LA APARENTE MUERTE DE LA AMA DE FONTALLADA

En los viejos papeles de noticias del Penedés encontramos recogida, a modo de leyenda, la de un lúgubre entierro en vida; el caso de la ama de Fontallada. Por el tono medio irónico con que la recogen los  viejos papeles, podríamos llegar a creer que los autores nos narran una ficción, pero, también podríamos creer que el relato vendría a ejemplificar una ancestral temor tan antiguo y común como la misma humanidad: el miedo ser enterrado en vida.

Fontallada es una milenaria masía olerdolense en el término de San Pedro Molanta que a pesar de que hoy lleve otro nombre, los más viejos de la región todavía lo conocen por la antigua denominación. La historia tiene lugar cuando a mediados del siglo XIX todas las tierras del Penedès fueron invadidas por la gran epidemia del cólera. La terrible enfermedad no hizo distinciones entre jornaleros y dueños, sino que atacó a todos, ricos y pobres, niños, jóvenes y viejos, todos por igual sin que se librara nadie. Durante muchos años la tierra fue condenada, sin brazos para trabajarla y aún, pasada la cruel epidemia, el hambre se esparció por el territorio como una segunda peste y provocó tantas muertes como la primera. Aquella primavera, el cólera, a pesar de todas las precauciones conocidas: prohibición de recibir dentro de la masía desconocidos y forasteros, encendido de hogueras con hierbas de olor por todo alrededor de la posesión, etc., a pesar de todas estas medidas profilácticas, también irrumpió en la bien protegida y rica posesión de Fontallada, haciendo estragos entre sus habitantes, agricultores, jornaleros y propietarios. De entre ellos fue muy sentida la muerte de la joven y hermosa ama de la masada. Se cuenta que era tan sobresaliendo la riqueza de los dueños de Fontallada que al morir la dueña el desolado marido dispuso que la esposa fuera enterrada con su suntuoso ajuar de novia, así como también, y sobre todo, con las preciosas pendientes de pedrería que le había regalado por noviazgo y que ella lucía con ostentación tantas veces como tenía ocasión. La noticia del desuso e irreflexivo entierro esparciose por la región como la misma peste y al evento asistió una gran multitud, a pesar del temor que provocaba la proximidad de un cadáver que había contraído la peste. Y como era de esperar, y a pesar de la ancestral miedo al contagio de la temible enfermedad, pocos díasdespués de que la ama fuera depositada en la sepultura en el cementerio de San Pedro Molanta, alguien escaló la tapia del cementerio esbozando la tumba con intención de llevarse las joyas de la dama: el canalla arrancó sin miramientos los pendientes de las orejas de la muerta, pero todo fue completar la acción como de la boca de la aparente difunta salió un escalofriante grito de dolor, la dama estaba viva. Cuentan aquellos viejos papeles de noticias de los días de la peste, que tan grande fue el terrorífico susto de los profanadores, que uno de ellos cayó allí mismo, en los pies de la tumba, herido de muerte. El resto de la banda, aterrados, salieron del cementerio profiriendo tal alboroto de gritos y lamentos, que despertaron el enterrador, habitante de una caseta adjunta al muro del cementerio, el cual, en la creencia de que era su vivienda la que era asaltada, tomó el arma colgada al borde de la cama y la emprendió a tiros con los desventurados profanadores, a dos de los cuales acertó. Al día siguiente, la noticia del asalto a la tumba de la ama de Fontallada era noticia por toda la comarca. La justicia se tomó aquella profanación como una ofensa contra toda la comunidad, y quiso dar escarmiento ejemplar por lo que en adelante pudiera llegar a pasar. Así que encomendó a los mozos de la Escuadra de Vilafranca que emprendieran una encuesta por todo el territorio. La encuesta, llevada a cabo, con toda la severidad y rudeza, habitual en este cuerpo policial, se resolvió en el encarcelamiento de un par de jornaleros de la villa vecina del Arboçar de arriba, los cuales al ser detenidos presentaban heridas que podían haber sido causadas por el arma del enterrador. Ambos fueron llevados a juicio, y sin demasiados miramientos ni otros entremeses, declarados culpables y condenados a garrote bajo la acusación de profanación de sepultura. Aquel caso de la ama de Fontallada es la última noticia que se tiene en todo el Penedès de un entierro en vida, y fue tal la alarma y el susto que causó el evento entre la población, que el hecho , verídico o no, convertido en cuento o leyenda, ha llegado hasta nuestros días.

Cinto