7. jul., 2022

CRÓNICA EL FARELL

 CRÓNICA DE UNA PÁJARA ANUNCIADA

Empiezo pues, remedando el título de la novela, de ese gran escritor, Gabriel García Márquez, CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA, en la que, desde las primeras líneas del primer capítulo, sabemos que el principal personaje, Santiago Nasar va a morir. Me explico.

Tenía decidido asistir a la excursión del pasado domingo a El Farell, aun sabiendo que, después de haber participado el sábado anterior, en la Marcha del Vila, mi osadía podía salirme cara. Así fue.

Aparqué el coche en Quatre Camins, como de costumbre, y, al tran, tran, me dirigí hacia Rubí para ascender por Can Viver hasta S. Quirze del Vallés, Sabadell, Senmenat, Caldas de Montbuí y El Farell, total unos 45 kilómetros en la ruta del Google maps, que es muy fiable.

 Empecé a rodar y apenas noté el cansancio del día anterior y me sentí animado. Ascendí Can Viver tranquilo y relajado y todo fue bien hasta Sabadell. Sin embargo, a partir de ese punto, todo empezó a ir mal. Quise fiar la ruta a mi memoria, pero está falló y, perdido en el laberinto de las calles sabadellenses, pregunté en una gasolinera. Me indicaron. ¡Uf qué alivio! –pensé–. Pero pensé mal. El viento empezó a soplar de cara con bastante fuerza; la ruta que me indicaron fue de un continuo subir y no bajar. Con la preocupación de llegar lo antes posible, aumenté el ritmo que, hasta ese momento había sido tranquilo, pero las piernas empezaron a doler. Los 45 kilómetros previstos, hasta la cima de El Farell, se convirtieron en 47 en el pie del puerto y en 55 en la cima de El Farell. Al llegar a las primeras estribaciones del puerto, decidí llamar al Seve para avisarle de que empezaba a ascender; saqué el móvil y… ¡Oh! Sorpresa, no era el mío, había cogido el de mi mujer, Gloria, Emprendí la ascensión, los dos primeros quilómetros me parecieron distendidos y aceleré el ritmo a tope. Sólo dos kilómetros más, porque, a partir de la mitad de la ascensión, mis piernas empezaron a doler, me quedé clavado como una alcayata y llegué a la cima con más miseria que otra cosa.

Llegué al restaurante cuando el grupo, compuesto por el Seve, Marc, Oscar, Sergi, Miquel, Diego y Orlando, estaban tomando los chupitos. Pedí el bocadillo a uno que pasaba por allí con una bandeja que no era el camarero. Pero el buen hombre, sonriente y compadecido, lo encargó en la barra y me lo sirvieron. Mientras esperaba el bocata, los susodichos, Seve, Marc, Oscar, Sergi, Miquel, Diego y Orlando, se miraron entre ellos y escuché que decían «Está desencajado». Yo me pregunté «¿De quién estarán hablando?», pero miré a mí alrededor y no vi a nadie. Y como según la ley de Murphy «si algo va mal puede ir peor», me trajeron un bocadillo de atún incomible, compuesto de pan de una de esas barras que se elaboran en panificadoras industriales y se congelan,  acabado de descongelar, un poco tostado por fuera y tan crudo por dentro que, al masticarlo, se convertía en una densa pasta en la boca que era incapaz de ingerir. Intenté comer sólo el atún, pero era tan escaso que brillaba más por su ausencia que por otra cosa. Me trajeron un café (no americano, sino solo), que sin querer derramó el Miquel apresurándose a pedir otro. Y ahí terminó mi ágape.

LA RUTA DE REGRESO

Después de tomar la foto de familia y algunas otras, descendimos hacia Caldas de Montbuí, donde no reagrupamos en la entrada a la villa, pero creo que fue un error de cálculo, porque dicha entrada se correspondía con la antigua carretera de Caldas a S. Feliu de Codinas, renombrada como Passeig del Remei, una carretera que aún conserva un largo tramos adoquinado parecido a algo así como la París Roubaix , pero menos, cuando a escasos 500 metros hubiéramos enlazado con la actual variante C–59. Pero bien; aunque tomamos las aceras para evitar los adoquines, como visita turística por el centro urbano fue una bonita experiencia.

Cruzada la población, tomamos en dirección a Senmenat y Castellar del Vallés. El grupo permaneció compacto hasta Senmenat, pero cuando la carretera en dirección a Castellar comenzó a ascender, lenta, pero inexorablemente, nos quedamos cortados, primero el Sergi y poco después el Seve y yo. Circunstancia esta que me sirvió de excusa para decirle al Seve que esperáramos al Sergi (el globo ya era manifiesto).

Una vez estuvimos en Castellar (en este punto llevaba una pájara de las que hacen época, para que voy a decir una cosa por otra), nos vimos obligados a variar la ruta prevista. La  la carretera C–1415, en dirección a Terrassa, estaba cortada por carrera ciclista y decidimos regresar por Sabadell, S. Quirze, Rubí y Molins de Rei.

Me acomodé a la cola del grupo intentando protegerme del viento y, con más pena que gloria, haciendo la goma en los repechos y ayudado por el Perona que me iba esperando, cruzamos Sabadell, llegamos a S. Quirze y ascendimos los 2,5 kilómetros de Can Viver.  El resto, ya os lo podéis imaginar; nos reagrupamos en Rubi y de nuevo, a esconderme en la cola del pelotón hasta Molins de Rei.

Pero la historia acabó tomando cerveza en La Bodeguilla. Quise llamar a Gloria desde su propio móvil al mío; a alguien se le ocurrió que cuando contestara, el Perona preguntara por «el señor Cinto», pero no dio el pego porque su respuesta fue «Sí, está ahí con vosotros». En fin, mis queridos amigos y amigas, por todo lo relatado en esta crónica, fue una excursión inolvidable, incluida la «pájara anunciada».

Antes de despedirme os recuerdo una vez más que, por cese de la actividad BICICLETAS MARCO, de la calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet, ofrece un 20% de descuento en todas las existencias; bicis de carretera y BTT, accesorios, recambio, ropa, componentes, etc. La tienda permanece abierta los lunes, miércoles y viernes.

Saludos y hasta pronto

Cinto