CRÓNICA ALMUERZO SOCIAL

12. feb., 2020

ASÍ ES LA VIDA

     En una residencia para jubilados, cierta vez se hizo una especie de concurso. Separaron a los maridos de sus esposas y a estas se les formuló una pregunta. Acto seguido se les hacía a ellos la misma pregunta y se comparaban los resultados.

     Cuando a una de las mujeres le preguntaron: “¿Cuánto tiempo hace que su marido le ha dicho por última vez que la quiere?”, la señora contestó “Cuarenta años”.

      Cuando hicieron entrar a los hombres, el marido de aquella señora respondió a la misma pregunta sin la más mínima vacilación: “Cuarenta años”. Luego añadió: “Le dije entonces que la quería y que si alguna vez cambiaba de opinión se lo haría saber”

 

     LA HISTORIA

     Corría el mes de septiembre de 1954, mes en el que a la sazón, se disputaba la “Volta a Catalunya”. Como cada año era habitual que la llegada de la última etapa, tuviera lugar en el “clásico” circuito de Montjuic. El pelotón accedía por la Avenida de la Exposición desde plaza de España, giraban al izquierda por la Avenida de Rius i Taulet, ascendía por la “Font del Gat”, giraba a la derecha en dirección al Estadio y descendencia en dirección al Pueblo Español para pasar de nuevo por la Avenida de Rius y Tulet.

     Este circuito, en el que algunos años más tardes tuve ocasión de competir varias veces, constaba de unos seis kilómetros aproximadamente, y en esa última etapa de la “Volta”, los corredores, después de un recorrido de más de cien kilómetros, solían dar diez o doce vueltas 

     Era costumbre pues, que el domingo en el que la Volta a Catalunya llegaba a Montjuic, los chicos de la “Colla del Diego” se reunieran, poco antes de las seis de la mañana, en la Plaza Española de L’Hospitalet.  El plan consistía en coger el primer metro que salía a las seis en punto de la estación de Santa Eulalia (en la que  comenzaba la única línea de metro que existía), para apearse en la estación Plaza de España y entrar en el circuito antes de que lo cerraran para no tener que pagar las diez pesetas que costaba acceder una vez quedaba cerrado (son muchas las anécdotas que podría contar sobre este particular).

       Aquel año mi hermano (seis años mayor que yo, al que adoraba y era mi modelo a seguir, como ya expliqué), me llevó consigo a ver esa última etapa de la Volta. Todo un privilegio a mis diez años, que guardo en la memoria como si lo hubiera vivido ayer mismo. Y fue  así como conocí a todos los componentes de la “Colla del Diego”, la mayor parte de ellos por su mote.

     Y por citar a algunos empezaré por los hermanos Juan y Antonio Críspulo, conocidos como los hermanos “pájara”. Al “Pela” que el llamaban así porque en el mercado de Collblanc vendía limones y ajos a “pela la pila” (a una peseta el montoncito). El “Alpargatas” que carecía de zapatillas y pedaleaba con alpargatas de esparto. Al “Menta” que llevaba menta y agua en el bidón. Al Cantería, al que llamaban el “Suéter” porque se dedicaba a fabricar jerséis. Al “Cuerda” que le llamaban así porque llevaba el sillín de la bici atado con una cuerda para que no se le aflojara. El “Fotre” que estaba muy gordo. A mi cuñado Isidro que por aquel entonces aún no conocía a mi hermana y que compitió un par de años y le llamaban el “Doña pelos” porque tenía las piernas super peludas y no se las afeitaba. A su hermano, el entrañable “Maravillas”. Al Barril, padre del actual socio Javier Barril. Al “Juan de los pollos”, alma mater del Velo, fallecido no hace mucho. Al Pagán, al “Rubio”. Al Juan “Cacharro” que se dedicaba a vender utensilios de cocina por los mercadillos. Al “Americano” quien retomó el ciclismo años después. Al Gelabert, que le llamaban “El Lápiz”, pero ignoro el motivo… En fin, mis queridos amigos y amigas, es posible que me olvide de alguno, pero estoy seguro que con los nombrados y sus motes, será suficiente para  haceros una idea cómo era la “Colla del Diego”.

      Era la primera vez que yo presenciaba una carrera ciclista en directo y la etapa de aquel domingo la ganó nuestro campeón y gran sprinter, Miguel Poblet, profesional entre 1944 y 1962 (nada menos que 18 años), fallecido el 6 de abril del 2013 a los 83 años, quien se adjudicó cuatro de las etapas de aquella “Volta” y que pertenecía, no lo vais a creer, a la sección de ciclismo profesional del R C D Español, esponsorizado por la empresa de ciclomotores Mobilette G A C. Naturalmente fu partir de ese día fue uno de mis ídolos El vencedor de la “Volta” fue el italiano Walter Serena, profesional entre los años 1952 y 1957, en los que consiguió cuatro victorias. Falleció el 19 de agosto de 2011, a los 83 años. El segundo clasificado, a 1’40”  fue Alberto Sant del equipo Peña Solera Cacaolat (Del que no tengo noticias si aún vive) y tercero Miguel Poblet, a 7’47”

       Continuará.

   

 LA CRÓNICA

     Mucho me temo, mis queridos amigos y amigas, que la crónica de esta semana, además de una cierta brevedad, por los motivos que a continuación explicaré, voy a tener que hacerla casi toda en primera persona.

     Puesto que según mis cálculos, y no suelo equivocarme, el grupo tarda unos 35 minutos en llegar a Molins de Rei desde el mercado de Collblanc,  acostumbro a salir de mi casa de Corbera a la misma hora que lo hacen ellos desde la plaza. Esto me da suficiente margen para cumplir con todos mis  rituales de cada domingo: Desmontar la rueda delantera y cargar la bici en el coche. Bajar hasta Molins de Rei y aparcar frente al Mercadona. Descargar la bici, montar la rueda, comprobar la presión de los neumáticos, comprobar si funciona el cuenta kilómetros, calzarme las zapatilla, ponerme los botines (uno  amarillo y otro azul), embadurnarme la cara con el filtro solar (recomendado encarecidamente por mi dermatóloga, sea invierno o verano), ponerme el pañuelo pirata, ajustarme el casco y las gafas protectoras, ponerme los guantes ya sean los de verano o los de invierno y, por último cerrar el coche.

     Después de todos estos rituales, que suelo seguir escrupulosamente como si de un acto ceremonial se tratara,  todavía tengo un margen de varios minutos antes de que llegue el grupo. Minutos que acostumbro a ir calentado, piano, piano, hasta que me alcanzan.

      Sin embargo, en esta ocasión, sucedió un imprevisto que me hizo perder gran parte de ese tiempo del que dispongo cada domingo para cumplir con mis rituales. Aunque, para ser sincero, debo decir que, a pesar del contratiempo, estos rituales no dejé de cumplirlos con la misma escrupulosidad de siempre.

     Ocurrió, que después de darle el consabido beso de despedida, a la de media melena, cuyo nombre conocéis de sobras, al coger la bici me encontré con la rueda trasera pinchada. Estupefacto, dejé escapar un reniego. Miré la rueda de nuevo, pero, a pesar del reniego,  esta siguió pinchada.

     Recordé entonces un viejo y sabio refrán que me enseñó el señor Emilio, mi maestro de la escuela franquista a la que tanto odié (al maestro también), que dice “Vísteme despacio que tengo prisa”. Así que, con la calma y sin agobiarme, cambié la cámara, comprobé que no quedara pellizcada por la cubierta y una vez reparado el pinchazo, bajé a Molins con la misma calma.

     Encontrábame pues, descargando la bici cuando pasó el grupo por delante de mis narices. Bastó un grito de alerta y un “Esperadme arriba” para alertarles de mi presencia, y seguí cumpliendo con mis rituales.

     Una vez me puse en marcha, como en esta ocasión no podía formar ni dúo ni trío, me convertí en el Llanero Solitario en busca del séptimo de bicicletería, que no era mas que la buena gente del Velo. Mi cabalgada en solitario fue a un ritmo regular y faltando unos quinientos metros para coronar Los Once, sonó el móvil, pero intuyendo que era el Seve quien llamaba para saber por dónde andaba, decidí no atender la llamada sopesando que tardaría más en parar y responder que en cubrir el tramo que me faltaba por llegar. A penas dejó de sonar el teléfono, cuando le divisé que bajaba, quizás alarmado por mi tardanza o  por mi falta de respuesta. Una vez llegué arriba, comprobé con satisfacción el gran compañerismo que prevalece en nuestro club, con todo el grupo esperándome en la cima de Los Once. Allí estaban, además del Seve, el Raúl, el Oscar, el Pastillas, el Miguel, el Marc Ortega al que hacía tiempo no le veíamos, el Perona, el Rafa y Jjmkirocs, nuestro nuevo socio, amigo y compañero.

     El descenso hacia Terrassa, Sabadell y San Quirze, fue plácido y tranquilo. En el restaurante nos esperaban el Bartolo, el Balbis y el “Dúo Clavera (léase hermanos Monsó). Poco después llegaron el Nico y Cristina.

     Transcurrió nuestro delicioso y suculento ágape matutino reponedor de fuerzas, algunas exhaustas, otras no tanto, con gran satisfacción de los 15 comensales allí presentes. No faltaron los chistes malos, ni la tertulia amena, además de las típicas fotos que dejan constancia de que, como vulgarmente se dice, “nos ponemos  las botas”.

      Después del “sagrado deber cumplido”, se tomó la típica foto de familia en las típicas escalinatas donde suele tomarse cada años en esta típica salida del mes de febrero.

       Y es en este punto, mis queridos consocios y consocias del Velo, donde debo finalizar la crónica de esta semana. Me entristece no poder contar lo que aconteció en la ruta de regreso ni como se desarrolló la batalla que seguro tuvo lugar en la ascensión al Forat del Vent. La razón no es otra más que, por una vez y sin que sirva de precedente, no me sentí demasiado bien durante el almuerzo. Tuve una ligeras molestias intestinales que me hicieron renunciar a parte de mi bocadillo. Por tal motivo y para evitar males mayores, decidí regresar por la ruta más corta, junto al Nico y Cristina.

      Espero sepáis disculparme.  Y también espero estar a la altura de las circunstancias en la próxima excursión a Las Carpas, en la que tendrá lugar el clásico almuerzo social de principio de temporada.

     Hasta pronto, un fuerte abrazo a todo/as.

     Cinto, el viejo globero.

 

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