29. abr., 2022

Texto

Cuenta la tradición, que cuando los guerreros cristianos pretendieron arrebatar el Penedès a los sarracenos invasores, entre otras contiendas, sostuvieron una cruenta y ardua batalla cerca de las montañas de la actual aldea de Valldossera, entre Pontons y el Pla de Manlleu, hoy prácticamente abandonada. Hacia el final del combate, cuando por la riera que lleva el mismo nombre de la antigua villa de Valldosera, el agua ya bajaba roja, teñida por la sangre de los contendientes y las matas del cauce habían mudado del verde al rojo, los cristianos, viéndose perdidos, se les ocurrió un último ardid antes de abandonar el campo de batalla. Poseedores como eran de un gran rebaño de bueyes, dándose cuenta de que la noche avanzaba por el oeste como una capa negra, ataron unas resinosas teas en los cuernos de los animales, y cuando la oscuridad invadió totalmente la sierra, prendiendo fuego a las teas, aviaron a las bestias montaña arriba contra la villa sarracena. Los sarracenos cayeron en la trampa y creyendo que los resplandecientes luminarios correspondían a tropas de refresco que acudían para ayudar a la masnada cristiana, presos de terror huyeron asustados sin darse cuenta de que, quien los embestía, era la ciega y obstinada furia de los bueyes y no las espadas enemigas.

Mucho tiempo después de aquella inclemente batalla, cuando los nuevos colonos ya se habían instalado en la región, durante muchos años, al labrar los campos de la antigua batalla, los arados sacaban de la tierra los huesos pelados de los hombres, musulmanes y cristianos, que murieron en la trágica contienda, y dieron a aquella tierra el nombre que todavía lleva hoy: Vall—d’ossera (Valle de los huesos). Muy cerca del poblado donde se libró aquella encarnizada y cruel batalla de los bueyes, cuentan los más viejos del lugar, desde Mediona a Sant Martí Sarroca y La Laguna, que, sobre las paredes de la cueva del Bolet, en el municipio de Mediona, bien adentro y no de parte de fuera, en un pasillo que hoy los regulares rerrumbes del techo han obstruido, hace muchos años podían admirarse una serie de extrañas figuras de hombre pintadas de color rojo. Pocos se habían atrevido a entrar para verlas de tan estrechos y soterrados como eran los pasillos. Un viejo dicho advertía que aquellos que estorbaran a los hombres rojos pintados en la roca, caerían en la desdicha para siempre, y tendrían un terrible castigo. Este dicho, arguye que las figuras eran guerreros sarracenos encantados, que en la profundidad telúrica de la cueva, hacían guardia de un inmenso tesoro. El tesoro que, debiendo huir perseguidos por las huestes cristianas, los antiguos habitantes sarracenos tuvieron que ocultar, en la creencia de que, pasado un tiempo, cuando los guerreros se retiraran, podrían volver a la Villa. Precisamente para custodiar este tesoro, habían dejado allí a aquellos hombres encantados, con una advertencia que habían dejado escrita en su lengua:

 لا يجرؤ أحد على الاقتراب من الرجال الحمر ؛ لعنة القرون تسقط على رأسه

A yajru 'ahad ealaa aliaqtirab min alrijal alhumur ; laenat alqurun tusqut ealaa rasih.

 

Supongo que os habrá quedado claro ¿no? Pero bueno, por si no os ha quedado claro, traduzco.

«Que nadie se atreva a acercarse a los hombres rojos; la maldición de los siglos caerá sobre su cabeza».

Sin embargo, pasados ​​muchos años, cuando se olvidó la maldición y ya nadie se acordaba de los antiguos pobladores, que nunca más volvieron, un audaz pastor, sin nombre ni casa que se recuerde, se perdió por aquel laberinto en búsqueda de un corderito esparcido. Siguió el animalito, que despavorido, balaba ante él, y por dificultosos pasillos llegó hasta los hombres rojos. Primero, a la luz de la antorcha, se dio un gran susto, pero enseguida vio que aquellas figuras rojas que le contemplaban eran dibujos pintados en la pared. Enseguida que se rehízo, enfadado consigo mismo por haberse asustado de unas figuras, recogió una roca de tierra y la emprendió con los hombres dibujados, golpeándolos y resquebrajándolos. Golpeó las figuras y hendió la pared de roca y entonces descubrió, esparcido por el suelo, el brillante tesoro que los sarracenos habían abandonado, una inmensa fortuna en oro y plata, que enriqueció de por vida al intrépido pastor.

Esto es lo que cuenta la leyenda mis querido/as amigo/as, que, como toda leyenda, está basada en hechos naturales o sobrenaturales o en una mezcla de ambos. Y ¿quién sabe dónde termina la realidad y dónde comienza la leyenda?