27. may., 2022

Texto

NOCHE DE DIFUNTOS

(CONTINUACIÓN)

 

Nadie contestó al saludo de Miguel, los allí presentes le miraron en silencio, unos con respeto, otros con indiferencia, mientras desaparecía tras la puerta. Todos conocían lo que en el pueblo se comentaba sobre su valor. Se decía que, en cierta ocasión, fue citado por una partida de bandoleros que por allí andaban.  Los bandidos le citaron a él porque sabían que sería el único que se atrevería a acudir a la cita y que no les delataría. Le pidieron que les llevara víveres y tabaco y el encuentro tuvo lugar una noche en el cementerio. Pero en esta ocasión era distinto, pensaban algunos; no era con los bandoleros con quien debía de encontrarse, sino, que iba al cementerio para retar a los difuntos que, en noche como aquella, salían a redimir sus penas unos, en busca de venganza por haber sido traicionados en vida otros y en busca del descanso eterno los más.

         Llevando el machaco y la argolla en la mano derecha y el farol en la izquierda, con paso lento, pero firme, tomó el camino del cementerio el cual se hallaba situado en un pequeño promontorio a un cuarto de legua del pueblo, andando sin prisa tardaría unos quince minutos en llegar. —¡Qué bolos! Apostarse doscientos cincuenta reales cada uno a que él no era capaz, en noche de difuntos, de ir solo al camposanto a retar a los muertos. La argolla clavada en una de las paredes sería la prueba de su acción. —¡Vaya “pavoná”! Él, Miguel «palabrazas» no creía en historias de difuntos resucitados ni de almas en pena vagando por aquí o por allá. Los muertos no vuelven de allí donde van y él nunca había tenido miedo, ni de los vivos ni de los muertos.

     En aquella hora, cercana a la media noche, por los ventanucos de casi todas las casas, se filtraba la luz de las palmatorias que alumbraban la bajada de las ánimas que, según la tradición, se disponían a visitar a sus deudos. Una vez hubo abandonado la última calleja del pueblo, enfiló el camino que conducía al camposanto. A partir de allí la oscuridad se hizo casi absoluta, tan sólo el resplandor del farol iluminaba el espacio que ocupaba Miguel, encerrándole en un pequeño haz de luz y sólo aquel eterno tañer, cada vez más lejano, de campanas, rompía vagamente el silencio. El camino se hallaba salpicado de olmos y carrascas y el viento, filtrándose por sus espesas ramas, aullaba con voz lastimera como queriendo sumarse a la tenebrosidad de la noche, mientras al andar, el balanceo de la linterna alargaba y acortaba su propia sombra con fantasmagórico vaivén

     El cielo se hallaba cubierto por una espesa capa de nubarrones que presagiaban tormenta y el frío arreciaba. Llevando las manos ocupadas con los utensilios, le era imposible embozarse en la capa y taparse la cara azotada por el gélido viento que provocaba en sus ojos, un ligero lagrimeo. Sintió haberse olvidado, en noche semejante, de los guantes de piel que completaban su vestimenta. Sus manos iban perdiendo el tacto y su cuerpo empezó a temblar ligeramente. Aceleró el paso, ¡Acabaría cuanto antes con aquello! Clavaría la dichosa argolla en el sitio fijado y regresaría rápidamente al pueblo. Quizás si se daba prisa todavía encontraría el casino abierto y podría tomarse una buena copa de coñac con la que entrar en calor. Si sus amigos continuaban allí, les haría saber que habían perdido la apuesta y al día siguiente subiría con ellos   a comprobarlo. De pronto a unos pocos metros delante de él, una silueta blanca se recortó en la oscuridad de la noche. Se detuvo recordando a Gabina y la noche en la que la tiró a la fuente de la Plaza Mayor. ¿No habría vuelto a las andadas?  Se preguntó. No; imposible. Gabina no tenía conocimiento de aquella apuesta y de haberlo tenido, no se hubiera atrevido a intentar asustarle de nuevo. Además, aquella silueta no tenía nada que ver con la de su mujer, la silueta que él contemplaba era de una mujer alta y delgada.

     —¿Quién anda ahí? —preguntó en tono firme elevando el farol por encima de su hombro.  Nada, la silueta permaneció inmóvil. ¿Quién demonios podría andar por allí en noche como aquella?  Dio un par de pasos hacia adelante situándose a unos escasos cuatro o cinco metros de la silueta.  Por un instante le pareció ver el rostro, blanco como la cera, de una mujer que le miraba fijamente a los ojos mientras un estremecimiento recorría su cuerpo.

      —¿Qué haces aquí muchacha? —acertó a preguntar. Pero al instante, moviéndose como si flotara, la silueta desapareció entre los árboles que flanqueaban el camino.

         Miguel, atónito, no salía de su asombro, él no creía ni había creído nunca en fantasmas, pero lo que sus ojos habían visto no se lo podía negar nadie, o… ¿Quizás había sido fruto de su imaginación? ¡No, no, de ninguna manera! Él había visto a una joven en medio del camino ¡Estaba seguro! Pero ¿quién demonios podría ser? Conocía a todas las mozas del pueblo y aquella muchacha no se correspondía a ninguna de ellas. ¿No sería…? ¡Qué absurdo! ¡De ninguna manera! ¡Qué tontería se le estaba ocurriendo! ¿un alma en pena? ¿A caso la de la joven asesinada? —¡Quiá!; ¡Pero ¡qué “bolo”, pensar esas “pavonás”! O su cabeza le había jugado una mala pasada o sería alguna moza que, citada para un encuentro con algún mozo, viendo acercarse a Miguel, creyó que se trataba de su amante, luego al comprobar que se trataba de otra persona corrió a esconderse entre los olmos. Claro, seguro que era eso, —¡Mira que llegar a pensar que podía ser un alma en pena!

         Reanudó su camino sin poder olvidar la extrema palidez de la mujer. Realmente parecía la cara de una difunta, pero probablemente sería por el efecto de la luz del farol reflejada en su rostro, aunque… sin embargo aquella forma tan misteriosa de desaparecer como si sus pies no tocaran en el suelo… Un nuevo estremecimiento recorrió otra vez su cuerpo acentuándole el temblor. Pero no; no iba a dejarse dominar por ningún temor; él, Miguel «palabrazas» — se repitió de nuevo a sí mismo— no temía ni a los vivos ni a los muertos.   

         Volvió a acelerar el paso con ganas de llegar al camposanto, el tacto de sus manos había desaparecido por completo cuando por fin alcanzó el final del promontorio y se encontró de lleno con las paredes encaladas del cementerio.  Con el hombro empujó la verja cuyas bisagras chirriaron con estrépito y entró. Las tumbas se alineaban paralelamente al camino que cruzaba el recinto, a lo largo, de un extremo a otro. Las más lujosas y suntuosas en una primera fila a izquierda y derecha. Paralelas a éstas se encontraban otra fila de tumbas más modestas y finalmente, adosados a las paredes, los nichos donde solían enterrar a los menos pudientes.  Naturalmente la tumba de la familia de Miguel se hallaba en la primera fila.  La losa que la cubría era de mármol blanco con un santo cristo esculpido y con las inscripciones en relieve. Allí descansaban sus padres, sus abuelos y algunos de sus antepasados.

     Sin detenerse se dirigió hacia la pared donde debía de clavar la argolla. De repente y sin poderlo evitar sufrió un sobresalto, a su derecha en el fondo, apareció una extraña luz verdosa y achatada a poca distancia del suelo. Sorprendido se quedó inmóvil intentando comprender qué era aquello. Recordó que no ha mucho, allí mismo habían enterrado al Antolín, un pobre hombre, anciano ya, que vivía sólo y de la caridad de la gente del pueblo. Lo encontraron muerto en su mísera choza y al no tener a nadie el ayuntamiento se hizo cargo de los gastos del entierro. …Aquella luz… ¿sería realmente el alma en pena de aquel desdichado? ¡Ba, qué tonterías se le estaban ocurriendo! Sin dejar de mirar la extraña luz, que parecía seguirle, anduvo los últimos pasos que le faltaban por llegar hasta la tapia del fondo.

     Dejó el farol en el suelo, tomó la argolla con su mano izquierda, el machaco con la derecha y se dispuso a clavarla, pero aun antes de dar el primer golpe se le escapó de la mano cayendo al suelo. Soltó el machaco antes de cogerla de nuevo y se frotó las manos fuertemente hasta que consiguió recuperar algo de tacto. Tomó de nuevo la argolla intentando asirla con más fuerza, entonces se le ocurrió tomar la parte baja de su capa a guisa de guante para sujetarla. Con el machaco en la otra mano empezó a golpear la argolla. Entonces recordó que tenía que invocar a los difuntos y retarlos, aunque de no hacerlo, ¿quién podría enterarse? Pero él era hombre de palabra y su honor no le permitía no cumplir esa parte de la apuesta. Empezó a canturrear: Difuntos, difuntos, difuntos, acudid a mí todos juntos. Aquel canto, mezclado con el gemido del viento y con los golpes del machaco sobre la argolla, que retumbaba con un raro eco por todos los rincones, parecía componer una extraña y macabra sinfonía.  Después de repetir varias veces el canturreo al tiempo que seguía clavando la argolla, soltó el machaco y se dio media vuelta para coger el farol y anudar el pañuelo tal como había dicho a sus amigos, pero al girarse tropezó con tan mala fortuna que el farol se rompió quedando el cementerio totalmente a oscuras, a excepción de aquella pequeña luz verdosa que seguía allí presente observándole.  Con un cierto temblor de manos intentó buscar el pañuelo en uno de sus bolsillos, pero entonces sintió que alguien le sujetaba por la capa.

          — ¿Eh, ¿quién demonios…? —Se dio la vuelta intentando ver quien le sujetaba, sin embargo, aquella oscuridad absoluta le impedía distinguir nada siquiera a un metro de distancia. Quiso dar un paso dando un fuerte tirón de su capa sin conseguirlo

     — ¿Quién demonios anda ahí? —gritó asustado. Nada, sólo el ulular del viento llegó hasta sus oídos como una voz lastimera.  Entonces empezó a gritar y a forcejear— ¡Soltadme quienes seáis! ¡Dejadme! ¡Soltadme! ¡Soltadme, malditos quienes seáis!

         Pero era inútil, por más que forcejaba no podía librase de aquello que fuese lo que le sujetaba. Su pánico y terror iba aumentando cada vez más y más, ahora ya sólo acertaba a gritar —¡No! ¡No! — Mientras su corazón latía con tanta fuerza que parecía iba a salírsele del pecho. Por un instante delante de él, a tan sólo unos centímetros de distancia, mirándole fijamente a los ojos, entre la penumbra, distinguió la silueta blanca de aquella mujer que se le había aparecido en el camino y Miguel, ahora sin el reflejo de la linterna, pudo ver en su rostro la palidez de la muerte. Una angustia nunca antes sentida, se adueñó de él al tiempo que un grito horrendo escapaba de su garganta, después nada, cesó el viento y el silencio más absoluto se hizo en el camposanto.

Cinto.