LAS CRÓNICAS DEL CINTO (el viejo globero)

30. may., 2019
30. may., 2019

     Era la década del 90, no recuerdo si el 93 o el 94, en una de las rutas del Opio, de las que organizaban nuestros compañeros de fatigas los “Tusinus”,  una de las primeras en las que se paraba a comer en el Delta del Ebro.

     Concluida la gran batalla que se organizaba en los últimos 22 kilómetros llanos como la palma de la mano, legamos demasiado pronto al restaurante donde teníamos la reserva, por lo que algunos decidimos darnos un paseo hasta la desembocadura del Ebro para disfrutar del maravilloso y bello espectáculo que la madre naturaleza allí nos ofrece.

      Después de deambular durante un buen rato por el lugar, a nuestro regreso pasamos por delante de un restaurante en cuya entrada había un joven que dirigiéndose a nosotros dijo:

     —Ciclistas, si estáis buscando sitio para comer aquí por XXX, pesetas (no recuerdo la cantidad) comeréis como señores—. A lo que el inolvidable y carismático Mingo, respondió:

     —Oye chaval, los ciclista siempre comemos como señores aunque sea pan con chocolate, porque SOMOS señores.

     Así es la vida.

    Atravesábamos Capellades el pasado domingo después de llenar nuestros bidones en la fuente de la “Creu de Terme”, cuando me llamó la atención una pancarta que anunciaba la “Festes de la capvuitada de Corpus”. Intrigado por lo de la “capvuitada”, decidí que investigaría de qué se trataba las mencionadas fiestas y he aquí lo que he encontrado:

     Para la octava (prolongación durante ocho días de la fiesta de la Pascua de Pentecostés),  de Corpus, Capellades celebra sus fiestas más antiguas populares y especiales, de las que se tiene constancia desde el siglo XVIII. Con algunas modificaciones a lo largo de los años, las Fiestas de la Calle mantienen su esencia, y una gran acelga, las cestas de roscones, el Ball Pla y la presencia constante de la imaginería local son algunos de los elementos característicos de esta celebración .

    Los actos, que son el Pasacalle, la Bendición, el Reparto de Roscones y el “Treure Ball”, se llevan a cabo de forma repetida en cada uno de los cinco barrios históricos de la ciudad, los cuales tienen un día asignado. Así pues, todo empieza con el Pregón del viernes después de Corpus, el sábado la fiesta tiene lugar en el Barrio de las Acelgas, lunes del Burro, martes es el turno del Gigante y todos los actos son presididos por la pareja de Gigantes centenarios de la ciudad, Sebastián y la Dorotea. El miércoles el barrio del Ninot es el protagonista y salen los Cabezudos de Capellades; 5 parejas que simbolizan los orígenes, el trabajo, las fiestas y el futuro de la gente de Capellades. Para terminar, el barrio de Las Plazas cierra la fiesta el jueves.

     Por la mañana, los niños se organizan en parejas y van a llevar el cesto con el dulce típico de las fiestas, el Roscón de Barrio. El acto comienza en el barrio protagonista y los niños, acompañados de la Banda que interpreta la música típica de las Fiestas de la Calle, van en pasacalle hasta la Iglesia de Santa María, donde el cura bendecirá los Roscones. Al terminar, la Comisión de Fiestas de la Calle (acompañada de personas voluntarias) repartirá un roscón consagrado para cada casa del Barrio. La música de las Fiestas proviene de un compositor vasco que la tocó por primera vez en 1932

     Por la tarde tiene lugar el típico “Treure Ball”. Las parejas del barrio protagonista: adultos, jóvenes y también muchachos se encuentran en la plaza mayor de cada barrio. Es tradición que todos vayan bien mudados y que los bailadores obsequien a las bailadoras con una flor. Los niños dan un ramillete a las niñas y los hombres una rosa a las mujeres. Una vez en la plaza, interpretan el típico “Ball Pla” de Capellades, la danza más característica de la Villa. El origen musical de este tema se desconoce y la coreografía se renovó a principios del siglo XX. Es un baile de galanteo con las alternancias del cortejo amoroso, y los pasos se basan en una quieta continencia del cuerpo y, sin saltar, un movimiento deslizado, suave y acompasado de los pies. Al terminar, las parejas van en pasacalle acompañados de la Banda, que toca la música típica de las Fiestas. El recorrido termina siempre en la Piscina Azul, donde vuelven a bailar el “Ball Pla”. Entonces, la fiesta sigue con las actuaciones de la Banda contratada.

     Antes, la fiesta era responsabilidad de los administradores y había una gran rivalidad entre los barrios para organizar la celebración más lucida. A día de hoy, una Comisión se encarga de las Fiestas en su totalidad, pero cada uno de los barrios aún conserva elementos característicos. El de las Acelgas es presidido por manojos de acelgas grandes y espigadas que cuelgan de la Calle Mayor. El barrio del Burro, por su parte, es presidido por un gran burro de cartón. Además, el barrio del Gigante cuenta con la Pareja de Gigantes y el barrio del Ninot es presidido por los Cabezudos.

     No se puede determinar con exactitud la fecha de instauración de estas fiestas, solo por suposiciones se cree que empezaron entre el 1780 y 1785. Desde entonces se han celebrado ininterrumpidamente excepto los años 1937 y 1938, como consecuencia de la guerra civil. El fundamento de estas fiestas era rendir culto al Santísimo Sacramento con oficios solemnes. Qué lo sepáis.

 

       En lo que respecta a la excursión os diré que en ningún momento, tuvo desperdicio alguno. Esta semana, por el tema de las votaciones, me tocó salir desde la plaza, donde nos juntamos el Marc Sánchez, Dani Cánovas (su padre progresa adecuadamente cosa que nos alegra a todos), Pastillas, Sergi, Balbis, el Maño, que desapareció después del reagrupamiento de la rotonda de Piera, y el Cinto, a los que se nos unieron el Rafa, el Marc Ortega y el Seve a nuestro paso por S. Justo, el Oscar en Molins de Rei y el Fede no recuerdo dónde.

     Venía avisando el Dani de que nos iba a “sacar los ojos” en su terreno. Dicho y hecho; ya por “El Plà” nos dejó una muestra de cómo nos iba a poner de guapos cuando llegáramos a la carretera de “la Ferralla”. Sin embargo no fue el único que, en cabeza del grupo, tiraba como si le fuera la vida en ello. También el Marc Sánchez, tan buen rodador como el Dani, contribuyó a poner el grupo en fila y bien estiradito. Así que, con el grupo bastante estirado llegamos al Congost donde el Marc Ortega le dio “plaka, plaka” al Pastillas en el típico sprint (después lo pagaría caro).

       Continuamos hacia Piera con el ánimo dispuesto en la batalla que nos iba a deparar los 16 kilómetros hasta el siguiente reagrupamiento en la Rotonda de acceso a Hostalets, a escasos 500m. de Piera. Un terreno que por ser de continua ascensión es más propicio para escaladores como el Marc Ortega y el Pastillas.

      Se rodó en grupo más o menos compacto hasta el repecho de la Beguda donde el Pastillas abrió gas y se marchó con el Marc Ortega a su rueda. Perfecto se marchaban los dos gallitos y el resto del grupo compuesto por el Rafa, el Oscar, el Cinto, el Fede y el Marc Sánchez, continuaríamos a buen ritmo sin sobresaltos ni ataques inoportunos. Algo más atrás venían el Maño, el Dani, el Sergi, el Balbis (con una evidente falta de entreno) y el Seve, a quien este año veo algo flojito.

     Sin embargo la cosa no resultó así. Poco después del ataque del Pastillas y el Marc Ortega, apareció, viniendo de cara, Dios sabe de dónde, el Nico que, dando media vuelta, se unió al grupo para ponerse en cabeza a “tirar” en persecución de los dos fugados. Como era de esperar lo que momentos antes prometía ser un ritmo más o menos cómodo, se convirtió en una batalla que parecía ser “la madre de todas las batallas”.

     La distancia entre los fugados y el grupo encabezado por el Nico, se fue reduciendo poco a poco y, finalmente, con un fuerte relevo del Rafa, siempre generoso en el esfuerzo, fueron cazados.

     Sin embargo, cómo nunca se sabe lo que es mejor y lo que es peor, en esta ocasión alcanzar a los escapados contribuyó a avivar la batalla. Volvió a demarrar el Pastillas, volvió a coger la rueda el Marc Ortega, para ceder poco  después. Volvió a ponerse el Nico a tirar en cabeza del grupo que se partió en dos. El Marc fue alcanzado y se formó un primer grupo persiguiendo al Pastillas, formado por el Nico, el Marc Ortega, el Cinto y el Oscar. Un fuerte relevo del Oscar, hizo desistir al Cinto que se soltó optando por relajarse y cubrir al “tran, tran” los escaso dos kilómetros que faltaban para el reagrupamiento. Y así terminó “la madre de todas las batallas”. Primero el Pastillas, después el trío compuesto por el Nico, el Oscar y el Marc Ortega y después el grupo encabezado por el Rafa que dio alcance al Cinto justo a la entrada de la rotonda, en el que estaban el Marc Sánchez, el Fede y…no recuerdo si alguien más.

     Se habían cubierto casi 45 kilómetros, las piernas empezaban a estar “blanditas” o  cada vez más duras, según se mire, y faltaban por cubrir otros 30 kilómetros con la ascensión final al Coll del Bruc, Quizás fue esa la razón por la que, a partir de Piera el ritmo fue bastante moderado o talvez fue el pensamiento puesto en la citada ascensión lo que contribuyó a que los “primeros espadas” pastillas, Nico y Marc Ortega, se contuvieran de atacar.  Así se llegó al siguiente reagrupamiento de Capellades donde nos refrescamos y repusimos el agua de nuestros bidones en la  típica fuente de la “Creu de Terme”. Pero si los últimos 20 kilómetros que faltaban por cubrir habían generado expectativas de nueva batalla, esta se vio desvirtuada por un despiste que, en una de las rotondas, sufrió el Dani que se fue en dirección a Igualada. Se quedaron a esperarlo el Nico, el Pastillas y el Seve, mientras que el resto decidimos continuar para ganar tiempo. Finalmente, ya en la ascensión al Bruc, se marcharon el Oscar y el Marc Ortega por delante, seguidos por el Rafa, el Cinto y el Marc Sánchez. Algo más atrás subían el Fede y el Sergi. En un punto de la ascensión nos encontramos al Párraga que vino en coche, y nos sacó algunas fotos.

    Y llegó el momento de tomar el alimento. Nos encontramos al Bartolo en el restaurante y no tardaron en llegar el cuarteto que faltaba como consecuencia del despiste del Dani. Nuestro ágape dominguero, que transcurrió entre candongas y pitorreo como suele ser habitual, sació nuestro acostumbrado atroz apetito después de haber pedaleado 70 kilómetros. El condumio fue correcto y  no se hizo esperar, cosa que siempre es de agradecer. Después, con el estómago en calma llegó la ocasión de tomarnos la infusión y la camarera muy atenta nos presentó la cuenta, que pagamos muy ufanos para irnos “chino chano”, no sin dejar de posar para la foto tomar, que el Rafa muy contento nos hizo con gran talento.

     Rimas aparte (de vez en cuando le da a uno la vena poética, aunque rimar octosilábos resulta bastante fácil), la ruta de regreso no presentaba demasiadas dificultades a excepción del kilometraje; 60 kilómetros hasta Hospitalet que después de la dureza de los setenta kilómetros de la ida, se corría el peligro de que a más de uno se le apareciera “el tío del mazo”.

     Pero el descenso de los 20 kilómetros hasta el reagrupamiento de Olesa, salvo algún despiste, fue plácido. La penúltima batalla estaba por llegar. Y llegó.

A penas los más rezagaos llegaron a la rotonda de Olesa, los primeros en arrancar fueron el Pastillas y el Marc Sánchez que tomaron una cierta ventaja. Mientras, en el grupo perseguidor el Nico y el Marc Ortega tomaron el mando de la operaciones y, a relevos, se pusieron a tirar a la caza de los escapados. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, la desventaja del grupo, que perdió algunas unidades, no decreció. Finalmente el Marc Sánchez no pudo aguantar el fuerte ritmo de Pastillas y fue cazado en el puente antes del Congost, pero no el Pastillas que llegó primero y sobrado al último reagrupamiento del Congost.

      Y tal como he dicho antes, esta fue la penúltima batalla porque la última se libró desde la  carretera de La Ferralla hasta Molins de Rei como si los kilómetros y  los esfuerzos no hubieran hecho mella en ninguno de nosotros. La batalla finalizó con un último demarraje del Pastillas a la entrada de Molins de Rei, al que respondieron el Nico, el Rafa y el Cinto. Consultado mi cuentakilómetros en Molins de Rei 1marcaba una distancia de 117 kilómetros a una media de 27,22 kilómetros hora, lo que dará una idea de a qué ritmo se rodó.

      Y esto es todo lo que dio de sí mis queridos amigos y amigas, la bonita excursión al Bruc. Una excursión en la que pudimos disfrutar, además de esas duras batallas que os he narrado, de unos bellísimos parajes, como lo son sin duda, los que enmarcan la emblemática comarca del Anoia, además de la presencia, siempre grata, de los compañeros participantes

     Para terminar. Repasad bien las bicis y si tenéis algún problema ya sabéis que nuestro compañero y amigo Rafa, tiene manos de plata para solucionarlos. Os lo digo por propia experiencia y no olvidéis que la hora de salida de la  próxima excursión, la Tarragona Clasic, es a las 6,30h

     Hasta la próxima un abrazo.

     Cinto; (el viejo globero)

    

 

23. may., 2019

      No puedo empezar a escribir esta crónica sin lamentar el grave accidente que sufrió el pasado miércoles día 15, nuestro entrañable compañero y amigo Manolo Cánovas, toda una institución de nuestro club. Por las noticias que nos llegan a través de su hijo Dani, a día de hoy ha sido operado satisfactoriamente y está en vías de recuperación. 

      Desde estas líneas le deseamos en nombre de nuestro club y de toda la gran familia ciclista, una pronta y total recuperación, además de mandarle nuestro apoyo junto a un fuerte abrazo y muchos ánimos a el y a toda su familia.

   ¡Ánimo Manolo! Tus amigos del Velo están contigo.

    

     DE CÓMO LOS MAYORES RECIBIMOS LECCIONES DE LOS NIÑOS.

     Corría la década de los 70, no recuerdo exactamente si 1975 o 1976. Mi hija mayor Cristina, contaba con 5 o 6 años. Era final de curso y en el colegio (a la sazón separaban las niñas de los niños), celebraban un festival que terminaba con una danza en la que las niñas se aparejaban unas con otras. A mi hija le tocó aparejarse con una niña de color llamada Evelin. Terminado el festival y mientras nos dirigíamos hacia casa le pregunté:

     —Es amigueta teva aquesta nena negreta? —y para mi sorpresa me respondió

     —Quina nena negreta?

     Así es la vida.

 

      La capital del Alt Penés, Vilafranca, es una población en la que, en todas aquellas excursiones que por su trazado son de paso obligado por ella, acostumbramos a reagruparnos. La del próximo domingo día 26, a La Bleda, es una de ellas.  Aunque en esta ocasión, al distar tan solo 4 kilómetros de Vilafranca, es de suponer que el grupo llegará compacto y no será necesario reagruparse.

     Y hablando de Vilafranca, también este municipio tiene sus leyendas.  Una de ellas cuenta la de una chica que tenía dos pretendientes. Ambos le gustaban por igual, pero no sabía por quién decidirse. Entonces conociendo lo que se decía sobre que en algún rincón de la vieja Olèrdola había una gran cueva que llegaba hasta el mar y que encerraba un gran tesoro, decidió que daría su mano a aquel de los dos penetrara en la cueva y le llevara, como prueba, una joya de las muchas que se decía que había allí guardadas.

     Una noche los dos chicos subieron hasta Olèrdola, buscaron la cueva y entraron llevando cada uno una antorcha. A medio camino se encontraron en una sala inmensa donde por todo lo largo de las paredes se veían estatuas de guerreros. Los dos chicos quedaron admirados porque, además de los guerreros de piedra, en aquella sala se encontraba el gran tesoro del que se hablaba y aquellas estatuas parecía que estuvieran allí para guardarlo. Una de ellas llevaba un papel en la mano. El más fanfarrón de los jóvenes apagó la antorcha, se puso a reír y a chillar para espantar el compañero, el cual, muerto de miedo, se quedó agachado sin tener fuerzas para moverse. Entonces el fanfarrón haciendo mofa de la estatua y de lo que pudiera decir el papel, lo cogió y leyó: El que lea esta carta que llevo en mi mano, habrá profanado la Cueva Prohibida donde ningún hombre debe entrar. El castigo de esta profanación será el mismo que yo sufrí. Se convertirá en piedra y permanecerá así hasta que otro imprudente, desafiando la prohibición, vuelva a entrar en la Cueva. Y tal como decía la carta el temerario joven se convirtió en piedra y misteriosamente el papel se quedó entre sus dedos.

     El otro joven, no pudiendo soportar más el terror, se puso a correr como un loco, salió de la Cueva y durante muchos años sólo hacía que correr arriba y abajo por las montañas explicando lo que le había pasado sin que nadie le creyera.

     La chica se quedó sin ninguno de los dos pretendientes, cogió mala fama y nunca nadie quiso casarse con ella. Pero ¿Qué de verdad hay sobre la cueva?. En el municipio de Olérdola existe una cueva llamada “COVA dels SEGARULLS”, protegida como patrimonio de la humanidad, cuyas paredes de entrada contienen 22 figuras rupestres representando arqueros. ¿Será la que se cuenta en la leyenda? ¿Quién sabe?

      Y hasta aquí la leyenda de la chica de Vilafranca, mis queridos amigos y amigas. Y Ahora paso a contar la continuación de la leyenda de los chicos del Velo (algunos no tan chicos ¿O sí?)

      Quizás escarmentado por la semana pasada, en la que, como todos sabéis el Sergi y yo tuvimos que perseguir, cuando salí de mi casa de Corbera el reloj marcaba las 7,10. Calculé que el grupo suele pasar por Molins unos 35 minutos después de la hora señalada para la salida (las 7,15). Así que disponía de unos 40 minutos para bajar hasta Molins, aparcar y cumplir con el ritual de calzarme las zapatillas, embadurnarme la cara con la protección solar, ponerme el pañuelo pirata, el casco y los guantes. Después de este ceremonial arranqué cuando el reloj señalaba las 7.45 y, en contra de lo que suelo hacer otras veces, que me dirijo hacia el Plà para encontrar al grupo de cara, decidí dirigirme en dirección Terrassa pensando que, pedaleando al  “tran-tran”, el grupo, que vendría “ a saco” me alcanzaría antes de llegar a Rubí. No fue así y pensé que lo haría antes del  cruce de S.Cugat. Pero tampoco fue así y empecé a pensar en la posibilidad de que alguien hubiera sufrido algún pinchazo. Pero no podía tardar mucho en ser alcanzado. Quizás antes de llegar a Les Fonts. Extrañado y girando la vista con frecuencia llegué a Les Fonts. El grupo no daba señales de vida y se me encendieron las alarmas. Si  llegaba a la Avenida del Vallés sin que me hubieran alcanzado, pararía y llamaría al Seve. Pero justo saliendo de  Les Fonts apareció el grupo. Venía compacto. Sentí alivio. No había sucedido ningún percance. Pregunté al “Pastillorum” por el motivo de la tardanza y me informó de la presencia en el grupo de Nuria, amiga del Fede el “pesacaíto”. Magnífico, siempre es un placer contar con la presencia de alguna fémina entre nosotros. Bienvenida Nuria a nuestro grupo y esperamos nos acompañes en futuras excursiones.

     Y como los componentes del grupo venían con escasa diferencia entre ellos: (Pastillas, Rafa, Miquel, Sergi, Seve, Fede Pescaíto, José Vicente, Nuria, Monsó y Cinto), a penas tuvimos que esperar en el reagrupamiento de Terrassa en el que, en esta ocasión, ni tan siquiera hubo el típico sprint. La batalla vendría en la ascensión al Obac.

     Efectivamente, cruzamos Terrassa y enfilamos el Obac. Aunque cuando en estas crónicas tengo que referirme  a mi persona suelo hacerlo como “el Cinto”, en esta ocasión lo voy a hacer en primera persona. Dadas mis características físicas, además de las limitaciones que me impone la edad, siempre acostumbro a iniciar las ascensiones al ritmo que mis piernas me demandan. Esto implica que, unas veces lo hago en cabeza, otras persiguiendo a los que van delante. Luego a medida que voy ascendiendo, suelo ir de menos a más, siempre y cuando no me sorprenda el “tío del mazo”, lo cual suele pasar con bastante frecuencia.

    Así fue como empecé a subir el Obac en cabeza del grupo. Pero pronto el Pastillas y el Rafa me rebasaron y me acoplé a rueda de este último. Se formó un cuarteto compuesto por los dos citados, además del José Vicente y quien esto escribe. El ritmo, aun sin ir a tope, era bastante vivo. Hacia la mitad de la ascensión cedió el José Vicente y poco después el Pastillas abrió gas y el Rafa y yo ni tan siquiera intentamos seguirlo. Pero faltando algo menos de un kilómetro para la cima, aprovechando un falso llano decidí dar un relevo al Rafa. Salí demasiado fuerte y resultó fatal porque a falta de unos 300 metros miré hacia tras y vi que no me seguía. Lo sentí. El había hecho el gasto de arrastrarme durante una buena parte de la ascensión y mi intención era la de ponerme en cabeza, no la de atacarle.

     En fin, alcanzada la cima nos esperaban el Camacho y el Balbis, salidos un poco antes. Después del Rafa llegó el José Vicente, el Sergi, el Monsó y una grupeta con el Miquel, el Seve, el Pescaíto y la Nuri.

       Después de que el Camacho nos hiciera algunas fotos a medida que íbamos llegando a la cima, y una vez reagrupados, nos lanzamos cual ligeras sgolondrinas, o sea cada uno a su aire, por los 12 kilómetros  de la sinuosa carretera  que atraviesa parte del majestuoso paraje del “Parc Natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac”, hasta desembocar frente a la extinta colonia industrial “El Burés” (de la que en otra ocasión, según me dé a mí la gana, os contaré la historia), de Castellbell i el Vilar. Desde allí tan solo 6 kilómetros, con los 2 últimos de suave ascenso, nos separaban del restaurante La Teresa, que afrontamos también cada uno a su aire, o sea algunos muy relajados, otros menos y algunos otros guerreando para no perder la costumbre.

        En el restaurante nos encontramos con la, siempre grata presencia del Bartolo quien nos recordó que el día de la Montserratina del pasado año, estuvo esperándonos hasta, no sé qué hora, y cansado de esperar se marchó y acabó desayunando en Las Carpas (Casa Pedro), a las 12 del mediodía.

     Bueno, en cualquier caso le faltó paciencia porque recuerdo perfectamente que ese mismo día yo no pude salir en bici por una ligera indisposición, fui en coche y almorcé con el grupo ¿Alguien más lo recuerda?

      En fin, anécdotas a parte nuestro deseado, ansiado y anhelado ágape mañanero, fue servido con presteza y no tuvimos que esperar demasiado, lo cual fue recibido con gran placer y la natural satisfacción, y saboreado con gran deleite por los 12 comensales que conformábamos el grupo.

      Finalizado el ágape, tomadas las infusiones y pagada religiosamente la cuenta, posamos para la preceptiva foto de familia y nos dispusimos a afrontar los 60 kilómetros que nos separaban del punto de partida (algunos menos para el cronista).

      Aunque el desnivel acumulado en la ruta de regreso era de tan solo unos 800 metros, las características del terreno con un continuo sube y baja hasta alcanzar el alto del “Quatre Vents”, era de las que acostumbran a llamarse “rompepiernas”.

     Ya de salida había que ascender 5 kilómetros por la C-58, hasta el cruce de la BV-1211, cruce este en el que hubo reagrupamiento.

    Después de un descenso de unos 4 kilómetros y pasado el cruce de Olesa en donde el año pasado se despistó “el pelotón de los torpes”, la carretera vuelve a mirar hacia el cielo. Primero con un repecho de 1,5 kilómetros con un desnivel de un 8% que se afrontó a muy buen ritmo, pero una salida de cadena del Cinto, provocó que un parón para esperarlo.

      Superado este repecho, un descenso de cerca de dos kilómetros nos dejó al pie del siguiente de similares características al anterior, y que desemboca en el mismo centro de Viladecavalls.

     Nuevo descenso de 1,5 kilómetros por la B-120 y de nuevo la carretera mira hacia arriba en suave ascenso esta vez, hasta la entrada de Tarrassa, donde después de un breve descenso nos reagrupamos para ascender los 2,5 kilómetros de la última dificultad del día; “els Quatre Vents”  

     En esta última ascensión coronó en cabeza el terceto Pastillas, Rafa, Cinto, este se quedó cortado en el cruce de Castellbisbal por culpa de una moto que subía de cara y tuvo que “pencar” en la bajada para volver a empalmar con el Rafa y el Pastillas.

     Después del último reagrupamiento en la rotonda de acceso a Castellbisbal, solo restaba unos 10 kilómetros hasta Molins de Rei en los que no faltó la última y típica batalla del día. Una batalla que, aunque corta, siempre es intensa y en la que algunas piernas, castigadas por el constante sube y baja del día, pagaron su tributo.

      Y llegados a Molins de Rei, algunos con prisa por la hora, otros con la calma, me despedí del grupo deseándoles la mayor de las venturas en lo que restaba del día y en lo que les deparara el futuro. Lugo me dirigí al coche, cargué la bici y me fuí para casa contento y feliz,  más chulo que un ocho.

       Y esto es todo, mis queridos amigos y migas,  lo que puedo explicar de la última excursión a “Ca la Teresa”, vista desde el color de mi cristal  que como dice el proverbio, En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira .

      Hasta la próxima me despido con el consejo de siempre (dar consejos no cuesta dinero, por eso la gente suele darlos sin que nadie se los pida), repasad bien las bicis y para cualquier problema que tengáis, acudir a la tienda taller de nuestro mecánico de confianza, Rafa Marco, de la calle Renclusa 50, en donde los socios del Velo podemos disfrutar de un 10% de descuento en material y mano de obra.

     Hasta la próxima un fuerte abrazo

     Cinto.

     P D. Últimamente me noto falto de inspiración a la hora de escribir estas crónicas, tendré que tomarme unas vacaciones.

 

 

16. may., 2019

         Un sábado en que una pareja amigos míos fueron de compras a unos grandes almacenes, había tantísima gente que quedaron separados. Después de buscar inútilmente a su mujer, mi amigo se dirigió al mostrador para que dieran un aviso por los servicios de megafonía y dijo:

     —Necesito ayuda, acabo de perder a mi mujer…

     —Comprendo —repuso la empleada en tono eficiente—. Las prendas de luto están en la segunda planta a la izquierda.

     Así es la vida.

      Una vez más y van…imposible saber cuántas, discurrió la ruta de la pasada excursión por el bellísimo balcón al Mediterráneo que lo es sin duda, la sinuosa carretera que, desde el núcleo de población Les Botigues, transita por los abruptos acantilados del Garraf hasta alcanzar su punto más alto en el Pas de la Maladona y descender suavemente desembocando en la emblemática Sitges Subur.

     El Pas de la Maladona.  Estoy seguro que la mayoría de los seguidores de estas crónicas han oído hablar de la leyenda que encierra este bello paraje, pero ¿alguien la conoce con exactitud? Pues por si alguien no la conoce o simplemente  la conoce solo de oídas, aquí os la cuento con todo lujo de detalles.

      Por el camino antiguo de los valles del Garraf que llevaban a Barcelona, ​​a unos seis kilómetros de Sitges, rodeada del seco y abrupto paisaje garrafenc., había la masía de Campdàsens. Hace muchos años esta masía la habitaba una familia cuyo hijo mayor, a resultas de un encuentro con los bandoleros que infectaban la zona, había perdido la vista. Y es que durante siglos los más audaces proscritos de la justicia penedesenca habían utilizado las cuevas y grutas del macizo del Garraf para hacer estancia huyendo así de la justicia y de los agentes que, una vez emboscados en el intrincado sistema de estrangulados desfiladeros y laberínticos caminos del macizo de Garraf, no se atrevía a perseguirlos. A Rafael, nombre que llevaba el invidente, de resultas de la desgracia se le había agriado el carácter tal como se corta la leche cuando se le introduce algún ácido; la pérdida de la claridad en plena juventud le había comportado la correspondiente pérdida de autonomía personal, y allá donde fuese debía ayudarse de otra persona. Los padres, imaginando el futuro del joven así que se fuera haciendo mayor, previeron una posible solución para el ciego: ofrecían a la mujer que aceptara compartir de por vida la suerte de Rafael, una dote que consistiría en la tenencia de la casa, compartida en mitades iguales con su marido, con escrituras ante notario. Pero a pesar de la tentadora oferta pocas fueron las pretendientes, y eso a pesar de la promesa de la propiedad de una hacienda, porque Campdàsens era realmente un buen masada, con rebaños y buenos prados con viñedos para vendimiar. De entre las pocas pretendientes destacó una moza de Jafre (también Jafre encierra una terrible leyenda que algún día os scontaré), hija única de unos colonos de aquella aldea enterrada entre las colinas de la agreste Garraf, llamada Marina, que se convirtió en la mujer de Rafael. A Marina, que había pasado a ser la joven de la masía de Campdàsens, el cambio le cayó de maravilla, se ocupaba de la casa y por todo atendía solícita las necesidades del invidente.

     Pero pasaron los años, los padres del ciego pasaron a mejor vida, y Marina se quedó sola, con  su marido sin luz, en aquel caserón entre las montañas y lejos de toda compañía que no fuera el cabrero y algún caminante ocasional extraviado del camino de Barcelona. La mujer pudo darse cuenta de que de nada le servía ser la dueña de una casa si sólo contaba con la compañía de las cabras y de un marido ciego con el carácter agriado al que no le costaba nada reprocharle las condiciones por las que había accedido a la categoría de ama. A Marina, que antes había sido alegre y voluntariosa, contagiada de aquella atmósfera de soledad y desesperanza, también se le agrió el carácter. Los días pasaban y en el corazón de la mujer se acumulaba la desolación tal como se fraguaban las oscuras nubes sobre el mar que rompía contra los acantilados del Garraf.

 

     Llegó un 24 de agosto, día de San Bartolomé, patrón de Sitges, y la pareja, como cada año, se acicalaba para asistir a los actos de la Fiesta Mayor. El día antes Rafael había tenido un mal día, los recuerdos de juventud, de una juventud con luz en los ojos, la habían asaltado y le torturaron haciéndole presente su oscuro estado actual y el aún más oscuro futuro; toda su amargura la había convertido en rencor hacia el mundo entero, rencor que había vertido en Marina haciéndola culpable de sus males. Aquel día de San Bartolomé nació sin sol. Un inmenso grupo de nubes sobre el mar obscurecía el día y agrisaba las amenazadoras aguas, que hinchándose en fanfarronas olas de mar, reventaban en sublevada espuma contra los rompientes. Rafael, sin luz en los ojos, no podía advertir la escenografía, pero si que podía oler, y adivinar que la tormenta no tardaría en descargar su furia contra la tierra y los hombres. Sin embargo, fustigó a su mujer:

     —"El Día —dijo sarcástico—, está como nuestro ánimo, ¿no te parece, querida esposa?".

     La amargura de aquellas palabras, la rabia, y el resentimiento que rezumaban atenazaba en el corazón de Marina, que cada día del mundo tenía que convivir con la misma tortura que consumía a su marido. Una tortura sin posible remisión, por cuanto Rafael ya hacía años que había perdido todo consuelo, y sólo esperaba la hora en que podría liberarse de su suplicio y del mundo donde los hombres la habían condenado a permanecer.

     Emprendieron el camino de Sitges, bien abrigados, a pesar de ser agosto, para protegerse de la segura lluvia, que en estos meses solía convertirse en catastróficas riadas.

     El mas de Campdàsens estaba retirado del camino de las costas dentro del macizo. Así que, para llegar al camino que los llevaría a Sitges, que no era otra cosa que un sendero de mulas, había que bajar desde la masada hasta la punta de la Falconera, un abismo donde el mar bramaba la eterna canción contra la tierra firme. A medio camino, cerca del torrente que lleva el mismo nombre que la Falconera, se abrieron las nubes: el agua empezó a caer convertida en un diluvio, donde cada lágrima líquida era como un huevo de codorniz. De momento los árboles los protegían, pero cada una de esas enormes gotas se convertía en hielo: una terrible granizada los azotaba, sin embargo, Rafael, al que la tormenta parecía haberle dado vida, mandó proseguir y ordenó a la mujer que no se detuviera.

     La tormenta crecía, un rayo abrió la oscuridad y convirtió el barranco por donde transitaban en un gran tambor, ensordeciéndoles los oídos. Rafael siguió caminando, obsesionado, enloquecido: se había dejado de la mano de la mujer y se orientaba por el instinto. Andaba por donde escurría el agua del torrente, apuntalándose con las matas y los árboles. Marina le seguía como podía fraguando en su cerebro torturado maldades y venganzas contra aquel loco que de aquella manera pagaba su abnegación y sus servicios para acompañarlo de por vida en su ceguera.

     Por fin salieron del barranco, ante sí el mar acumulaba nubes negrísimas cargadas de rayos y preñadas de granizo. En un rapto de lucidez Marina pensó en los viñedos de hojas tiernas y frutos a medias; aquel año no recogerían ni un racimo. Sin percatarse de dónde le brotaba, añadía al despecho por la ingratitud del marido, la rabia contra la naturaleza, que con aquella demostración de brutalidad dejaría a los hombres sin cosecha. La cólera le invadió el alma. En ese preciso momento advirtió que el ciego bamboleándose, no acertaba la dirección ´correcta y se acercaba peligrosamente al abismo, al fondo del cual las  aguas del mar estrujaban el acantilado desde hacía milenios. Un rayo de malicia le entorpeció el pensamiento. Un solo gesto podría hacer continuar su calvario, o liberarse para siempre. Si hubiera sido otro día, si el amanecer se hubiera mostrado resplandeciente con la luz del sol ... el ciego quizás se habría salvado, pero no había sido así y Marina se decidió por la segunda opción.

      La justicia humana juzgó a  Marina, y fue condenada a morir descabezada. Dice la leyenda que su cuerpo, dentro de un saco junto con gatos negros, fue lanzado al mismo abismo donde fue a parar el marido, y su cabeza, dentro de una jaula, fue clavada en el acantilado donde anidaban los halcones. Muchos años después su calavera aún podría verse en el mismo lugar para escarmiento, dijeron, de futuros casos como aquel.

     Y eso es lo que cuenta la leyenda, mis queridos amigos y amigas, que como cualquier otra, seguro que encierra un algo de verdad y un mucho de fantasía.

      Pero ajenos a la leyenda de la Maladona, incansable, el Velo, continúa tejiendo la suya domingo tras domingo, y parte de ella lo fue, sin duda, la última excursión a Banyeres del Penedés, además de la participación de nuestros compañeros Rafa, Blas y Marc Sánchez en la clásica Terra de Remences, en la que nunca falta una representación de nuestro club.

       Hubo un cierto despiste a la hora de reunirnos a primera hora de la mañana. Por un lado el Pastillas, el Miquel y el José Vicente se encontraron en el Mercado de Collblanc, mientras el Sergi los esperaba en la rotonda de Bellvitge. El Seve y el Oscar se encontraron en S. Boi y el Cinto, desde Quatre Camins se reuniría con el grupo en la rotonda de las Filipinas. Pero algunos no calculamos bien. El Sergi no encontró a nadie en la rotonda de Bellvitge y cuando el Cinto llegó a la rotonda de las Filipinas, el Pastillas y el José Vicente hacía varios minutos que habían pasado, pero justo al llegar coincidió con el Sergi. Una llamada al Seve, nos aclaró cómo estaba la situación. Así que, sabiendo que el resto del grupo circulaba por delante, el Sergi, buen compañero y excelente rodador, y el Cinto cubrieron a buen ritmo los 25 kilómetros hasta la gasolinera de Sitges donde finalmente, nos reagrupamos, mientras que el Marcial y el Balbis, optaron por la ruta, del Ordal, algo más corta, pero no menos dura.

      Faltaban por cubrir 30 kilómetros hasta el siguiente reagrupamiento de l’Arbos, el grupo quedó compuesto por el Seve, Pastillas, Sergi, Manel, José Vicente, Miquel, Oscar (que salió con la cabra) y Cinto. Rodamos a buen ritmo con el Oscar y su cabra al mando del pelotón en aquellos tramos que le eran propicios, los primeros 14 kilómetros hasta tomar la carretera BV.215, que transita por la ribera del Pantano de Foix. A partir de ese punto, cada uno se fue acomodando al ritmo que más le convino y poco a poco, el grupo se fue disgregando. Quedaron el Pastillas, el Oscar y el Miquel en cabeza perseguidos por el Sergi a quien el José Vicente y el Cinto seguían a poca distancia, algo más atrás el Seve y el Manel. Y así se llegó al reagrupamiento en la rotonda de La Puntaire (en una de mis crónicas hice referencia a este pequeño monumento), a 2 kilómetros del restaurante el Jardín, donde además del Marcial y el Balbis, también nos esperaba el batallador Camacho.

      El patio de entrada al restaurante El jardín, es un lugar agradable donde en verano se debe de estar fresquito, pero el servicio de hizo esperar demasiado, a excepción de los compañeros llegados con anterioridad; el Balbis, el Marcial y el Camacho que cuando ya habían desayunado cuando llegó el resto del grupo. El caso es que fue tan larga la espera que el tiempo se nos echó encima y en la ruta de regreso se tuvo que descartar la opción de ascender por la Creu d’Aregall.

      Superado el inconveniente de la larga espera pudimos satisfacer nuestro apetito, aunque cabe decir que cuando nos sirvieron lo hicieron a todos al mismo tiempo. Acabado el ágape y tomadas las consabidas infusiones, nos aprestamos a posar para la foto de familia que en ausencia de nuestro compañero Rafa corrió a cargo del Seve.

       No sé si fue debido a la premura del tiempo, pero lo cierto es que el ritmo de la ruta de regreso fue trepidante y la paz y el amor brillaron por su ausencia. Ya en el tramo que va desde S. Jaume dels Domenys hasta Vilafranca, se rompió el grupo quedando en cabeza el Pastillas el Miquel el Oscar y el Cinto. Empalmó el Camacho a la altura de La Munia, pero poco después un repecho le pasó factura y volvió a perder contacto.

      Y esa fue la tónica que se siguió en el siguiente tramo después del reagrupamiento en Vilafranca hasta S. Sadurní. Y en el siguiente hasta Gelida y en el siguiente hasta Martorell; 50 kilómetros de batalla sin tregua ni cuartel y sálvese quien pueda. Y como prueba de ello son los 27,50 km. hora que señalaba mi velocímetro después de haber recorrido131 kilómetros.

     Pero el gran perjudicado fue el Manel que con el cambio averiado no pudo seguir el ritmo del grupo y llegó a casa como buenamente pudo.

      Y eso es todo lo que puedo explicar de la última excursión en la que hubo de todo, pero bueno si exceptuamos la larga espera en le restaurante y la avería de nuestro compañero Manel.

      La próxima excursión del día 18 es al restaurante Ca la Teresa, ubicado en la autovía C-58, 2 kilómetros después del cruce de Vacarises en dirección Terrassa. La ruta de ida pasa por Molins de Rei, Rubí, Terrassa, Coll de l’Obac, Els Caus, Vacarisses y Ca la Teresa. Total  60  kilómetros cuya mayor dificultad está en la ascensión al Coll de l’Obac, ascensión esta que, sin ser excesivamente dura, puede causar algún que otro estrago en los dos kilómetros finales. Sin olvidar los continuos repechos de  los casi 20 kilómetros desde Molins de Rei a Terrassa, en los que la batalla puede dejar tocado a más de uno.

     La de ruta regreso discurre por el Palomar, Viladecavalls, Terrassa, Los Cuatro, Castellbisbal, Molins de Rei y S. Just. Otros casi, 60 kilómetros de un continuo sube y baja hasta alcanzar el alto de Los Cuatro, que pueden causar estragos a quien no regule bien sus fuerzas.

     En fin, mis queridos amigos y amigas, una excursión que se presta a grandes batallas y en la que habrá que regular muy bien las fuerzas para no verse sorprendido `por “el tío del mazo”, o tal como se dice ahora; “no entrar en crisis”. En mis tiempo, o no hace tantos años, se decía pillar la pájara.

      Y esto es todo por hoy; debo de insistir en la conveniencia de repasar bien las bicis para no verse sorprendido por averías inoportunas como la que sufrió el amigo Manel o como la que sufrí yo mismo hace un año aproximadamente, cuando viniendo de Tarragona se me partió la cadena a 200 m. del pueblo del Ordal. O sea que si tenéis problemas no dudéis en acudir a la tienda taller de  nuestro mecánico d confianza y entrañable compañero, Rafa Marco, donde además de un servicio técnico de calidad, los socios del Velo disfrutamos de un 10% de descuento en material y mano de obra.

     Hasta la próxima, un abrazo del viejo globero.

     Cinto,

  

9. may., 2019

      Un muchacho de 18 años deslumbrado por los relatos que su padre, licenciado de la marina le contaba, decidió alistarse como voluntario. El oficial que le atendió en la oficina de reclutamiento le preguntó por qué quería alistarse en la marina.

     —Mi padre sirvió en la marina —contestó orgulloso— y me ha inculcado que la marina “hace hombres”.

     El oficial miró los cincuenta kilos de su constitución física y repuso:

     —Bueno, pero no prometemos milagros.

     Así es la vida.

     Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que el pasado domingo estuvimos en el bonito núcleo de población Canyamars, y que el próximo día 12, algunos compis del Velo van a participar en la popular marcha Terra de Remences, os contaré la historia del “canyamerenc remensa” histórico, más conocido, Joan de Canyamars.

     Con el término remensa, del latín redimentia, se designaba en el Principado de Catalunya, en la Edad Media, el pago que en concepto de rescata habían de efectuar los payeses a su señor para abandonar la tierra.

     Posteriormente, por asimilación, el término se aplicó para denominar a los campesinos sujetos a esta condición. Así pues, lo payeses de remensa, o simplemente, “los remensas” eran cultivadores de tierra adscritos a ellas de modo forzoso y hereditario. Jurídicamente eran hombres libres, pero esta libertad estaba limitada por los vínculos al “predio” que cultivaban y a través de el, al señor feudal.

     Se considera que en siglo XV existía en Catalunya entre 15.000 y 20.000 hogares remensas lo que supondría unas 100.000 personas, es decir, la cuarta parte de la población del Principado de Catalunya, que se estima, que en aquel siglo alcanzaría los 400.000 habitantes. Sin embargo, según la documentación de la época las familias con la condición de remensas, se concentraba en área de la Catalunya Vieja («Catalunya Veyla, dellá Lobregat») que comprendía la diócesis de Barcelona de Girona y de Vic, mientras era prácticamente inexistente en la Catalunya Nueva al sur del río Llobregat. Dentro de la Catalunya Vieja la mayor concentración de población remensa se daba en las comarcas del Ampurdà, La Seva, Gironés, Plà del Estany y Osona, además de lo que en aquella época se denominaba La Montaña, que correspondía a la zona actual de las Gullerías y que también incluía  la Garrotxa y el Ripollés, siendo los remensas de estas zonas los que sufrían las condiciones más duras motivo por el cual fueron estas áreas el foco principal de las llamadas “guerras remensas”.

      Hasta aquí una síntesis de la historia de los “remensas” para que lo sepáis aquellos que el próximo domingo vais a participar en la marcha “Terra de Remenses”, pero ¿Qué pasó con Joan de Canyamars?

     Joan de Canyamars fue un payés remensa supuestamente perturbado mental, que en 1492 llevó a cabo un atentado contra el Rey Fernando II de Aragón (Fernando el Católico).

     Tras completar la conquista de Granada a mediados de 1492, los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, viajaron a Barcelona para negociar con los embajadores de Carlos VIII de Francia la devolución del Rosellón y la Cerdanya que, en el tratado de Bayona de 1462, habían sido cedidos por Juan II de Aragón a Luís XI de Francia a cambio de su apoyo en la guerra Civil Catalana.

     El viernes 7 de diciembre el rey Fernando salió por la puerta principal del palacio real mayor de Barcelona (actualmente la Plaza de Rey en el barrio gótico), donde había estado celebrando audiencia cuando al bajar por las escalinatas y disponerse a subir a su cabalgadura, Joan de Canyamars armado con un terciado de unos tres palmos de longitud, se acercó por la espalda y le asestó un golpe vertical de arriba abajo que le pasó junto a la sien y a la oreja izquierda y le cayó sobre la unión del cuello con el hombro causándole una herida de cuatro dedos de profundidad.

    El golpe fue amortiguado por el collar rígido del jubón y por una gruesa cadena de oro que el rey llevaba al cuello. La herida, aunque sangraba abundantemente, no pareció ser de gravedad en un primer momento. Los cirujanos hallaron rota la clavícula, limpiáronla del pelo que había entrado en ella y la cerraron con siete puntos de sutura (aun no se había inventado el cloroformo). Posteriormente, el día 14, el rey recayó con fiebre alta que hizo temer por su vida, restableciéndose completamente a finales de año.

     Joan de Canyamars fue apresado e interrogado bajo tormento con el fin de comprobar si había actuado solo o de alguna conspiración. Durante el suplicio confesó que había actuado por inspiración del Espíritu Santo, que veinte años antes le había revelado que el verdadero rey era el, diciendo después que le había incitado el demonio. Según su declaración cuando el rey hubiera muerto, el propio Joan de Canyamars, ocuparía el trono en su lugar.

     Convencido de su estado de demencia, el rey le perdonó, pero el Consejo Real le condenó a muerte por el delito de lesa majestad. El día 12 fue paseado en carro públicamente por las calles de Barcelona, finalmente fue atenaceado y entregado al populacho, que apedreó, descuartizó y quemó su cuerpo y esparció sus cenizas, aunque “ahogáronle primero por misericordia de la Reyna”

     «Le cortaron la mano derecha con quelo fizo e los pies conque vino a lo facer, e sacáronle los ojos con quelo vdo e el corazón con quelo pensó».

       Y esta es la historia, mis queridos amigos y amigas, del regicidio frustrado contra Fernando el Católico en el año 1492, perpetrado por el personaje histórico más conocido de los “canarenyecs” Joan de Canyamars.

     La siguiente historia que os cuento, algo más actual, tuvo lugar el pasado domingo día 5 de mayo.

     En cierto pueblo de la comarca del Baix Llobregat, existe un club ciclista denominado Velo club Excursionista, fundado allá en la década de los setenta del siglo pasado, cuya principal actividad es la organizar un campeonato de excursionismo en bici, por las distintas comarcas del entorno barcelonés. El citado club, lo componen, además de (no sé cuántos socios), un presidente, un tesorero, un secretario y un capitán de excursionismo (y un viejo al que llaman el Cinto, encargado de escribir las historias del club). El capitán de excursionismo al que se le conoce cariñosamente como el Seve, es el que se ocupa de la tarea de organizar y programar las excursiones que, un domingo tras otro desde febrero a noviembre, se vienen celebrando con la participación más o menos numerosa de muchos de los socios del club. La última de estas excursiones celebrada el pasado domingo día 6 de mayo, estuvo programada, como queda dicho anteriormente, a ese bonito núcleo de población llamado Canyamars, es la que me ha inspirado a investigar y escribir la historia que os he relatado, además de esta crónica.

     Fuimos 11 los participantes en la excursión, incluyendo quien esto escribe. Son las 7, 15 h a m. Nos encontramos en el punto de reunión el Pastillas, Rafa, Seve, José Vicente, Blas, Camacho, su amigo Carlos “Van de Velde”, Marc Sánchez, al que no veíamos desde hacía un año (compartió instituto con Elena, la segunda de mis hijas), Sergi y Cinto. Cruzamos Barcelona sin apenas saltarnos algún que otro semáforo (sic). En Badalona se une al grupo el Francisco, amigo del Blas.

      Llegamos a Mongat.  Superado el “último obstáculo semafórico”, por así decirlo. El Seve, toma la cabeza del grupo. 35 km hora en mi velocímetro. Ritmo moderado. E Marc releva al Seve y toma la cabeza; 38 km hora en mi velocímetro. Buen ritmo. El siguiente corre a cargo del Pastillas. Alerta, palabras mayores. 40km h, en mi velocímetro. No se afloja. Los relevos se van sucediendo sin solución de continuidad entre el Marc y el Pastillas y la velocidad del grupo oscila entre los 40 y 45 km h. en algún tramo. Adelantamos a varios grupos. Al rebasarlos algunos nos miran con cara de asombro. Quizás no se percataban que somo el Velo.

     Vilassar de mar. Grupo compacto. Giramos a la izquierda dirección Argentona. 20 kilómetros, hasta Canyamars con tendencia ascendente. Se forma en cabeza un grupo compuesto por el Rafa, el Blas, su amigo Francisco, el Marc y el Pastillas que a medida que el terreno se va endureciendo, pone “a gusto” a quienes le acompañan. Por detrás, el Sergi, muy activo y conduciendo este segundo grupo la mayor parte de los 20 kilómetros, el Seve, el José Vicente, el Camacho, su amigo Carlos “Van de Velde” y el Cinto reservón.

       Canyamars; el Rafa nos abandona. Compromisos familiares le reclaman. Sin el no soy nada. Se lo digo. Se ríen todos. Jajaja.

     Por fin, almuerzo en la terraza del restaurante Cal Víctor. El sol es tibio se está muy a gusto. Charlamos, hacemos fotos, reímos y nos ponemos “moraos” de cerveza, vino y bocatas. Satisfechos y contentos pagamos la cuenta y nos disponemos a emprender la ruta de regreso no sin antes dejar constancia de nuestra breve estada en Canyamars, con la típica foto de familia. Nos quedan por cubrir 65 kilómetros hasta, más o menos, el punto de partida, con dos duras ascensiones; el alto de Orrius, 6,5 kilómetros con una pendiente media del 4.83% y con algunas rampas al 8%, y el Forat del Vent, 7 kilómetros con una pendiente media del 3,85% y alguna rampa al 8%. Habrá que regular bien las fuerzas para que no nos sorprenda el “tío del mazo”.

      Descendemos en grupo hasta el cruce de Orrius. Comienza puerto. Poco a poco el grupo va perdiendo unidades. Cruzamos Orrius, faltan 2,5 kilómetros para la cima, son los más duros. El Pastillas y el Francisco en cabeza. El Cinto se pega a su rueda como una lapa. Sufre, pero aguanta. Coronan los tres juntos. Descenso plácido hasta La Roca y reagrupamiento. A pequeños intervalos van llegando el resto del grupo. Marc, Blas, Sergi, Seve, José Vicente, Camacho y “Van de Velde”

      Un nuevo tramo llano de 20 kilómetros hasta el cruce de Montcada, con buenos rodadores como el Marc, el Pastillas, el Sergi o el Francisco se presta a la batalla. Se produce. El velocímetro vuelve a marcar los 40 km hora. Volvemos a rebasar algunos grupos. Nadie osa acoplarse a nosotros excepto un espontáneo con un maillot del C. C. S. Andreu. Da relevos y mantiene el fuerte ritmo que empieza a perder algunas unidades.

     Cruce de Montcada. Reagrupamiento. El Marc y el Francisco se despiden del grupo y continúan hacia Sta. Coloma. También lo hace el espontáneo del maillot del C.C. San Andreu. Los demás paz y amor hasta Cerdanyola. Paramos en una fuente que conoce el Seve y llenamos los bidones. Comienza puerto. 2 kilómetros de ascensión. El pastillas se para ha hacer “pis”. El Cinto, reservón a la ida y peleón a la vuelta, toma la cabeza del grupo y se marcha solo. 4 kilómetros de ascensión el Pastillas alcanza al Cinto que  se pega a su rueda como una lapa. 2 kilómetros para la cima, el Pastillas sigue arrastrando al Cinto que sufre, pero aguanta rezando a la virgen del Perpetuo Socorro para que el Pastillas no “abra gas”. Alto del Forat del Vent. El pastillas y el Cinto (sus rezos han sido escuchados), llegan juntos. Tras ellos el Seve, después, a pequeños intervalos llegan el Blas, el Sergi, el José Vicente, el Camacho y su amigo “Van de Velde”. Fin de la batalla. Descenso plácido hacia la ronda de Dalt y dirección Pedralbes. A partir de ahí cada oveja con su pareja.

      Y para el domingo próximo día 12, nos espera una bonita excursión a Banyeres del Penedés. La ruta de ida discurre, en un principio, por la bellísima comarca de Garraf con su incomparable balcón al Mediterráneo, como lo es sin duda, los serpenteantes 12 kilómetros que partiendo de Les Botiques, nos dejan  en la entrada de la emblemática Sitges. Atravesaremos S. Pere de Ribes y 15 kilómetros después de abandonar Sitges, nos adentrarnos en el Baix Penedés por la, también serpenteante carretera BV-2115, que atraviesa el no menos bello paraje que enmarca el Pantano de Foix, hasta desembocar en L’Arbos, justo a 2 kilómetros de Banyeres del Penedés donde podremos reponer fuerzas en el restaurante El Jardí.

      En la ruta de regreso, después de dejar atrás Vilafranca, abandonaremos el Baix Penedés y entraremos en la comarca de l’Anoia por la carretera C-243ª. que nos llevará a S. Sadurní y Gelida donde los componentes del  grupo tendrán la opción de tomar por la durilla ascensión a la Creu d’Aragall, o dirigirse hacia Martorell y Molins de Rei. En definitiva una excursión que se presta a disfrutar tanto de grades batallas, como del bucólico paisaje que nos acompañará a lo largo de toda la ruta. Os espermos.

     Y nada más queridos amigos y amigas, solo recordar mi consejo de siempre. Repasad las bicis y si tenéis algún problema no dudéis en acudir a la teienda taller de nuestro compañero y mecánico de confianza, Rafa Marco donde podéis disfrutar de un 10% de descuento en materia y mano de obra.

    Un abrazo y hasta la próxima.

    Cinto (el viejo globero)