9. feb., 2022

Texto

Hola, mis querido/as amigo/as, como según se dice que quien promete, en deuda se mete, aquí me tenéis de nuevo con ánimos renovados, para mortificaros con mis crónicas y mis cuentos y leyendas.

Dadas las circunstancias de mi convalecencia prostática que de momento me impide acompañar al grupo con la bici y me obliga a hacerlo en coche, mi crónica de esta semana va a ser corta. Pero para paliar esa cortedad os voy a compensar narrando una leyenda de un gran campeón (el tercero en discordia entre los grandes Coppi y Bartali), al que la gran tragedia de una cruel guerra mundial, maltrató injustamente. Espero que la disfrutéis.

 

La leyenda de Fiorenzo Magni

Cuando en 1949 Orson Welles se asoma a las pantallas de todo el mundo como Harry Lime, la prensa italiana encuentra la definición perfecta para Fiorenzo Magni: el tercer hombre. El que siempre permanecerá a la sombra de los inmortales Coppi y Bartali. El de la vida vergonzante, el pasado turbio. El de los éxitos extraños, el estilo tosco, la imagen sin glamour. Fiorenzo Magni, el tercer hombre. Y, sin embargo, este desconcertante ciclista también podría ser otra de las obras de Welles: F for Fake (1973), una historia de espejos y engaños donde nunca nada es lo que parece…

Y ¿quién fue realmente Fiorenzo Magni? El 24 de febrero de 1947 era nada menos que un hombre declarado no culpable por un tribunal de Florencia, acusado de delitos de sangre. Delitos que parecen muy lejanos a un deportista de élite. Pero a Magni le gustaba el negro, y eso lo definía casi tanto como la bicicleta. Camisas negras, símbolos del Estado fascista, de las fuerzas paramilitares de Mussolini. "El que vota por la Democracia Cristiana vota por Bartali, el que vota por el MSI (el partido neofascista italiano) vota por Magni", reza una pintada en la Roma de 1951. Fiorenzo era la imagen de todo aquello que Italia quería olvidar, pero nunca pudo en los agitados años de la posguerra.

Cuatro años antes de aquel juicio, en octubre de 1943, Italia estaba partida en dos. Tras la intervención aliada en Sicilia y la deposición de Mussolini parecía que la caída del régimen fascista sería sólo cuestión de tiempo. Pero Hitler tenía otros planes, y, con una operación alucinante ejecutada por Otto Skorzeny en pleno Gran Sasso, liberó a Mussolini y proclamó, poco después, la República Social Italiana o República de Saló. Un régimen títere de los nazis que gobernaba el norte de la península. Era el comienzo de la sangrienta guerra civil que asolaría Italia durante los dos años siguientes y cuyas heridas aún sangran en el corazón de la bota.

Era, también, el punto de partida de multitud de enfrentamientos armados entre tropas paramilitares fascistas y grupos de partisanos. Uno de esos choques, uno de los más dramáticos, se conoce como la "Masacre de Valibona".

"Fue él", decía la viuda del partisano Laciotto Ballerini, "fue Magni, el de Prato, el ciclista, quien mató a mi esposo, el que días después fanfarroneaba orgulloso de haberlo asesinado". Su marido había caído víctima de una emboscada en Valibona, una pequeña colina aislada en las inmediaciones de Calenzano, donde un grupo de partisanos dirigidos por el propio Ballerini y el inglés Stuart Hood fueron sorprendidos por una cincuentena de fascistas armados el 3 de enero de 1944. Tres partisanos cayeron en Valibona, y otros cinco fueron capturados y torturados horriblemente. Y allí, vestido de negro, participando activamente, estaba Fiorenzo Magni, el corredor. O, al menos, eso decía la viuda de Ballerini.

En contra del ciclista hablaban sus ideas y su pasado. Magni no solamente era declarado fascista, sino que había tenido conexiones con la llamada Banda Caritá, un grupo armado que actuaba con violencia inusitada, de la mano de los nazis, en la Toscana. Algunos dicen que la Banda Caritá llegó a interceptar a Bartali en uno de sus viajes hasta Asís, esos en los que llevaba documentos que salvaron la vida a más de 800 judíos. Que sospechaban del piadoso Gino, y que al final lo dejaron marchar. Quizá, de ser cierta esta historia, fuera el propio Magni quien salvó la vida de Bartali. O quizá sea todo leyenda.

Con estos datos no es de extrañar que Magni fuera uno de los 24 antiguos fascistas que fueron formalmente acusados por la Masacre de Valibona. Entre los testimonios del juicio destaca el de Alfredo Martini, también ciclista, luego legendario seleccionador de Italia durante décadas y hombre muy respetado por su integridad moral, que había sido combatiente partisano durante la guerra. Su relato en el juicio fue escueto, con palabras muy medidas, con silencios extraños que parecían esconder una verdad no revelada. Al final el tribunal declaró a Magni no culpable por falta de pruebas. No fue a la cárcel, pero cargo con la condena popular toda la vida. A ojos de la sociedad había sido uno de los pistoleros de la Masacre de Valibona.

Al menos hasta 2010. Ese año se desclasifican documentos oficiales presentados durante el juicio que dan una imagen completamente diferente del proceso y del propio Magni. En ellos se lee que Fiorenzo había participado activamente en la lucha antifascista, prestando un notable servicio a la causa de la Liberación. Que había llevado en su bicicleta, igual que Bartali, documentación valiosa para los partisanos. Que había resultado una ayuda preciosa para dicha labor en la zona de Toscana y Monza. Y que la historia del ciclista del fascio, del pistolero sobre ruedas, del asesino desalmado era incierta. Al menos matizable. Al menos digna de reescribirse.

Pero Magni también era el tercer hombre. Porque Magni fue ciclista, pero fue ciclista al mismo tiempo que Bartali y Coppi, Coppi y Bartali. Fue ciclista cuando solamente podían existir dos ciclistas, en una Italia bipolar donde los amores se repartían solo entre dos corazones. Él siempre tuvo que conformarse con ser el tercero...

Y eso que Magni fue un pionero, un innovador que llevó al mundo de las dos ruedas mecenas ajenos a bicicletas o neumáticos. En 1952 la marca de cosméticos Nivea desembarcó como copatrocinadora primero y espónsor principal después, de la escuadra ciclista donde corría Fiorenzo. Sus compañeros se burlaban de él; el hombre calvo y desgarbado, de modales ariscos, era tomado como imagen de una empresa para el cuidado de la piel. Magni escuchaba y callaba, sabía que los tiempos estaban cambiando, que Alcyon, Dunlop o Peugeot ya no serán los únicos nombres en las carreras. El futuro le dió la razón, y hoy son cientos los sectores empresariales que han vuelto sus ojos al ciclismo como vehículo de promoción.

Y Magni fue, más que cualquier otra cosa, un atleta del sufrimiento. Cuando todo parecía perdido, cuando las condiciones eran más adversas, sacaba fuerzas de flaqueza y continuaba adelante. Como los flandriens: cuanto peor, mejor. Quizás por ello ganó tres veces seguidas el Tour de Flandes, por tener esa misma mentalidad guerrera, ese pedalear a riñones, con fuerza bruta más que técnica, ese mismo orgullo de león herido. El León de Flandes, aquel también fue Magni.

Una imagen reflejará perfectamente su personalidad, una en la que se aparece pedaleando sentado sobre su bicicleta, con cara de esfuerzo agónico y un trozo de cuerda atado al manillar y sujeto fuertemente con los dientes. Es el Giro de 1956, el de Gaul y el Bondone, y Magni se había roto la clavícula en una caída. Renuente a abandonar, llevó el manillar cogido literalmente con la boca para poder guiarlo, para poder aguantar mejor el dolor, para no ascender los puertos dolomíticos gritando en mitad del gentío de aficionados. En Milán será segundo de la general y ganará, al fin, la admiración de todos.

La admiración, esa que no había conquistado antes con victorias más esbeltas, como sus tres generales del Giro de Italia (claro que en 1948, decían sus detractores, ganó gracias a los empujones que sus seguidores, formando una cadena humana perfectamente organizada, le dieron en el Pordoi), sus tres campeonatos italianos (claro que sus gregarios le remolcaban durante kilómetros y kilómetros al principio de las etapas) o los diecisiete parciales en grandes vueltas (claro que muchas de ellas fueron al beneficiarse de su habilidad descendiendo). Quizá esa admiración se había quedado por el camino porque siempre, siempre, la sombra de la política aparecía de por medio. Como en 1951, cuando durante el Mundial celebrado en Verona el mejor gregario italiano, Bevilacqua, no quiso ayudarle porque "no era italiano, era fascista". Magni quedaría segundo aquel día, y Bevilacqua tercero. O como cuando aún en 2009 surgieron agrias protestas por la utilización de una fotografía suya para ilustrar el centenario del Giro de Italia. Seguía siendo el ciclista del negro.

Incluso la fortuna aguijoneó poco a poco un palmarés fabuloso que pudo ser mayor con la guinda del Tour de 1950, cuando la selección italiana abandonó después de que unos energúmenos la tomaran a golpes con los transalpinos en el Col d´Aspin. Aquel día los italianos fueron recibidos a botellazos y pedradas por algunos espectadores que acusaban a Bartali de haber provocado la caída de Jean Robic, pequeño, bretón, ídolo de toda Francia. Protesta italiana y retirada en bloque de todos sus ciclistas que nadie lloró más que Fiorenzo Magni, maillot amarillo en aquel momento y serio candidato a la victoria en París. Sus súplicas no fueron atendidas ni por Bartali ni por Binda, el seleccionador. "Continuaré solo", decía el líder, pero al final tuvo que marcharse con el resto del equipo a Italia. Rabia infinita por no saber dónde podría haber llegado. Jamás pudo tener oportunidad igual en el Tour.

Ese era Fiorenzo Magni, un ciclista anómalo, un enigma humano. Alguien que tuvo que ver cómo se estrenaba un documental sobre su persona cuando aún estaba en activo, en el año 1951. ¿El título? Por supuesto: Fiorenzo, il terzo uomo.

 

LA CRÓNICA

Pues empezaré mi crónica diciendo que fue un excelente comienzo de temporada la excursión del pasado domingo, día seis, programada al siempre agradable y holgado espacio del emblemático Casal Cultural y Recreativo, de Castellbisbal.

El día amaneció limpio y despejado y aunque, a primera hora de la mañana el fresquito se dejaba notar, a medida que fue avanzando el día, la temperatura se suavizó y, aunque por motivos familiares, no pude acompañar al grupo, no cabe la menor dudad de que  en la ruta de regreso por S. Cugat y Las planas, se hizo agradable.

 Aunque eché de menos a algunos que últimamente suelen aparecer con cierta frecuencia, fuimos nada menos dieciséis, los socios que participamos en esta primera excursión. Doce de ellos lo hicieron en bici: a saber; seis que se reunieron en Collblanc, el Sergi, el Blas, el José. Monsó, el Nico, el Seve con cara de pena (mirar la foto de los seis) y el Oscar. El resto del grupo; el Antonio (amigo del Sergi), el Jorge Rosa (vieja gloria de la fundación del Velo, al que supongo que muchos de vosotros ya debéis de conocer por haber asistido varias veces al Memorial Albert Balbis), el Fede, el Miquel, el Perona y el Jordi Monsó, se incorporaron sobre la ruta. El resto fuimos los acompañantes, el Dani con su madre la gentil Isabel, a la que siempre es un placer saludar, el Manel con su “falo” léase moto” y el Cinto, que convaleciente de su operación de próstata, deberá esperar algunos días para volver a retomar la bici (lo cuento como si no fuera conmigo ¡Qué moral tienes Cinto!)

Dadas las circunstancias sólo pude ser testigo del esprint en el reagrupamiento del Congost y de la batalla de la ascensión por la carretera de Los Once, hasta el cruce de Castellbisbal (Turó de can Canyadell, se llama ese cruce. Que lo sepáis)

Apostado en el Congost con el teléfono en ristre, preparado para sacar buenas fotos, fui testigo de un apretado esprint entre el Oscar y el Nico, en el que el primero batió al segundo (siempre pasa lo mismo; el primero siempre bate al segundo). No muy atrás venían el Seve, el Miquel y el Fede con el Perona muy cerquita. Luego con ligeros intervalos llegaron el Rosa, el amigo Antonio, el Sergi y el Blas. El dúo Calaveras (hermanos Monsó) no tuve ni idea de por donde andaba, hasta que en el cruce de Castellbisbal vi aparecer al José. Al Jordi lo encontramos en el Casal.

La batalla que tuvo lugar la ascensión hasta el cruce de Castellbisbal; cerca de siete kilómetros con una media del 3,26 % de desnivel, un desnivel máximo del 9% en el principio y un índice de fatiga del 104, 68. (Esto último no sé lo que significa, pero como lo pone en el perfil de la ascensión, pues lo pongo y punto. Si alguien lo sabe, que me lo explique). Como decía, la batalla que tuvo lugar en la mencionada ascensión fue muy bonita. Desde el principio se destacaron los dos más fuertes del grupo, o sea el Oscar y el Nico. Por detrás se formó un trío con “Los tres Caballeros”, el Seve, el Miquel y el Fede. A cincuenta metros escasos venía el Perona que no consiguió empalmar con ellos, y por detrás, separados entre sí, el Antonio, el Sergi, el Rosa y el Blas.

Mediada la ascensión, con el Nico en cabeza, el Oscar empezó a tener dificultades para seguir su rueda. Pero, aunque como suele decirse, el Nico lo llevaba con el gancho puesto, no acababa de soltarlo del todo y durante un par de kilómetros se mantuvo el Oscar a dos o tres metros por detrás. Fue en el último kilómetro cuando tuvo que claudicar alejándose el Nico, definitivamente. Una bonita batalla sin duda.

Después de ellos apareció el trío “Los tres caballeros”, con los ya mencionados el  Seve, el Miquel y el Fede. Llegando al cruce, en un bonito esprint arrancó el Miquel (en mi opinión demasiado pronto) para batir al Seve, pero este, que tiene mejor llegada, le cogió rueda y lo sobrepasó holgadamente. Luego llegaron, el Perona. El Antonio, El Sergi, el Rosa y el Blas.

Nos encontramos en el Casal con el Dani y la Isabel y con el Jordi Monsó, con quien suelo reírme muchísimo por las “profundas reflexiones” a las que llegamos él y yo, como consecuencia de los diálogos para besugos que mantenemos. Todo un festival. Sin embargo, el verdadero festival fue el disfrute de tan buena compañía, la siempre agradable tertulia, los recuerdos compartidos con  el amigo Jorge Rosa y ¿qué más os puedo decir? Respeto las motivaciones de cada uno; la bici se puede disfrutar de muchas maneras, pero en mi caso una de las cosas que más me motiva (además de que siempre me ha gustado ser competitivo), es el rato compartido en la tertulia. Para mí, no tiene precio.

Y por hoy esto es todo. Espero que hayáis disfrutado con la leyenda de Fiorenzo Magni (Magni, en italiano se pronuncia Mañi) y también espero pronto recuperado del todo para acompañar de nuevo al grupo con la bici y volver a sentir el placer de pedalear.

Un abrazo y hasta la próxima.

Cinto.