20. may., 2022

Texto

El presente relato está ambientado en el último tercio del siglo diecinueve, en Navahermosa, un pueblo de la provincia de Toledo. La historia está inspirada en la persona de mi bisabuelo materno, Miguel de Miguel, al que le apodaban «el Palabrazas», cuya personalidad queda reflejada en esta narración. Una parte de ella está basada en hechos reales y otra, en mi propia imaginación. Espero que os guste

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NOCHE DE DIFUNTOS

 Acabado de cenar, se levantó de la silla y se embozó en su capa negra acariciándola con mimo. Le daba una gran prestancia y se sentía orgulloso de ella. La compró en Madrid en uno de aquellos viajes de «negocios» en los que dilapidaba su fortuna, mermada ya por años de juergas y desenfrenos. Le había costado más de cien reales. El paño, importado de Inglaterra, le dijeron en la tienda, era del mejor, fuerte y resistente y en el pueblo, amigos y conocidos de su estatus social, la envidiaban. Alguien como él, descendiente de antepasados de gran linaje y rancio abolengo, debía de destacar y, tanto por su porte como por su ropa, era su obligación estar a la altura de las circunstancias. Debajo de la capa vestía un traje marrón, también del mejor paño, con un chaleco cruzado por una cadena de oro macizo de veintiún quilates, que sujetaba un reloj de bolsillo con la esfera, también de oro, en cuatro colores. Los botines, limpios y relucientes, estaban hechos de piel de buey, concretamente del lomo del animal y según decían, sólo se hacían un par de ellos por cada animal que se sacrificaba. Gabina, mujer menuda y enjuta, de ojos verdes y expresión vivaz, le siguió hasta la puerta, como era su costumbre.

     -¿Siempre has de seguirme?

     -¿Volverás tarde?

Dando un sordo rezongo como respuesta, salió a la calle. La noche se presentaba fría y oscura. Consultó su reloj; las diez. Arrebujándose en la capa, se dirigió, como todas las noches, al casino a echar su partida de brisca, pero aquella noche además de jugar a las cartas, iba a ganar mil reales en una apuesta. Con paso lento fue caminando por el empedrado de las callejas en penumbra, desiertas ya aquella hora de la noche. Un eterno y lejano tañido de campanas le vino a recordar que era noche de difuntos. Al llegar a la Plaza Mayor se detuvo frente al estanque que había en el centro de esta. Una burlona sonrisa se dibujó en su rostro al recordar cómo arrojó al agua a Gabina, aquella noche que, regresando él del casino, se le apareció cubierta con una sábana con intención de asustarle —«¡Qué pocas mientes!». Continuó caminando y al llegar a la calle del Cristo le pareció ver una sombra, como si alguien estuviera aguardando en un portal.

     -¿¡Quién va!? -Gritó deteniéndose un instante. Nada. Tan sólo el lejano tañido de la campana como única respuesta.

    -¿¡Quién anda ahí!? -Volvió a gritar. De nuevo silencio. Reanudó su marcha dando un suspiro, quizá el resplandor de las llamas de las palmatorias que iluminaban la pequeña capillita del Cristo, le habían engañado. Recordó que allí mismo, hacía ya algunos años, precisamente en noche de difuntos, murió una joven a manos de un mozo del pueblo. El mozo llevaba más de dos años festejándola, pero la moza le abandonó para correr en pos del hijo, único heredero, de un acaudalado terrateniente. Escondido en aquel portal, el mozo esperó a que la chica regresara de su encuentro con el amante. Despechado le asestó una puñalada en el corazón. Arrepentido de lo que había hecho se entregó a la justicia, pero su arrepentimiento espontáneo no evitó que le dieran garrote.  Desde entonces según la conseja que se contaba en el pueblo, todos los años, en noche de difuntos, el alma de la desdichada joven vagaba por el pueblo en busca de la de  su asesino para reprocharle su proceder.

 

Llegó al casino y se detuvo un instante en el quicio de la puerta atusándose sus grandes y retorcidos bigotes. Aquella noche el local estaba menos animado de lo habitual. Era tradición que, en noche de difuntos, las familias se reuniesen en sus casas alrededor de la lumbre para comer castañas tostadas y boniatos asados, y beber moscatel, mientras contaban leyendas de muertos que se aparecían a sus deudos o que resucitaban, y de ánimas en pena que vagaban en busca del descanso eterno.

 

Una gran estufa de leña ardía en el centro del local, aun así, el ambiente se notaba frío y apagado. Los pocos clientes que lo concurrían hablaban en voz baja, como si temiesen molestar a algún ser invisible que estuviera observándoles.

 

En una de las mesas esperando a Miguel, se encontraban don Alonso, el ganadero, propietario del más grande rebaño de ovejas de la comarca, cuidado por cuatro pastores, un mayoral y tres zagales.  Don Francisco el alcalde, don Julián, médico del pueblo y jugador empedernido y el Agustín, dueño como él, de diversas fincas, la mayoría de las cuales las daba en arriendo para que fueran otros quienes las trabajaran, y de los que cobraba un porcentaje por los beneficios que obtenían. Eran sus compañeros de partida y alguno se ellos, también de correrías

     —Salud, amigos

     —Salud Miguel —saludaron los cuatro al unísono.

     —Bien, ya estamos todos, por fin podremos empezar—dijo don Julián

     —Tengo algo para ti Miguel —dijo el Agustín.

     —Sí, supongo que te refieres a la argolla y al machaco.

     —Qué, ¿tienes ya los mil reales preparados? —preguntó don Alonso.

     —¿Y vosotros? ¿no creeréis ni en un tris que vaya a perder la apuesta?

     —Mira, Miguel, que en noche de difuntos no se puede andar provocando a los muertos —dijo el Agustín en tono de advertimiento.

     —¡Bah! —replicó con desprecio —los muertos, muertos están y yo no conozco a nadie que haya vuelto de allá.

     —¿Y si quien tú sabes volviera para vengarse de ti? —preguntó don Francisco en tono misterioso.

     Por primera vez Miguel, sintió un ligero escalofrío recorriendo su espalda. Hacía más de veinte años, teniendo él veintitantos, durante las fiestas del pueblo, mató a un mozo, de un golpe de garrocha. Gracias al dinero y a las influencias, su familia pudo mitigar la gravedad del delito y alegando defensa propia, Miguel salió libre del trance. A pesar del escalofrío que recorrió su cuerpo, se rehízo al instante y fingiendo no haberse inmutado replicó; —De haberse querido vengar, tiempo ha tenido para ello, pero como de allí nadie vuelve… —apostilló.

     —¡Queréis dejaros de muertos de una vez y empezar la partida! —profirió don Julián casi gritando de impaciencia.

     —¿Cómo sabremos si Miguel reta a los difuntos mientras clava la argolla? —preguntó Alonso dirigiéndose a sus compañeros.

     —¡Miguel palabrazas es hombre de honor! —replicó—. ¿Acaso alguno de vosotros duda de mi palabra? Si alguien duda de mi palabra que retire sus cuartos —sentenció.

     —No, no, Miguel —respondieron al unísono— ¿Cómo vamos a dudar de ti? —se apresuró a rectificar Alonso— sólo era un comentario.

     —Pues cuida bien de tus comentarios —replicó en tono bravucón— porque según sean pueden ofender.

     —Bueno, bueno, dejemos esto y centrémonos en la partida —intervino don Julián — ¿Quién reparte?

     Sin más se sentaron todos y comenzaron la partida. A pesar de la vehemencia de la conversación, ésta se había producido en tono contenido, como si también ellos temieran ser observados por alguien inmaterial, incluso Miguel, que se jactaba de no temer a nada ni a nadie, había contenido su tono de voz. Por fin, tocadas ya las once y media decidió poner punto final a la misma.

     —Bien señores, con vuestro permiso, para mí esta es la última. Creo que ha llegado el momento de irme a cumplir con otros menesteres.

     —¿Estás seguro de que quieres continuar con la apuesta ahora que estás en racha? —preguntó el Agustín— Por mí podemos seguir jugando y olvidarnos del tema. ¿Qué opináis vosotros?

     —Si, sí, venga, ¡sigamos jugando y dejemos a los muertos en paz!  —propuso don Julián

     —Una apuesta es una apuesta y Miguel Palabrazas, además de no ser un «gallina» es hombre de honor. Lo apostado, apostado está, pero si alguno de vosotros quiere retirar su apuesta, que lo haga ahora porque una vez salga por esa puerta nadie podrá volverse atrás.

     —Nadie tiene intención de volverse atrás, que yo sepa, —replicó Alonso—, creo que Agustín te está dando la oportunidad de olvidarte de la apuesta y aquí paz y después gloria.

     —He dicho que ni hablar —replicó con calma al tiempo que se incorporaba de la silla—. Cualquiera de vosotros que suba mañana al cementerio, encontrará la argolla clavada en la pared del fondo, con este pañuelo con mis iniciales atado a ella. —añadió sacando un pañuelo del bolsillo de su chaqueta. Luego con paso lento y estudiado se encaminó al colgador, descolgó la capa se cubrió, tomó la argolla y el machaco y se dirigió a la puerta. A decir verdad, ni sus amigos ni las demás personas que se encontraban en el casino, se hubieran atrevido, en noche como aquella, a acercarse al cementerio, mucho menos a entrar en él con ningún propósito. Era noche de supersticiones, leyendas y cuentos sobre muertos y todos sin excepción tenían demasiado respeto a los difuntos y las consejas que sobre ellos se relataban, para aventurarse a hacer algo semejante a lo que Miguel estaba dispuesto a hacer, éste dirigiéndose a Alfredo, dueño del casino y depositario del dinero de la puesta, dijo; 

     —Mañana a mediodía vendré a por los cuartos, Alfredo.

     —Espera Miguel —dijo Alfredo— llévate esto también; te hará falta —añadió ofreciéndole un farol de petróleo.

     Luego se volvió desde la puerta y dirigiéndose a todos se despidió:

     —Hasta mañana señores, nos veremos a mediodía. 

Continuará