con m i consejo de cada semana. Repasad bien vuestras bicis y para cualquier problema acudir a al tienda taller de  nuestro amigo, compañero y mecánico de confianza, Rafa Marco, en la calle Renclusa, 50 de l’hospitalet. Recordar que nuestro compañero nos ofrece un 10% de descuento en material y mano de obra.

    Hasta la próxima, un abrazo.

    Cinto (el viejo globero)