3. may., 2022

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BANDOLEROS; ¿HÉROES O LADRONES?

El bandolerismo, con una base popular y aristocrática, tiene sus orígenes en la crisis de la baja edad media, aunque el período de su máxima intensidad lo encontramos entre 1540 y 1640 para iniciar su declinación en la segunda mitad del siglo XVII.

La violencia era una práctica frecuente en la Cataluña de la Edad Moderna. Los bandoleros no eran ningún tipo de Robin Hood a la catalana, no daban el botín a los pobres, a lo sumo daban una parte como agradecimiento a sus cómplices, los valedores o coautores. La literatura renacentista del siglo XIX los transformó en elementos heroicos e incluso patrióticos. Por eso muchos de estos bandoleros, ladrones y asaltadores han pasado a la mitología popular catalana, no como simples ladronzuelos, más o menos politizados, sino como auténticos héroes del pueblo que luchaban contra la tiranía y la injusticia moral de los señores y de los reyes.

Una de las herencias indirectas más graves de aquella época fue la inmensa destrucción de bosques ordenada por varios virreyes con el fin de destruir los escondrijos de los delincuentes.

EL CAPABLANCA

También han quedado infinidad de leyendas sobre los bandoleros y sus fechorías. Una de las más destacadas es la de Capablanca, del que no se ha encontrado todavía ninguna prueba histórica de su existencia real. Incluso, podría tratarse de varios ladronzuelos que llevaban el mismo color de capa. Sin embargo, la leyenda de este bandolero ha permanecido viva a través del tiempo.

Uno de los caminos más antiguos, encantadores y legendarios del Bages es sin lugar a dudas el Coll de Daví; que comunicaba Manresa con Barcelona atravesando el Llobregat por el Puente de Vilomara y subiendo por las crestas de la sierra de l’Obac. Hasta la llegada del ferrocarril a Manresa, en 1859, fue la vía más rápida de comunicación entre Barcelona y Manresa. Por esta ruta se transportaba, la lana desde el puerto de Barcelona hasta las industrias textiles de la ciudad y la comarca del Bages; de la misma forma, pero al revés, el vino y el aguardiente que producían las cepas bagenas que se dirigían por este camino al puerto barcelonés.

Para realizar el trayecto entre Barcelona y Manresa eran necesarias unas trece horas por término medio. En un trayecto tan largo y frecuentado, era necesaria la presencia de varios hostales para descansar o pasar la noche. No es de extrañar que la ruta esté repleta de sucesos donde se mezclan historia y leyenda; el escenario adecuado para que los bandoleros hicieran de las suyas. Pero el bandolero más popular, enigmático y legendario que actuó por estas tierras fue el llamado Capablanca.

Parece que este personaje, antes de dedicarse a hacer de salteador de caminos, fue un campesino que se alquilaba temporalmente, como mozo, en las masías de las afueras de Manresa. En una de sus estancias en la ciudad fue asaltado, robado y maltratado, lo que le hizo sentir profundamente desengañado de la sociedad y decidió vivir completamente al margen, como bandolero.

Sobre el origen del apodo Capablanca existen dos versiones. Una explica que se debía a que llevaba siempre una capa de color blanco, que había ganado en una partida de cartas. El otro cuenta que el bandolero -que era perseguido implacablemente por un capitán de «miquelets» recortó un pedazo de la capa blanca que llevaba el capitán, mientras éste, distraído, contemplaba una obra de teatro, y que después le envió a su casa como muestra de desafío.

Se hizo rápidamente famosa la forma en que Capablanca realizaba sus asaltos, especialmente en el camino real de Coll de Davi: cuando veía a venir a la víctima, extendía al suelo su capa y, subido a un árbol con la pistola en la mano, esperaba la llegada del infeliz viajero, el cual debía depositar todo lo que llevaba de valor sobre la capa si no quería dejar la piel.

La singularidad del Capablanca hacia otros bandoleros de la época era su actuación solitaria y la gran capacidad para moverse por los escondrijos de la montaña de «Sant Llorenç del Munt» de la que conocía todos los rincones, agujeros y escondrijos. No se sabe, ni se sabrá nunca, cuál fue el destino final del bandolero Capablanca. Algunos afirman que fue finalmente cogido y tomado por el somatén. Otros, por el contrario, dicen que fue hallado muerto debajo de un grifo de una barrica de vino de la masía de la Teuleria. Lo único cierto es que su memoria ha ido pasando de boca a boca de padres a hijos generación tras generación.

La cueva llamada de Capablanca es uno de los lugares (que con rigor o, probablemente, con fantasía) nos traslada a la época en la que los bandoleros “manaban” en Sant Llorenç del Munt y la Serra de l'Obac. Eran los siglos XVI y XVII, un tiempo en el que hablar del macizo era hablar de violencia. Los desplazamientos de los habitantes de la zona (unos cinco mil) suponían un riesgo muy grande por el alto porcentaje de posibilidades de ser víctimas del asalto de los bandoleros.

En 1935 los autores de la Guía Monográfica de Sant Llorenç del Munt, publicaron un documento fijando la cueva de Capablanca en una grieta de la vertiente izquierda del «Paller de Tot l’any». La grieta tiene clavadas una serie de estacas, a diferentes alturas, que supuestamente formarían parte del sistema que utilizaba el bandolero para descolgarse desde la parte superior del Paller. Ahora bien, en el lugar de la grieta hay una cavidad con suficiente profundidad como para servir de refugio al ladrón.