CRÓNICA CASTELLOLÍ

27. may., 2022

NOCHE DE DIFUNTOS

(CONTINUACIÓN)

 

Nadie contestó al saludo de Miguel, los allí presentes le miraron en silencio, unos con respeto, otros con indiferencia, mientras desaparecía tras la puerta. Todos conocían lo que en el pueblo se comentaba sobre su valor. Se decía que, en cierta ocasión, fue citado por una partida de bandoleros que por allí andaban.  Los bandidos le citaron a él porque sabían que sería el único que se atrevería a acudir a la cita y que no les delataría. Le pidieron que les llevara víveres y tabaco y el encuentro tuvo lugar una noche en el cementerio. Pero en esta ocasión era distinto, pensaban algunos; no era con los bandoleros con quien debía de encontrarse, sino, que iba al cementerio para retar a los difuntos que, en noche como aquella, salían a redimir sus penas unos, en busca de venganza por haber sido traicionados en vida otros y en busca del descanso eterno los más.

         Llevando el machaco y la argolla en la mano derecha y el farol en la izquierda, con paso lento, pero firme, tomó el camino del cementerio el cual se hallaba situado en un pequeño promontorio a un cuarto de legua del pueblo, andando sin prisa tardaría unos quince minutos en llegar. —¡Qué bolos! Apostarse doscientos cincuenta reales cada uno a que él no era capaz, en noche de difuntos, de ir solo al camposanto a retar a los muertos. La argolla clavada en una de las paredes sería la prueba de su acción. —¡Vaya “pavoná”! Él, Miguel «palabrazas» no creía en historias de difuntos resucitados ni de almas en pena vagando por aquí o por allá. Los muertos no vuelven de allí donde van y él nunca había tenido miedo, ni de los vivos ni de los muertos.

     En aquella hora, cercana a la media noche, por los ventanucos de casi todas las casas, se filtraba la luz de las palmatorias que alumbraban la bajada de las ánimas que, según la tradición, se disponían a visitar a sus deudos. Una vez hubo abandonado la última calleja del pueblo, enfiló el camino que conducía al camposanto. A partir de allí la oscuridad se hizo casi absoluta, tan sólo el resplandor del farol iluminaba el espacio que ocupaba Miguel, encerrándole en un pequeño haz de luz y sólo aquel eterno tañer, cada vez más lejano, de campanas, rompía vagamente el silencio. El camino se hallaba salpicado de olmos y carrascas y el viento, filtrándose por sus espesas ramas, aullaba con voz lastimera como queriendo sumarse a la tenebrosidad de la noche, mientras al andar, el balanceo de la linterna alargaba y acortaba su propia sombra con fantasmagórico vaivén

     El cielo se hallaba cubierto por una espesa capa de nubarrones que presagiaban tormenta y el frío arreciaba. Llevando las manos ocupadas con los utensilios, le era imposible embozarse en la capa y taparse la cara azotada por el gélido viento que provocaba en sus ojos, un ligero lagrimeo. Sintió haberse olvidado, en noche semejante, de los guantes de piel que completaban su vestimenta. Sus manos iban perdiendo el tacto y su cuerpo empezó a temblar ligeramente. Aceleró el paso, ¡Acabaría cuanto antes con aquello! Clavaría la dichosa argolla en el sitio fijado y regresaría rápidamente al pueblo. Quizás si se daba prisa todavía encontraría el casino abierto y podría tomarse una buena copa de coñac con la que entrar en calor. Si sus amigos continuaban allí, les haría saber que habían perdido la apuesta y al día siguiente subiría con ellos   a comprobarlo. De pronto a unos pocos metros delante de él, una silueta blanca se recortó en la oscuridad de la noche. Se detuvo recordando a Gabina y la noche en la que la tiró a la fuente de la Plaza Mayor. ¿No habría vuelto a las andadas?  Se preguntó. No; imposible. Gabina no tenía conocimiento de aquella apuesta y de haberlo tenido, no se hubiera atrevido a intentar asustarle de nuevo. Además, aquella silueta no tenía nada que ver con la de su mujer, la silueta que él contemplaba era de una mujer alta y delgada.

     —¿Quién anda ahí? —preguntó en tono firme elevando el farol por encima de su hombro.  Nada, la silueta permaneció inmóvil. ¿Quién demonios podría andar por allí en noche como aquella?  Dio un par de pasos hacia adelante situándose a unos escasos cuatro o cinco metros de la silueta.  Por un instante le pareció ver el rostro, blanco como la cera, de una mujer que le miraba fijamente a los ojos mientras un estremecimiento recorría su cuerpo.

      —¿Qué haces aquí muchacha? —acertó a preguntar. Pero al instante, moviéndose como si flotara, la silueta desapareció entre los árboles que flanqueaban el camino.

         Miguel, atónito, no salía de su asombro, él no creía ni había creído nunca en fantasmas, pero lo que sus ojos habían visto no se lo podía negar nadie, o… ¿Quizás había sido fruto de su imaginación? ¡No, no, de ninguna manera! Él había visto a una joven en medio del camino ¡Estaba seguro! Pero ¿quién demonios podría ser? Conocía a todas las mozas del pueblo y aquella muchacha no se correspondía a ninguna de ellas. ¿No sería…? ¡Qué absurdo! ¡De ninguna manera! ¡Qué tontería se le estaba ocurriendo! ¿un alma en pena? ¿A caso la de la joven asesinada? —¡Quiá!; ¡Pero ¡qué “bolo”, pensar esas “pavonás”! O su cabeza le había jugado una mala pasada o sería alguna moza que, citada para un encuentro con algún mozo, viendo acercarse a Miguel, creyó que se trataba de su amante, luego al comprobar que se trataba de otra persona corrió a esconderse entre los olmos. Claro, seguro que era eso, —¡Mira que llegar a pensar que podía ser un alma en pena!

         Reanudó su camino sin poder olvidar la extrema palidez de la mujer. Realmente parecía la cara de una difunta, pero probablemente sería por el efecto de la luz del farol reflejada en su rostro, aunque… sin embargo aquella forma tan misteriosa de desaparecer como si sus pies no tocaran en el suelo… Un nuevo estremecimiento recorrió otra vez su cuerpo acentuándole el temblor. Pero no; no iba a dejarse dominar por ningún temor; él, Miguel «palabrazas» — se repitió de nuevo a sí mismo— no temía ni a los vivos ni a los muertos.   

         Volvió a acelerar el paso con ganas de llegar al camposanto, el tacto de sus manos había desaparecido por completo cuando por fin alcanzó el final del promontorio y se encontró de lleno con las paredes encaladas del cementerio.  Con el hombro empujó la verja cuyas bisagras chirriaron con estrépito y entró. Las tumbas se alineaban paralelamente al camino que cruzaba el recinto, a lo largo, de un extremo a otro. Las más lujosas y suntuosas en una primera fila a izquierda y derecha. Paralelas a éstas se encontraban otra fila de tumbas más modestas y finalmente, adosados a las paredes, los nichos donde solían enterrar a los menos pudientes.  Naturalmente la tumba de la familia de Miguel se hallaba en la primera fila.  La losa que la cubría era de mármol blanco con un santo cristo esculpido y con las inscripciones en relieve. Allí descansaban sus padres, sus abuelos y algunos de sus antepasados.

     Sin detenerse se dirigió hacia la pared donde debía de clavar la argolla. De repente y sin poderlo evitar sufrió un sobresalto, a su derecha en el fondo, apareció una extraña luz verdosa y achatada a poca distancia del suelo. Sorprendido se quedó inmóvil intentando comprender qué era aquello. Recordó que no ha mucho, allí mismo habían enterrado al Antolín, un pobre hombre, anciano ya, que vivía sólo y de la caridad de la gente del pueblo. Lo encontraron muerto en su mísera choza y al no tener a nadie el ayuntamiento se hizo cargo de los gastos del entierro. …Aquella luz… ¿sería realmente el alma en pena de aquel desdichado? ¡Ba, qué tonterías se le estaban ocurriendo! Sin dejar de mirar la extraña luz, que parecía seguirle, anduvo los últimos pasos que le faltaban por llegar hasta la tapia del fondo.

     Dejó el farol en el suelo, tomó la argolla con su mano izquierda, el machaco con la derecha y se dispuso a clavarla, pero aun antes de dar el primer golpe se le escapó de la mano cayendo al suelo. Soltó el machaco antes de cogerla de nuevo y se frotó las manos fuertemente hasta que consiguió recuperar algo de tacto. Tomó de nuevo la argolla intentando asirla con más fuerza, entonces se le ocurrió tomar la parte baja de su capa a guisa de guante para sujetarla. Con el machaco en la otra mano empezó a golpear la argolla. Entonces recordó que tenía que invocar a los difuntos y retarlos, aunque de no hacerlo, ¿quién podría enterarse? Pero él era hombre de palabra y su honor no le permitía no cumplir esa parte de la apuesta. Empezó a canturrear: Difuntos, difuntos, difuntos, acudid a mí todos juntos. Aquel canto, mezclado con el gemido del viento y con los golpes del machaco sobre la argolla, que retumbaba con un raro eco por todos los rincones, parecía componer una extraña y macabra sinfonía.  Después de repetir varias veces el canturreo al tiempo que seguía clavando la argolla, soltó el machaco y se dio media vuelta para coger el farol y anudar el pañuelo tal como había dicho a sus amigos, pero al girarse tropezó con tan mala fortuna que el farol se rompió quedando el cementerio totalmente a oscuras, a excepción de aquella pequeña luz verdosa que seguía allí presente observándole.  Con un cierto temblor de manos intentó buscar el pañuelo en uno de sus bolsillos, pero entonces sintió que alguien le sujetaba por la capa.

          — ¿Eh, ¿quién demonios…? —Se dio la vuelta intentando ver quien le sujetaba, sin embargo, aquella oscuridad absoluta le impedía distinguir nada siquiera a un metro de distancia. Quiso dar un paso dando un fuerte tirón de su capa sin conseguirlo

     — ¿Quién demonios anda ahí? —gritó asustado. Nada, sólo el ulular del viento llegó hasta sus oídos como una voz lastimera.  Entonces empezó a gritar y a forcejear— ¡Soltadme quienes seáis! ¡Dejadme! ¡Soltadme! ¡Soltadme, malditos quienes seáis!

         Pero era inútil, por más que forcejaba no podía librase de aquello que fuese lo que le sujetaba. Su pánico y terror iba aumentando cada vez más y más, ahora ya sólo acertaba a gritar —¡No! ¡No! — Mientras su corazón latía con tanta fuerza que parecía iba a salírsele del pecho. Por un instante delante de él, a tan sólo unos centímetros de distancia, mirándole fijamente a los ojos, entre la penumbra, distinguió la silueta blanca de aquella mujer que se le había aparecido en el camino y Miguel, ahora sin el reflejo de la linterna, pudo ver en su rostro la palidez de la muerte. Una angustia nunca antes sentida, se adueñó de él al tiempo que un grito horrendo escapaba de su garganta, después nada, cesó el viento y el silencio más absoluto se hizo en el camposanto.

Cinto.

27. may., 2022

Perfil excursión a Rocafort, domingo, 29 de mayo, 2022.
RUTA DE IDA; S. Feliu, Molins de Rei, rRubí, Terrassa, Coll d'Estanalles,Mura, Rocafort
RUTA DE REGRESO;Pont de Vilomara, S. Viçens de Castellet, Castebell i Vilar, Monistrol, Olesa de Montserrat, Martorell, Molis de Rei, S. Feliu
HORA DE SALIDA; 7,30 Mercado Collbalnc. 7,45 Rotonda 10X10 (S. Feliu)

27. may., 2022

—Me he comprado un coche de los que se conducen solos.

—Y ¿Dónde está?

—¡Yo qué sé!

 

LA CRÓNICA

Pues parece ser que el buen tiempo va animando al personal porque esta vez, fuimos trece los de la partida a S. Quintín de Mediona (restaurante Can Maristany). Sería estupendo que este ligero aumento de Velocipédicos, no sólo se mantuviera en el tiempo, sino que, además, se fuera incrementando. Salvo error u omisión el pelotón estuvo compuesto por los siguientes rodadores; Fede, Orlando, Perona, Sergi Alcaraz, Miquel, Sergi Badía (pibe 1), Miguel (pibe 2), Monsó, Blas, Seve, Nico, Oscar, y Cinto.

Me uní al grupo por la carretera del Plà, poco antes de Molins de Rei. En el pelotón faltaban el Monsó, que iba haciendo camino por delante, y el Fede que se unió al grupo por la carretera de La Ferralla. Nuestro ritmo, sin ser lento, era más bien tranquilo, pero se incrementó en el momento en el que un grupo bastante numeroso, nos adelantó por La Ferralla y nos acoplamos a él hasta llegar al Congost. Primer reagrupamiento, tomar algunas fotos, por no perder la costumbre, y continuar la ruta.

Cruzamos Martorell y tomamos la “pestosa” carreta B–224, en dirección Capellades, que, con sus eternos repechos, asciende desde los 150m. de altitud de Martorell, hasta los 312m. de altitud de la fuente de Capellades, en la que solemos reagruparnos. Y si añadimos los 504m de altitud del punto más alto de la ruta, en donde está ubicado el restaurante Cal Marsitany, según el perfil que suelo hacer de las excursiones (que nadie se molesta en mirar, pero no me importa), el desnivel acumulado (ahora que está de moda), desde Martorell hasta el restaurante donde almorzamos, es de 778m. O sea, como si hubiéramos subido casi tres veces y media Vaquerisses.

Circulamos en grupo compacto durante 5 o 6km. más o menos, hasta que, “les grands routiers” (Nico, Oscar, Miquel, pibe 2) etc, decidieron tensar (para mí fue el Nico el primero en tensar y el que nos desbarató). Un valiente y desconocido Seve, más el Miquel y el Orlando, siguieron la estela de los peleones, mientras por detrás el Fede, en tierra de nadie, era perseguido, hasta la rotonda del reagrupamiento de Piera, por el Sergi (pibe 1), con el Cinto a su rueda, Un poco más atrás circulaban el Perona, el Blas y el Sergi Alcaraz.

El siguiente tramo de la ruta presentaba la dificultad del repecho de la fuente de Capellades, en donde nos reagrupamos de nuevo para llenar nuestros bidones. El susodicho repecho tiene tan sólo 800m. pero cuenta con un tramo de 100m. al 17% de desnivel y los últimos 200m. al 11%, o sea, cortito, pero con una cierta entidad. Pero, la “pestosidad” de la ruta, no se acababa ahí. Después de refrescarnos y con los bidones de llenos de nuevo, nos esperaban otros 5 km. de ascensión al 4,22% de desnivel medio; una tontería para “les grands routiers”, pero un “puertecito” para “les grands globertrotters”, que ascendí con el Perona y el Miquel, quien, guerrero como es, forzó lo que pudo en algunos tramos de los más duros. con la sana intención de meternos caña. Dos oportunos empujones del Perona me salvaron de ceder, cuando estaba ya fuera de punto y pude llegar a la cima junto a ellos.

El Restaurante Cal Maristany, ubicado en un entorno privilegiado, es una antigua masía construida en el año 1880, convertida en restaurante y hostal. La belleza del edificio, así como su interior, son espectaculares. El patio de la entrada donde nos sirvieron el desayuno, es un lugar tranquilo y agradable en el que pudimos disfrutar de nuestros merecidos bocatas reponedores de fuerzas maltrechas, acompañados de la siempre, agradable tertulia.

Tuvo menos historia la ruta de regreso. Era evidente que, toda esa “pestosidad” de continuo ascenso de la ruta de ida, la íbamos a tener de descenso en la de regreso. Los repechos a salvar eran muy pocos y de escasa entidad.; o sea que, en el supuesto de alguno del grupo se rezagara, no habría de ser por mucho.

Llenamos nuestro bidones, tomamos la foto de familia para dar testimonio de nuestro paso por tan bello lugar, y arrancamos en dirección S, Quintín de Mediona, S. Pere de Riudebitlles y S. Sadurní. donde volveríamos a reagruparnos. Veinte km. de grato descenso que, como era de esperar, el pelotón no llegó a descomponerse y no hubo que esperar a nadie. Continuamos hacia Gelida con el pensamiento puesto en la fuente, pero nos llevamos la sorpresa, desagradable, de comprobar que no salía ni una gota de agua. Así que, al tran, tran y con paz y amor llegamos al Congost. Nuevo reagrupamiento y más fotos. Y cuando parecía que el personal andaba ya, más tocado que la flauta de Bartolo, aún hubo algunos con ganas de tensar. Antes de S. Andrés de la Barca, el pelotón se dividió en dos grupos, por delante los peleones y por detrás los “mataos”, grupo este en el que yo me encontraba.

Y, esto fue todos mis querido/as amigo/as. Me despedí en Quatre Camins, con una buena “torrija”, que seguro me voy a evitar la próxima excursión a Rocafort; más que nada porque compromisos familiares me impden salir.

No quiero despedirme sin recordaros que, por cese de la actividad, BICICLETAS MARCO hace liquidación de existencias y ofrece un 20% de descuento en bicicletas, recambios, componentes, ropa, etc. Recordad, calle Renclusa, 50 de l’Hospitalet.

Hasta la próxima saludos y un abrazo

Cinto

 

20. may., 2022

El presente relato está ambientado en el último tercio del siglo diecinueve, en Navahermosa, un pueblo de la provincia de Toledo. La historia está inspirada en la persona de mi bisabuelo materno, Miguel de Miguel, al que le apodaban «el Palabrazas», cuya personalidad queda reflejada en esta narración. Una parte de ella está basada en hechos reales y otra, en mi propia imaginación. Espero que os guste

.

NOCHE DE DIFUNTOS

 Acabado de cenar, se levantó de la silla y se embozó en su capa negra acariciándola con mimo. Le daba una gran prestancia y se sentía orgulloso de ella. La compró en Madrid en uno de aquellos viajes de «negocios» en los que dilapidaba su fortuna, mermada ya por años de juergas y desenfrenos. Le había costado más de cien reales. El paño, importado de Inglaterra, le dijeron en la tienda, era del mejor, fuerte y resistente y en el pueblo, amigos y conocidos de su estatus social, la envidiaban. Alguien como él, descendiente de antepasados de gran linaje y rancio abolengo, debía de destacar y, tanto por su porte como por su ropa, era su obligación estar a la altura de las circunstancias. Debajo de la capa vestía un traje marrón, también del mejor paño, con un chaleco cruzado por una cadena de oro macizo de veintiún quilates, que sujetaba un reloj de bolsillo con la esfera, también de oro, en cuatro colores. Los botines, limpios y relucientes, estaban hechos de piel de buey, concretamente del lomo del animal y según decían, sólo se hacían un par de ellos por cada animal que se sacrificaba. Gabina, mujer menuda y enjuta, de ojos verdes y expresión vivaz, le siguió hasta la puerta, como era su costumbre.

     -¿Siempre has de seguirme?

     -¿Volverás tarde?

Dando un sordo rezongo como respuesta, salió a la calle. La noche se presentaba fría y oscura. Consultó su reloj; las diez. Arrebujándose en la capa, se dirigió, como todas las noches, al casino a echar su partida de brisca, pero aquella noche además de jugar a las cartas, iba a ganar mil reales en una apuesta. Con paso lento fue caminando por el empedrado de las callejas en penumbra, desiertas ya aquella hora de la noche. Un eterno y lejano tañido de campanas le vino a recordar que era noche de difuntos. Al llegar a la Plaza Mayor se detuvo frente al estanque que había en el centro de esta. Una burlona sonrisa se dibujó en su rostro al recordar cómo arrojó al agua a Gabina, aquella noche que, regresando él del casino, se le apareció cubierta con una sábana con intención de asustarle —«¡Qué pocas mientes!». Continuó caminando y al llegar a la calle del Cristo le pareció ver una sombra, como si alguien estuviera aguardando en un portal.

     -¿¡Quién va!? -Gritó deteniéndose un instante. Nada. Tan sólo el lejano tañido de la campana como única respuesta.

    -¿¡Quién anda ahí!? -Volvió a gritar. De nuevo silencio. Reanudó su marcha dando un suspiro, quizá el resplandor de las llamas de las palmatorias que iluminaban la pequeña capillita del Cristo, le habían engañado. Recordó que allí mismo, hacía ya algunos años, precisamente en noche de difuntos, murió una joven a manos de un mozo del pueblo. El mozo llevaba más de dos años festejándola, pero la moza le abandonó para correr en pos del hijo, único heredero, de un acaudalado terrateniente. Escondido en aquel portal, el mozo esperó a que la chica regresara de su encuentro con el amante. Despechado le asestó una puñalada en el corazón. Arrepentido de lo que había hecho se entregó a la justicia, pero su arrepentimiento espontáneo no evitó que le dieran garrote.  Desde entonces según la conseja que se contaba en el pueblo, todos los años, en noche de difuntos, el alma de la desdichada joven vagaba por el pueblo en busca de la de  su asesino para reprocharle su proceder.

 

Llegó al casino y se detuvo un instante en el quicio de la puerta atusándose sus grandes y retorcidos bigotes. Aquella noche el local estaba menos animado de lo habitual. Era tradición que, en noche de difuntos, las familias se reuniesen en sus casas alrededor de la lumbre para comer castañas tostadas y boniatos asados, y beber moscatel, mientras contaban leyendas de muertos que se aparecían a sus deudos o que resucitaban, y de ánimas en pena que vagaban en busca del descanso eterno.

 

Una gran estufa de leña ardía en el centro del local, aun así, el ambiente se notaba frío y apagado. Los pocos clientes que lo concurrían hablaban en voz baja, como si temiesen molestar a algún ser invisible que estuviera observándoles.

 

En una de las mesas esperando a Miguel, se encontraban don Alonso, el ganadero, propietario del más grande rebaño de ovejas de la comarca, cuidado por cuatro pastores, un mayoral y tres zagales.  Don Francisco el alcalde, don Julián, médico del pueblo y jugador empedernido y el Agustín, dueño como él, de diversas fincas, la mayoría de las cuales las daba en arriendo para que fueran otros quienes las trabajaran, y de los que cobraba un porcentaje por los beneficios que obtenían. Eran sus compañeros de partida y alguno se ellos, también de correrías

     —Salud, amigos

     —Salud Miguel —saludaron los cuatro al unísono.

     —Bien, ya estamos todos, por fin podremos empezar—dijo don Julián

     —Tengo algo para ti Miguel —dijo el Agustín.

     —Sí, supongo que te refieres a la argolla y al machaco.

     —Qué, ¿tienes ya los mil reales preparados? —preguntó don Alonso.

     —¿Y vosotros? ¿no creeréis ni en un tris que vaya a perder la apuesta?

     —Mira, Miguel, que en noche de difuntos no se puede andar provocando a los muertos —dijo el Agustín en tono de advertimiento.

     —¡Bah! —replicó con desprecio —los muertos, muertos están y yo no conozco a nadie que haya vuelto de allá.

     —¿Y si quien tú sabes volviera para vengarse de ti? —preguntó don Francisco en tono misterioso.

     Por primera vez Miguel, sintió un ligero escalofrío recorriendo su espalda. Hacía más de veinte años, teniendo él veintitantos, durante las fiestas del pueblo, mató a un mozo, de un golpe de garrocha. Gracias al dinero y a las influencias, su familia pudo mitigar la gravedad del delito y alegando defensa propia, Miguel salió libre del trance. A pesar del escalofrío que recorrió su cuerpo, se rehízo al instante y fingiendo no haberse inmutado replicó; —De haberse querido vengar, tiempo ha tenido para ello, pero como de allí nadie vuelve… —apostilló.

     —¡Queréis dejaros de muertos de una vez y empezar la partida! —profirió don Julián casi gritando de impaciencia.

     —¿Cómo sabremos si Miguel reta a los difuntos mientras clava la argolla? —preguntó Alonso dirigiéndose a sus compañeros.

     —¡Miguel palabrazas es hombre de honor! —replicó—. ¿Acaso alguno de vosotros duda de mi palabra? Si alguien duda de mi palabra que retire sus cuartos —sentenció.

     —No, no, Miguel —respondieron al unísono— ¿Cómo vamos a dudar de ti? —se apresuró a rectificar Alonso— sólo era un comentario.

     —Pues cuida bien de tus comentarios —replicó en tono bravucón— porque según sean pueden ofender.

     —Bueno, bueno, dejemos esto y centrémonos en la partida —intervino don Julián — ¿Quién reparte?

     Sin más se sentaron todos y comenzaron la partida. A pesar de la vehemencia de la conversación, ésta se había producido en tono contenido, como si también ellos temieran ser observados por alguien inmaterial, incluso Miguel, que se jactaba de no temer a nada ni a nadie, había contenido su tono de voz. Por fin, tocadas ya las once y media decidió poner punto final a la misma.

     —Bien señores, con vuestro permiso, para mí esta es la última. Creo que ha llegado el momento de irme a cumplir con otros menesteres.

     —¿Estás seguro de que quieres continuar con la apuesta ahora que estás en racha? —preguntó el Agustín— Por mí podemos seguir jugando y olvidarnos del tema. ¿Qué opináis vosotros?

     —Si, sí, venga, ¡sigamos jugando y dejemos a los muertos en paz!  —propuso don Julián

     —Una apuesta es una apuesta y Miguel Palabrazas, además de no ser un «gallina» es hombre de honor. Lo apostado, apostado está, pero si alguno de vosotros quiere retirar su apuesta, que lo haga ahora porque una vez salga por esa puerta nadie podrá volverse atrás.

     —Nadie tiene intención de volverse atrás, que yo sepa, —replicó Alonso—, creo que Agustín te está dando la oportunidad de olvidarte de la apuesta y aquí paz y después gloria.

     —He dicho que ni hablar —replicó con calma al tiempo que se incorporaba de la silla—. Cualquiera de vosotros que suba mañana al cementerio, encontrará la argolla clavada en la pared del fondo, con este pañuelo con mis iniciales atado a ella. —añadió sacando un pañuelo del bolsillo de su chaqueta. Luego con paso lento y estudiado se encaminó al colgador, descolgó la capa se cubrió, tomó la argolla y el machaco y se dirigió a la puerta. A decir verdad, ni sus amigos ni las demás personas que se encontraban en el casino, se hubieran atrevido, en noche como aquella, a acercarse al cementerio, mucho menos a entrar en él con ningún propósito. Era noche de supersticiones, leyendas y cuentos sobre muertos y todos sin excepción tenían demasiado respeto a los difuntos y las consejas que sobre ellos se relataban, para aventurarse a hacer algo semejante a lo que Miguel estaba dispuesto a hacer, éste dirigiéndose a Alfredo, dueño del casino y depositario del dinero de la puesta, dijo; 

     —Mañana a mediodía vendré a por los cuartos, Alfredo.

     —Espera Miguel —dijo Alfredo— llévate esto también; te hará falta —añadió ofreciéndole un farol de petróleo.

     Luego se volvió desde la puerta y dirigiéndose a todos se despidió:

     —Hasta mañana señores, nos veremos a mediodía. 

Continuará

20. may., 2022

PERFIL RUTA PRÓXIMA EXCURSIÓN A CAN MARISTANY (S. QUINTIN DE MEDIONA.
IDA; MOLINS DE REI, MARTORELL, PIERA, CAPELLADES, CAN MARISTANY
REGRESO; S. PER RIUDEBITLLES, S. SADURNÍ, GELIDA, MARTORELL, MOLINS DE REI.
SALIDA; MERCADO DE COLLBLAN, 7,30
ROTONDA 10X10, 7.45