14. jul., 2020

Texto

EL PRECIO DEL DESAHUCIO

Después de dejar a los niños en el colegio, Alberto tenía una entrevista de trabajo. Llevaba más de tres años desempleado. Durante todo ese tiempo, el resultado de las entrevistas fue siempre el mismo. Ya le avisaremos. Todas las prestaciones sociales estaban agotadas y el desahucio llamaba a la puerta.

Ángela cogió el pintalabios y frente al espejo, vio reflejada una cara triste y amargada que apenas reconoció. Salió a encontrarse con alguien. De regreso borró los restos del carmín; se conectó de nuevo y rebuscó en las páginas de contactos. Encontró uno que le pareció idóneo y concertó una nueva cita para el día siguiente.

Poco después escuchó el llavín en la cerradura. Se saludaron con un imperceptible «hola». Mientras comían, apenas se miraron. Por fin, alzando la vista, Alberto la interrogó con la mirada. Ángela asintió con un ligero movimiento de cabeza. Continuaron comiendo, llorando en silencio. Solo así podrían parar el desahucio.

ASÍ ES LA VIDA

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LA LEYENDA

Antes de entrar en materia, y puesto que la próxima excursión del día 19, está programada al Coll del Bruc, me gustaría hacer un poco de historia (solo 2 minutos) y desvelar qué de verdad hay en la leyenda de Isidre Lluçà i Casnovas, más conocido como el Timbaler del Bruc.

Esta leyenda, como ya sabéis, nace a partir de la Primera Batalla del Bruc. El 6 de junio de 1808, el cuerpo del ejército francés acantonado en Catalunya, había salido de Barcelona con la misión de sofocar las revueltas de Manresa y de Igualada. En el Bruc toparon con la parte del ejército español que no aceptaba la renuncia de Fernando VII (ese que usaba paletó, cuya circunstancia expliqué en una de mis crónicas), a favor de Josep Bonaparte y con varias compañías del somatent catalán (en otra ocasión explicaré qué era eso del somatent), articuladas por los sectores sociológicos e ideológicos más tradicionalistas de la Catalunya rural y agraria.

La historiografía contemporánea ha probado la existencia del Timbaler como un personaje integrante de la Confraría dels Dolors de Sanpedor. En cambio existe una división de criterios con respecto al papel que jugó en el desarrollo de aquella batalla. Mientras que una parte se inclina por situarlo como un simple tamborilero situado a la vanguardia de las compañías de somatents, otra ha llevado a cabo varios estudios para demostrar su papel decisivo considerando que la orografía de la montaña de Montserrat, actuó como caja de resonancia. En cualquiera de los dos casos, lo que sí está probado es que no era un muchacho, en el momento de la batalla tenía 17 años y en aquella época se consideraba que una persona de esta edad ya era un adulto, preparado para emanciparse y formar una familia.

Isidro Lluçà i Casanovas, conocido como El Timbaler del Bruc, murió el 6 de abril de 1809

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LA CRÓNICA

DESNIVEL ACUMULADO

Un término que desde ya bastante tiempo se viene empleando con asiduidad. En mi juventud (¿cuánto tiempo debe de hacer de eso?), el argot ciclista era menos sofisticado. Un ejemplo; si uno salía a entrenar y alguien le preguntaba por el recorrido que iba a hacer o que había hecho, contestaba; “los noventa”. Con ello refería que la ruta sería o había sido “Casots/ Ordal”. Ahora el recorrido se mira en el Strava, se comprueba el tiempo empleado y el desnivel acumulado, 1184 m. Vivir para ver.

Causaba respeto la excursión del pasado domingo a Monistrol de Calders. No solo por el “desnivel acumulado” (1798 m.), sino también por los largos 130 kilómetros del recorrido y el calor previsto.

Estas circunstancias hacían prever una escasa participación, sin embargo, sucedió todo lo contrario. Hacía muchísimo tiempo que el Velo, a excepción de el Memorial Balbis, La marcha solidaria, Alba Pérez o los almuerzos sociales, no registraba una participación tan nutrida. Según mis cuentas, salvo error u omisión, fuimos nada menos que 22 valientes, los que, desafiando “el desnivel acumulado”, los 130 kms. y el calor, que afortunadamente fue menos de lo esperado, formamos un bonito pelotón de maillots azules del Velo (salvo alguna excepción).

Hubo también varias novedades en el grupo y pudimos contar con la gentil Cindy (a la tercera va la vencida), el Oscar (perteneciente al trío cantamañanas, compuesto por el Rafa, el Propio Oscar y quien esto escribe), además del Albert, hijo de nuestro entrañable “Fede pajarero”. Solo faltaron los componentes del trío “los tres caballeros” (el pato Donald, José Carioca y el Gallo Pancho), o sea, el Manel, el Joaquín y el Perona. A estos solo los exculpo de “cobardía”, si su ausencia queda totalmente justificada.

¿Qué sucedió en el recorrido de la ida? Me pilló el toro en esta ocasión, y estaba acabando de prepararme, en el parking frente al Mercadona de Molins, cuando vi pasar al grupo raudo como una centella. Tanto fue así que, además de no poder apreciar cuántos Velos lo componían, ni tan siquiera me dio tiempo de darles un grito para avisarles de que aflojaran y me esperaran. Me tocó, por tanto, ponerme en marcha yo solito pensando en avisarles a través del móvil, para que me esperaran en el reagrupamiento de Terrassa, al comienzo del Coll d’Estenalles. No hizo falta. Por fortuna, el Seve, entretenido por una llamada del Marc (que también le pilló el toro y nos alcanzó por la Avenida del Vallés), venía por detrás y me alcanzó a la altura de El Papiol, cubriendo ambos con paz y armonía, los 20 kilómetros que nos separaban hasta el mencionado reagrupamiento del Terrassa.

La historia de la ascensión al Coll d’Estenalles, la escribieron un grupito formado por el Marc, el Pastillas, el Miguel, el Albert (el hijo del Fede) y no recuerdo si había alguien más incrustado entre ellos, pero fueron los componentes de este mencionado grupito los que nos pasaron mediada la ascensión como alma que lleva el diablo (unos cuantos arrancamos antes para subir al tra, tran). No pregunté quién fue primero en la cima porque, decidido a guardar para que mis piernas no tuvieran que pedir clemencia en la ruta de regreso, opté por no detenerme en el reagrupamiento y hacerlo después del duro repecho de la Uve (el Coll del Lligabosses).

Así lo hice; llegué al punto mencionado y, lo anecdótico del momento fue que, poco después, llegó un joven muchacho que no llevaba la ropa del Velo, y me preguntó cuánto faltaba para llegar al sitio. No lo reconocí y le pregunté si venía con nosotros. Era el Albert, el hijo del Fede. Más tarde, hablando con el me explicó que conocía a Arantxa y que habían coincidido en algunas carreras y que incluso había entrenado con ella en alguna ocasión. Feliz coincidencia.

Reagrupados de nuevo, descendimos los cuatro kilómetros que nos separaban de Monistrol de Calders, que nos sirvieron para relajar nuestras piernas después de los casi 60 kilómetros recorridos (algunos menos en lo que a mí respecta) y con “un desnivel acumulado” de 1180 m. (está de moda y es lo que se lleva).

Puestos y aposentados en el restaurante, nos ofrecieron por nueve euros, un descomunal “almuerzo ciclista”, compuesto por; butifarra y judías, panceta, patatas fritas, dos huevos fritos y pan con tomate; acompañado por la consiguiente bebida (vino, cerveza, cocacola, etc.) y el respectivo café. El festivalazo fue tremendo, aunque, todo hay que decirlo, algunos optamos por algo menos pantagruélico y pedimos una simple tortillita o unas lonchitas de jamón con un poco de pan con tomate.

Aun sin tener grades dificultades, después de los 65 km cubiertos en la ruta de ida y de los 1.180 m. de “desnivel acumulado”, los 65 km de que constaba la ruta de regreso causaban un cierto respeto (no para todos). Se temía el calor. Pero por fortuna un cielo cubierto de una finísima capa de nubes, evitó que nos achicharráramos y tuvimos un regreso mucho más plácido de lo que esperábamos. Ya de salida, se fueron por delante los “gallitos de pelea”, o sea, Marc, Pastillas, Albert, Miguel (pibe 2), etc. mientras que, por detrás un generoso Rafa, llevó en carroza de plata, a un numeroso pelotón. Fueron 23 km, hasta Castellar, tirando del grupo sin recibir ni un solo relevo. Todo un regalazo.

Después de reagruparnos en Castellar, cubrimos con paz y armonía los 13 o 14 km hasta S. Quirze, donde hubo la última escaramuza de la jornada, en la ascensión a Can Viver, protagonizada por los susodichos gallitos, Pastillas, Marc, Pibe 2,y no sé si algún otro entre ellos.

Decía con anterioridad, que “no a todos” les causaba respeto la ruta de regreso. Tanto es así que, llegados a Rubí, el Marc, el Pastillas, el Miquel y el Pibe 2, decidieron desviarse hacia S. Cugat, para regresar por Les Planes y Vallvidrera (dichosos ellos).

El resto, a buen ritmo y sin entretenernos, llegamos a Molins donde, como de costumbre y con las endorfinas a tope, me despedí de los compis.

Para el domingo próximo la excursión está programada al Coll del Bruc. Pero ¡ojo! En esta ocasión para la ida se ha elegido una ruta inédita y la emboscada que nos han preparado (no sé si el Dani, el Seve o los dos juntos, no tiene desperdicio. Después de los primeros 50 km. hasta El Borrás (Castellbell y Vilar), nos espera una ascensión distendida en sus primeros 7 km. hasta Marganell donde la ascensión se endurece hasta alcanzar un desnivel del 10% en el último de los 18 kilómetros de ascensión, en total 1.066 m. de desnivel acumulado (ver perfiles).

Pero como todo lo que se asciende luego se desciende, la ruta de regreso será plácida, con sus 50 km de descenso continuado.

Y me despido hasta la próxima con mi recomendación de siempre para que luego nadie diga que no lo sabía o que no se lo han dicho. Nuestro mecánico de confianza, Rafa Marco, además de tener manitas de plata para dejar las bicis a punto, ofrece un 10% de descuento en material y Mano de obra a los socios del Velo.

Un abrazo y hasta la próxima

Cinto, el viejo globerillo